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Miércoles, 5 de Agosto de 2020

Hidro (1)
Foto: Moshé Lehér

HUELLAS

Te presentamos la segunda entrada de siete cuentos que forman parte del especial "Voces desde el encierro".

Sobre la mesa del comedor se extiende amplio, colorido y lleno de pequeños fragmentos perfectamente embonados un rompecabezas de mil piezas, es una tarde de lunes ¿O será jueves? ¿O domingo por la mañana? La noción del tiempo dejó de ser precisa desde que comenzó la cuarentena.

Annelle se levanta orgullosa de la mesa después de concluida su misión, esa que se impuso hace un par de semanas cuando adquirió por internet un rompecabezas que le pareció el perfecto pasatiempo para estos días con su hijo.

Recorre con su mirada la cocina, sala y comedor pensando que desde la aparición del virus que se convirtió en pandemia obligando a las personas a permanecer en sus casas, ha sido su hijo Daniel su única compañía, un niño noble y juguetón aunque de pocas palabras, no muy dado a expresar sus sentimientos ni emociones, Annelle está convencida de que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus y esa es la explicación más práctica que encuentra a la poca comunicación que tiene su hijo con ella.

Absorta en sus pensamientos algo llama poderosamente su atención en el piso cercano a la puerta de acceso al balcón y se acerca para comprobar que la marca visible que observa son huellas al parecer de un par de zapatos de adulto.

Su corazón se acelera a ritmo vertiginoso y comienzan a llegar a raudales una serie de pensamientos, preguntas e hipótesis. Daniel se encuentra en su habitación entretenido con sus videojuegos, eso le da cierto tiempo para decidir las acciones a tomar sobre ese hallazgo que le ha cortado la respiración y quitado la calma.

-¿Llamo a la policía? ¿Habrá entrado un ladrón? ¿Se lo digo a mi hijo? –

Una maraña de cuestionamientos en su cabeza la alerta a poner orden, llamar a la policía es la primera decisión que toma, – ellos harán la investigación correspondiente – piensa, pero después de hacer una rápida revisión por cada rincón confirma que no hay cerraduras ni ventanas violadas, el balcón está en aparente calma y no falta alguna de sus pertenencias. Toma un respiro y decide atravesar un mueble de madera en la puerta del balcón para que esa noche no sea posible abrirlo, mañana reforzará la seguridad en su casa.

Se dirige a la habitación de Daniel – sin comentarle lo sucedido – para pedirle que duerman juntos en la recámara de ella, el niño hace un mueca en señal de asombro, él es muy independiente, no le gusta compartir cama con su madre y prefiere permanecer en el espacio donde es dueño y señor, su ciclo escolar con clases virtuales ya terminó y dispone de todo el día para sus juegos en línea con los amigos, no piensa ceder ni un instante ese privilegio.

Fue una negociación infructuosa, y al ver que la discusión comenzaba a subir de tono Annelle decidió dar por perdida esa batalla – No me gusta que seas tan obstinado, buenas noches hijo, te amo – le dijo no sin antes volver a revisar que todas las ventanas y puertas estuvieran perfectamente cerradas.

Perdió por completo la noción del tiempo y aunque fue un sueño inquieto había logrado quedarse dormida cuando de repente algo la despierta, da un salto para ponerse de pie, reacciona y recuerda lo sucedido – alguien está dentro de la casa- piensa en silencio, corre a supervisar la habitación de su hijo y lo encuentra dormido de lado, con las cobijas un poco revueltas y la luz encendida como si acabara de acostarse, pensó que seguramente lo venció el sueño y no había alcanzado a apagarla, eso la tranquilizó, supuso que el intruso no entraría a esa recámara si viera la luz prendida.

Camina sigilosamente hacia el cuarto de servicio donde guarda una pequeña caja de herramientas –que nunca ha usado- y toma un martillo como arma defensiva, con él en sus manos se siente segura para llegar a la sala-comedor, sus temblorosas piernas la ayudan a avanzar no con la firmeza que desearía pero llega a su destino, echa un vistazo panorámico y ve todo en orden, salvo un poco de leche derramada por Daniel mientras cenaba cereal, nada de qué preocuparse –piensa para sí misma-, seguramente son mis nervios que me hacen imaginar cosas.

Aprovecha para servirse agua en un pequeño vaso de superhéroes, de esos que tanto gustan a su hijo, cuando de pronto su corazón se paraliza mientras la fuerza de su mano cede a la impresión y el vaso cae hasta el piso, ha visto de nuevo las huellas ahora en la cocina, esta vez como si las suelas estuvieran mojadas quizá por la brisa de la noche en el exterior. Inmediatamente corre a refugiarse en la recámara de su hijo y cierra con seguro mientras su pecho brinca con cada latido de su corazón y su frente y cuello se humedecen con ese sudor frío que provoca el pánico.

