Aguascalientes, México, Miercoles 17 de Septiembre de 2014
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Doña Sofía

14/09/2014 |
Esta semana dos influyentes publicaciones italianas, entre ellas el prestigiado diario La República, publicaron que el rey Juan Carlos de España se divorciaría de la reina Sofía para casarse con su amante, la aristócrata alemana Corinna Sayn-Wittgenstein. ¡Qué escándalo! ¡El retirado rey se divorcia de la reina madre para juntarse con su amante!

Lo sorprendente es que ante este bombazo periodístico la Casa Real hizo mutis. ¿Sería este silencio un signo inequívoco de que en efecto el rey padre planeaba divorciarse de doña Sofía?

Sin embargo, fuentes cercanas a Don Juan Carlos negaron el rumor de la prensa italiana y señalaron que entre los planes futuros del monarca en retiro no estaba el divorcio sino la creación de una fundación que llevaría su nombre. 

Empero, pese al desmentido de esta noticia, para nadie es un secreto que don Juan Carlos y doña Sofía han vivido separados –de hecho- desde hace décadas. No hay que olvidar que, como en antaño, su matrimonio fue más un arreglo y una absurda alianza aristocrática que amor a primera vista. Dicen los que saben que desde hace décadas los padres del rey Felipe VI no hacen vida matrimonial y que sus actividades como pareja se limitaban a los actos protocolarios.

Tampoco es un secreto que el rey Juan Carlos fue desde joven un pícaro con el sexo femenino. Cual secreto de Estado, ningún medio español se atrevió jamás a publicar las andanzas del monarca ora con una mujer, ora con otra, pero pese al silencio mediático se da por hecho que las hubo. ¿Y la reina? ¿Qué tenía que decir Sofía de Grecia sobre las travesuras extramaritales de su marido? Nada.

En los momentos de mayor presión y dificultades para la corona, Doña Sofía fue siempre la integrante de la familia real con mayor aceptación entre los españoles y al parecer, la que actuó con mayor templanza. Hay quienes dicen que fue ella, y no el Rey, el gran soporte de la centenaria institución que resistió a fuertes embates, el más reciente, el escándalo de corrupción del esposo de la Infanta Cristina que sigue causándole agravios a la Corona.

¿Qué les gustaba a los españoles de la reina? ¿Qué hizo ella para ser el soporte de la corona española y para ser el fiel de la balanza entre los excesos de su marido y el futuro de su hijo, el entonces príncipe de Asturias?

Hay dos virtudes que la reina madre practicó a cabalidad, a saber, la prudencia y la discreción.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la prudencia como templanza, cautela, moderación. Sensatez y buen juicio. Una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ellos.

Y a la palabra discreción la define como la sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar. El don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad. Reserva y prudencia.

Todas esas características, tan difíciles de poseer y practicar, las ha tenido la reina Sofía cuyo único objetivo político en la vida desde que dio a luz a su único varón, fue verlo convertido en rey de España.

Catalina de Medicis, fue durante décadas la mujer más poderosa de Francia, reina consorte primero y reina madre después, gobernó con mano firme y templanza –algunos dirían que con crueldad- un convulso reinado que sufrió en esa época la guerra contra los reformistas.

Bien podríamos hacer una analogía entre los sufrimientos de Sofía y los de Catalina. La reina francesa era una Medicis, y desde muy niña fue comprometida, cual mercancía, por su tío el Papa, al monarca de Francia, Francisco I, para que se casara con su hijo, Enrique, a la postre Enrique II.

Previo y durante el reinado de Enrique II, Catalina tuvo que sufrir todo tipo de humillaciones, la peor, la relación extramarital que el rey mantenía abiertamente con la llamada favorita, Diana de Poitiers.

Mientras vivió Enrique, su consorte no sólo tuvo que ver como su marido le era infiel a todas horas y en todas partes, tuvo igualmente que sufrir la apropiación por parte de “la favorita” de sus propios hijos, a los que “la otra” educaba. La madre natural era ella, pero la de hecho era la descarada amante.

Era un complejo triangulo amoroso donde Diana, que tenía a sus pies al rey, era la cabeza y en el que Catalina servía sólo de complemento. “Diana tenía el papel más fácil, era la más fuerte, dominaba. El de Catalina era más ingrato, exigía más picardía y atención, y un gran dominio de sí. Prometió a su esposo ponerse en todas las ocasiones de parte de su amante. Y lo hizo: hija de Maquiavelo, su interés le ordenaba ahogar sus sentimientos. Para sus ojos de Medicis ese odio (hacia la amante) no era otra cosa que un error pasional que era preciso acallar y corregir por medio de una conducta bien pensada Por lo tanto (véase la similitud con la historia de doña Sofía) representó su papel al estilo florentino, y supo hacer que el odio que la habitaba (por las andanzas de su marido) se pareciera a la sumisión y aún a la amistad”. Extracto del libro Catalina de Medicis, de Jean Orieux.

El rey Juan Carlos, como es lógico, no fue tan descarado y no se placeó con sus amantes a la vista de todos. Pero de que las tuvo, las tuvo. ¿Y la reina? Nunca chistó. Siempre asumió un papel cauto, discreto, siempre se mantuvo en segundo plano con una ligera y maquiavélica sonrisa a la espera de que un día su esposo, el rey, muriera o abdicara, para ver hecho su sueño realidad: a su hijo Felipe, convertido en el monarca de España.

Cuando murió Enrique II “la favorita” perdió su fuente de poder y se supo acabada. A partir de ese momento Catalina pasó de ser la reina consorte humillada, el complemento de un singular triangulo amoroso en el que no era más que la esposa oficial, a ser la reina madre, el poder tras el trono. Cuando Don Juan Carlos de Borbón abdicó hace algunos meses sucedió exactamente lo mismo, la reina, doña Sofía, pasó de ser la acompañante oficial de su marido, a la reina madre consentida del nuevo Rey, la luz de los ojos de Felipe VI, el rey de España.

 

@enricoags