Aguascalientes, México, Sabado 25 de Enero de 2020
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Corruptos y corruptores

24/01/2020 |
Recordando aquella frase atribuida al Benemérito, el desaparecido escritor Jorge Ibargüengoitia reparaba, allá a finales de los años setenta del siglo pasado, que en esto de derechos, los mexicanos éramos un pueblo demasiado consciente de los derechos propios, pero bastante indiferente al derecho del prójimo, en lo que lleva toda la razón.

Vemos cotidianamente, pongamos el caso de las marchas en la CDMX o las tomas de carreteras, cómo colectivos de cualquier signo y ralea salen a pegar de gritos para reclamar sus derechos, sin importarles afectar el de los demás, lo que en el microcosmo del vecindario se ejemplifica con el que sale a golpear a un ladrón sorprendido en sus fechorías, aunque él mismo es, digamos, un pequeño distribuidor de drogas.

No abona a cambiar la visión general de las cosas, ni a la construcción de un sentimiento de ciudadanía, la actuación de las autoridades, sobre todo ahora que se están reconstituyendo como el gran y único centro de donde emanan todas las soluciones y que acumula todo el poder, pues mantiene la falsa y perniciosa sensación de que el gobierno es el padre todopoderoso y la ciudadanía, degradada a la condición de pueblo y luego de masa, la prole numerosísima, que entonces ve en las autoridades toda la fuente de soluciones, pero también a la fuente de toda la corrupción.

Y es que, pese al desarrollo de un aparato democrático, tan frágil que se está desmontando como si hubiese sido construido de cartón piedra, para el ciudadano de a pie la corrupción es patrimonio del gobierno y es corrupto cualquier representante de la autoridad, trátese de un vil burócrata o un agente vial de a pie, que recibe dinero para acelerar un trámite o para omitir una infracción, pero nunca el que la ofrece, o sea él mismo.

Esto explica y debe matizar los resultados presentados ayer por la Secretaría Técnica del Sistema Estatal de Corrupción, si es que tal cosa existe, donde señala a las autoridades como la fuente y las dueñas del monopolio de la corrupción, a las que atribuyen el 45 por ciento de los actos corruptos, en tanto que a los ciudadanos se les atribuye sólo el 22 por ciento de ésta, en el entendido de que se trata no de una cifra sobre denuncias o actos constatados, sino sobre percepción.

No dudamos, y hasta nos podemos atrever a afirmar, que la corrupción es un mal endémico de nuestros gobiernos, de los anteriores y de los que gobiernan ahora en los tres niveles, aunque esta discusión merece espacios y reflexiones más amplias, pero seguimos insistiendo que el sujeto que ocupa una parte de la acera para extender su cochera, amparándose en que tiene un conocido en tal dependencia, el que ofrece dinero para acelerar un trámite y cualquiera que aproveche cualquier ventaja para saltarse la ley, ésa que en este país se escribió para los becerros de mi compadre, es igualmente parte de la estructura corrupta que tanto daña al país.

Habrá que recordar lo que siempre decía el ex presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, que explicaba los bajos niveles de corrupción en su país, una isla en esta América Latina Nuestra, diciendo que eran por obra y gracia de que la sociedad uruguaya no era corrupta.

 
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