Aguascalientes, México, Martes 2 de Septiembre de 2014
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La Cena

31/08/2014 |
El 18 de junio de 1815 el ejército imperial francés, comandado por Napoleón Bonaparte, sufrió su derrota definitiva dentro de las llamadas guerras napoleónicas de los cien días. El genio, el estratega súper dotado, el monstruo de Córcega, dueño alguna vez de medio Europa, había sido –por fin- humillado por sus enemigos.

Dos días después, un Napoleón degradado regresó a París sólo para abdicar en favor de su hijo, para entonces Rey de Roma. Empero, tras el fiasco de Waterloo, el apellido Bonaparte ya no valía nada en Francia, por lo que aquel gran imperio de Napoleón más que agonizante, estaba muerto.

El mismo día en que el humillado emperador regresó a París, la Cámara y los Pares proclamaron la instalación de un gobierno provisional presidido por el impresentable José Fouché. Apenas cuatro días después, el 29 de junio, Luis XVIII, hermano del guillotinado por la Revolución, Luis XVI, volvió a Francia para reclamar el trono que –según él- le pertenecía por derecho de sangre. A su lado, discreto pero muy activo, se vio a Talleyrand.

Francia, pero en especial su capital, estaba invadida por los ejércitos de sus países enemigos. La anarquía reinaba por todas partes, la incertidumbre era la regla general. ¿Quién gobernaría aquel poderoso país Europeo? ¿El heredero de Napoleón Bonaparte? ¿El hermano del ciudadano José Capeto? ¿La República de José Fouché? o ¿los países invasores?

Pues según algunos historiadores, pero sobre todo según la maravillosa mente del escritor y dramaturgo francés, Jean Claude Brisville, todas estas interrogantes se resolvieron en una cena, o mejor dicho en La Cena, con mayúsculas por su trascendencia, que protagonizaron durante la noche del 6 al 7 de julio, José Fouché y Charles Maurice de Talleyrand, en el palacio de este último.

La Cena es una brillante creación teatral y literaria de Brisville, donde logra, como muy pocos han podido hacerlo, mostrarnos de cuerpo entero a estos dos gigantes de la política francesa, que se desnudan tal y como son en un intenso diálogo lleno de pasiones, pero también política, de alta política combinada con la más ruin y baja política, esa que practicaba muy bien el eterno jefe de la policía francesa, pero que a la que también recurría en ocasiones el diplomático Talleyrand.

La Francia convulsa de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, la Francia del Terror, de la República, del directorio, de Bonaparte, fue realmente la Francia de José Fouché y de Talleyrand. Los famosos, los mundialmente conocidos quizás sean otros, el propio Napoleón, o Robespierre por ejemplo, pero quienes realmente hacían que las cosas sucedieran, quienes movían los hilos detrás de toda la puesta en escena, los titiriteros de la compleja política francesa de aquellos tiempos fueron estos dos personajes, antítesis el uno del otro, uno de familia noble, refinado, sutil, culto y exquisito, y el otro de origen humilde, hijo de un marinero, parco, tosco, cruel, pero ambos con virtudes (para algunos podrían ser defectos) como la audacia, la discreción, la falta de escrúpulos, el pragmatismo puro y duro que les permitieron gobernar, tras bambalinas, Francia y media Europa durante varias décadas.

Sin embargo, Fouché y Talleyrand nunca, hasta esa noche, fueron aliados. Por el contrario, fueron enemigos declarados. Era recíproco el sentimiento de odio entre ambos. Pero llegó un momento en que el uno necesitó del otro y viceversa, un momento en que los rencores y la desconfianza tuvieron que dejarse a un lado, según ellos para salvar a Francia del caos, según yo para salvarse ellos mismos del exilio político.

Durante La Cena Talleyrand tenía un propósito: convencer a Fouché, presidente provisional del gobierno y amo del más sofisticado sistema de espionaje de la Europa de aquellos años, para que apoyara la restauración de la monarquía bajo la persona de Luis XVIII, hermano de aquel rey guillotinado con la complacencia del entonces jacobino José Fouché, cuyo voto en la asamblea fue definitivo para que se hiciera ejecutar al degradado ex-monarca.

