Aguascalientes, México, Viernes 21 de Septiembre de 2018
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El Reportaje: Esperanza, la única opción del migrante

Muchos son los peligros que atraviesan los migrantes centroamericanos en su paso por nuestro país. (Hidrocálidodigital )
27/02/2018 12:42:36

Edson Denare tiene 15 de edad, su rostro moreno y su acento poco común hacen aún más notables sus orígenes hondureños y descendencia africana. Al momento de hablar, frota nerviosamente sus manos, no le gusta recordar, tampoco le gusta hablar demasiado.

Aquella mañana está sentado en el desván de una casa a la que no pertenece, pero en la que ha dormido y descansado después de tantas historias que podría contar a pesar de su corta, muy corta edad.

Luce cansado, más bien tímido, poco amigable pero apacible, en su mirada hay tristeza, mucha tristeza, de esa que se nota a kilómetros de distancia, tal vez por todos los días y las noches en las que ha recorrido un camino hostil.

Va en busca de un sueño y no es precisamente un sueño que le correspondería a su edad. Huye de la pobreza y de los estragos de una revuelta política en su país. Va en busca de no incumplir la promesa que depositó firme y fuerte en el corazón de su madre, de quien apenas si se despidió.

A diferencia de quienes tienen su misma edad, Edson dice que su única fuerza es Dios, piensa mucho en él. Piensa siempre en él. Sabe que es su único anclaje con una realidad que como miles viven en medio de la migración quienes la pobreza ha pegado tan hondo que no tienen otra ruta por seguir.

“En Dios, he pensado en Dios en todo momento”, reafirma con especial tono de fe, sabiendo que no hay otra alternativa para el migrante.

Dejó diez hermanos en Honduras, pero sólo se despidió de su madre, no sabe en qué momento cambió su vida, pero sí sabe que la pobreza y la falta de oportunidades fueron los motivos de ese cambio.

“Mi papá no puede caminar, está quebrado y mi mamá trabaja pero me da mucha lástima que lo haga tanto. El día en que me despedí de ella, no la abracé, no le dije nada, sólo le dije “Voy ido, cuídense, ella comenzó a llorar”.

Tras recordar la escena, Edson prefiere guardar silencio, tímidamente se seca sus lágrimas y continúa el jugueteo con sus manos entrelazadas.

Llegó a Aguascalientes un domingo, ahí fue amenazado por segunda vez con armas de fuego, la primera ocasión por un enfrentamiento en territorio mexicano en el que él sólo era espectador involuntario arriba de un tren, y en esta segunda ocasión, las armas le apuntaron directo para obligarlo a que, junto con otros cuatro hondureños más, descendiera del tren en movimiento.

Así lo hizo, las huellas de la furia de la máquina de acero aún están presentes en sus piernas y en sus manos, pero no tenía otra alternativa, él no quiso morir con una bala incrustada en su cuerpo, aún inmaduro, como inmaduro es el cuerpo de los demás que a su edad, no han enfrentado la rabia que se experimenta por el simple hecho de ser considerado “ilegal”, sólo por no tener documentos para viajar hacia una vida mejor.

Edson es el más pequeño de su familia, sabe lo que es una enfermedad y no tener medicamentos ni dinero para aminorarla. No ha hablado con su familia, su madre no sabe lo que en Aguascalientes vivió a manos de guardias privados de la empresa FERROMEX, quienes golpearon además salvajemente a otro de sus compañeros en ruta hacia Estados Unidos.

Refugiado en Casa Migrante, Edson no sabe aún qué hacer. Pero firme dice que quiere seguir, que quiere llegar, sabe que el seguir para adelante es su única opción si quiere seguir libre de la persecución que la pobreza encarnizadamente ha protagonizado contra él.

Sandra Macías
Redacción