Aguascalientes, México, Jueves 22 de Noviembre de 2018
Seguir a hidrocalidod en Twitter   RSS  
           

La balsa del Tecongo, una tradición que se niega a morir

La famosa balsa de El Tecongo. (Hidrocálidodigital )
16/01/2018 12:44:56

Liliana, desde los 10 años de edad cruza sola y caminando entre aquellos cerros y terrenos que conoce bastante bien, “como la palma de la mano”, presume. Al igual que otras 116 personas de El Tecongo, San José de Gracia, llega al límite que permite el agua en la Presa Calles, y sube lentamente a una pequeña lanchita que va y viene todos los días.

No es un servicio de transporte público, más bien, una idea tan tradicional como genial de los habitantes de El Tecongo para acortar tiempos en sus traslados; esta pequeña balsa la ponen a disposición de todos por igual para cruzar hacia donde en realidad, está su vida hecha y derecha: el pueblo de San José de Gracia.

Los habitantes de aquella pequeña comunidad, que por cierto, ya se preparan para festejar a su Santo Patrono, San Felipe de Jesús, el próximo 5 de febrero, en una singular fiesta que llena de luz, color y comida preparada escrupulosamente por sus 54 mujeres para compartir de forma gratuita con los visitantes del lugar en la fiesta religiosa, tienen que emplear al menos una hora para trasladarse diariamente por tierra y agua a la cabecera municipal y a la zona de Las Playas, como conocen a la zona comercial de La Calles.

Esto no les importa, les gusta en realidad mantener esta tradición que poco a poco se muere por la llegada de motocicletas y uno que otro automóvil a la comunidad.

Sin embargo, padres y abuelos de las nuevas generaciones, no han conocido más que esta forma de traslado y el jalar la cuerda de la balsa que quietamente les espera a la orilla de la Presa Plutarco Elías Calles, ya sea “para allá o para acá”, dependiendo de si van o vienen, es una rutina y una legendaria tradición que les distingue entre los que habitan en aquel municipio.

“Es muy tranquilo en la noche, la lancha la podemos usar hasta en la madrugada, lo malo es cuando tenemos una urgencia, no sé, por ejemplo cuando alguien se nos enferma y se pone grave”, dice Liliana nerviosa aún pues nunca había sido tomada en cuenta para contar la historia de la Balsa de El Tecongo.

Confiada asegura que el recorrido entre la Presa y los cerros no es motivo para que se asuste por las noches, cuando tiene que ir o venir de San José.

“Antes se utilizaba más”, nos dicen refiriéndose a la balsa que por cierto, no tiene ningún motor que le empuje, sino que simplemente está amarrada de un punto a otro de la presa, para que quienes la utilizan “hagan brazo” al jalar con fuerza aquella cuerda que sirve al mismo tiempo para la ida y el retorno.

La gente de El Tecongo, es gente buena, ellos dicen que son menos de 20 o 30 familias las que habitan el lugar, todos se apellidan Hernández, Lucero o Rodríguez, mientras que cifras socioeconómicas señalan que en realidad están registrados 36 hogares, de éstos, ya ninguno tiene piso de tierra, pero cuatro de cada diez no tienen sanitario, ninguna de sus casitas tiene computadora y tampoco teléfono fijo.

Como si se tratara de una historia donde el tiempo fue lo único que no pasó por ella, así se vive en El Tecongo y quienes tienen la posibilidad de trabajar o estudiar en San José de Gracia, saben bien que al resto de los habitantes de aquella pequeña comunidad, les gustaría hacer lo mismo, pero por los años, la edad, la salud y la condición económica y social, simplemente no pueden hacerlo.

Tal vez por ello, día con día quienes hacen este recorrido -ya sea en su forma tradicional o por carretera, en el que también se tardan cerca de una hora-, se saben “bendecidos”.

“Hay familias que no tienen quien trabaje aquí en Las Playas, hay otras que tienen trabajando hasta dos o tres. Nos ayudamos del comercio en la Presa, antes vivíamos de la fábrica de costura, pero ya casi ni hay trabajo, ahora más bien el Cristo Roto nos da para vivir”, dijo Liliana al atender su pequeño negocio de artesanías desde el cual, invariablemente recibe un regalo cada día: ser testigo de los mejores atardeceres que hacen de la vida en aquel lugar, un motivo muy especial para vencer las carencias, los rezagos y las dificultades que vienen estrechamente abrazadas de la pobreza.

Sandra Macías
Redacción