Le dice el fino diplomático a Fouché: “A las doce y media de la noche de este 7 de julio de 1815, Francia es de quien la quiera y nunca fue más provisional su gobierno. Sé que usted lo preside, señor Fouché, pero, en realidad ¿qué es lo que preside? Un rebaño de parlamentarios todavía anonadados bajo el impacto de Waterloo. Que surja mañana por la mañana un hombre decidido, y se arrodillarán a sus pies. Ése es el peligro: un nuevo Bonaparte. Un militar salido del pueblo, cuya autoridad se alimentará de la debilidad del país. Considero más prudente que nosotros mismos nos demos un amo, un amo al que conozcamos y que nos necesita”.

Darnos nosotros mismos un amo al que conozcamos y que nos necesite. He ahí el propósito de La Cena, la supervivencia de estos dos zorros de la política y ya de paso, si de algo sirve, la salvación de Francia.

Pero la labor de convencimiento de Talleyrand no fue, de ninguna forma, una tarea sencilla. Fouché le vendió muy cara su lealtad. El refinado ex-ministro de Relaciones Exteriores se sentía, a diferencia de la inmensa mayoría de los franceses, libre de las intrigas y los secretos de Fouché, o como él los llamaba, de sus dossiers, o expedientes para que me entiendan. El ministro de la Policía tenía el hábito de espiar a todos y de todos tenía un expediente, a todos les conocía sus secretos más íntimos, sus secretos sexuales, sus secretos de corrupción, sus secretos de traiciones. Era el hombre más informado de Francia y como la información es poder, entonces imaginemos cuán poderoso era.

Además Talleyrand se sentía indispensable para que Fouché pudiera acercarse a Luis XVIII, pues –como se lo recordó en La Cena- el monarca –al que el diplomático era sumamente cercano- no olvidaba aquel voto precipitado del otrora jacobino que llevó a la guillotina a su hermano, cosa que sólo perdonaría bajo su intercesión. 

Por eso, cuál va siendo la sorpresa de Talleyrand –al que no le preocupaban los expedientes del espía mayor- cuando Fouché sustrajo de su saco una carta que contenía el secreto mejor guardado del hábil diplomático, uno que incluso él ya había olvidado, uno que lo rebajaba nuevamente al nivel de Fouché, uno que lo ponía en igualdad de condiciones. Una carta donde Talleyrand le aconsejaba a Napoleón Bonaparte asesinar a un sobrino de su nuevo jefe Luis XVIII. Expuesto este dossier, y ante la mirada atónita de Talleyrand, Fouché: “Ya tenemos los dos el mismo rango, monseñor”

Y en efecto. Los dos quedaron en igualdad de circunstancias. Los dos se mostraron tal y como eran, ruines y despiadados, hipócritas, asesinos.

Y fue precisamente esa exposición de ambos, fue esa sintonía y entendimiento de que los dos eran de la misma calaña, lo que facilitó las cosas. A partir de ahí la conversación fue más fluida, menos tensa y más sincera.

Al final Fouché cedió y aceptó ir al día siguiente a Saint Denis a jurarle lealtad a quien sería su nuevo amo, Luis XVIII, del que seguramente ya tenía un expediente.

El cierre de la obra es excelso. Una voz, la de François-René de Chateaubriand, testigo de la visita de Talleyrand y de Fouché al futuro rey Luis XVIII dice: “Me dirigí a Saint Denis. Introducido en una de las estancias que precedían a la del rey, no encontré a nadie; me senté en un rincón y esperé. De pronto una puerta se abre: entra silenciosamente el vicio (Talleyrand) apoyado en el brazo del crimen (Fouché); la visión infernal pasa lentamente delante de mí, penetra en el gabinete del Rey y desaparece. Fouché iba a prometer bajo juramento fe y homenaje a su señor; el fiel regicida, de rodillas, puso las manos que hicieron caer la cabeza de Luis XVI entre las manos del hermano del rey mártir; el obispo apóstata fue garante del juramento”.

@enricoags