No trae consigo el teléfono móvil y Daniel no tiene teléfono fijo en su cuarto, tampoco un móvil porque Annelle considera que no tiene edad para darle ese distractor, reflexiona asustada y ahí mismo decide que ya debe comprarle un teléfono al niño.

Está amaneciendo y sigue paralizada pensando qué hacer, recargada en la puerta de la recámara de su hijo, no escucha pasos ni ruido

-¿Será que el hombre de las huellas se haya ido? ¿Que la luz del amanecer lo obligó a retirarse? ¿Seguirá ahí? ¿Habrá robado algo? –

No pudo más con tanta incertidumbre y armándose de valor decidió salir hacia su recámara para hacer la llamada de auxilio, no sin antes poner el seguro por dentro en la puerta de Daniel.

Con manos temblorosas toma el teléfono y marca al 911, – ¿Cuál es su emergencia?- le responden y minutos después de la llamada llegan a su domicilio un par de policías a bordo de una patrulla. Comienzan a hacer la inspección correspondiente, uno de ellos se sienta en la sala a su lado para proceder al interrogatorio de rutina, una serie de preguntas lógicas, otras no tanto –así le parece- mientras su compañero revisa todos los espacios interiores y exteriores de la casa.

– El área está limpia – asevera el policía encargado de registrar la propiedad incluyendo el cuarto de Daniel que tuvo que levantarse a quitar el seguro de la puerta que había puesto su madre, – la única evidencia son las huellas – continúa el oficial, para entonces ya se ha integrado el niño a la reunión. Confirman que son huellas de hombre aunque no parece tratarse de zapatos de trabajo ni formales. La madre permanece en un estado de shock mientras abraza a su hijo que esconde su cara en su cintura.

La conversación continúa, se habla de una teoría de complicidad con la persona encargada de la limpieza que tiene un juego de llaves de la entrada principal y a quien Daniel tiene un especial cariño por ser quien lo cuidó desde pequeño mientras su madre salía a trabajar y su gran apoyo en los difíciles momentos que vivió cuando su padre falleció hacía un par de años.

Conforme avanza la charla entre los policías y la madre, continúan señalando a María Luisa la asistente doméstica como principal sospechosa por lo que acuerdan interrogarla en cuanto llegue a trabajar. Daniel, cada vez más inquieto y asustado mantiene un silencio absoluto, cosa que no sorprende a Annelle acostumbrada a que el niño es poco comunicativo normalmente.

Siguiendo el protocolo de la investigación policiaca que aplica en estos casos, transcurrió alrededor de una hora y María Luisa está por llegar, la tensión aumenta, Daniel no puede más, se tapa los oídos con ambas manos y echa a correr, se dirige a su recámara, su madre perpleja intenta detenerlo pero no la escucha, los policías cruzan miradas y observan cómo Annelle decide ir detrás de su hijo y al encontrar la puerta cerrada ella pide desesperada que le permita entrar, no lo consigue, a modo de súplica le dice que ambos tienen miedo y desea abrazarlo, en ese momento se escucha el cerrojo y la puerta se abre, sin pronunciar palabra ambos se funden en un abrazo lleno de lágrimas y sollozos hasta que de forma repentina el niño se aparta, se limpia el escurrimiento nasal con la manga de su piyama y lanzando una mirada firme y decidida, saca de entre sus videojuegos una pequeña caja aparentemente de galletas que ella no sabía que estuviera ahí ni desde cuándo.

Sin articular palabra alguna, a su modo, Daniel comienza a abrir la caja frente a su madre cuyo semblante palidece, ve con perplejidad a su hijo extraer el contenido y se lleva la mano a la boca para contener un grito ahogado. No había palabras que pudieran expresar lo que sintió, aquello era inexplicable pero explicaba todo lo que estaba sucediendo.

El niño se agacha y cuidadosamente mete cada uno de sus pies en el par de sandalias que su padre acostumbraba usar cuando estaba en casa, esas que teniendo a María Luisa como cómplice había escondido cuando Annelle decidió sacar las cosas de su esposo fallecido hacía más de un año en ese entonces.

Con voz inocente Daniel le dice – Me quedé con ellas, eran sus favoritas y aunque no las he usado muchas veces, desde que llegó la pandemia he pedido a mi papá que nos cuide y que no permita que te contagies porque yo no sabría qué hacer, cada vez que me las pongo siento que él está aquí y nos defiende del virus aunque siempre le digo que no se ofenda si las vuelvo a guardar, me quedan muy grandes pero sé que algún día llenaré sus zapatos –

F I N

Mawi Valenzuela

Nació en Tijuana

Es conductora de radio, coach certificado en comunicación.

Es miembro del Colectivo Six Pack.

“VOCES DESDE EL ENCIERRO” es un especial de 7 cuentos cortos de autores miembros del “Colectivo Six Pack”. (2 de 7)

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