Aguascalientes, México, Miercoles 14 de Noviembre de 2018
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Por propia mano

28/08/2018 |
Como dicen los más sensatos al referirse a estos casos polémicos, hay cosas que se explican pero no pueden justificarse, a propósito de la multiplicación –peligrosa por donde se vea- de las llamadas detenciones ciudadanas y los intentos de ejercer castigo por mano propia a presuntos criminales, mismos que hasta ahora han quedado, por fortuna, en golpizas en los casos más sonados.

Los hechos que explican este fenómeno, que hasta hace muy poco estaba en nuestro imaginario asociado a zonas ‘calientes’ en los territorios más aislados del sureste mexicano, sobre todo en aquellas zonas donde se mantiene esa arcaica práctica de ejercer justicia por los ‘usos y costumbres’, por la razón de que es evidente la actividad de los criminales y de que existe la percepción general que los cuerpos de seguridad y las instituciones de justicia no hacen lo suficiente.

Cabe decir que la percepción es una cosa y la realidad otra, pues en lo que respecta a las corporaciones, se sabe que sus responsables mantienen a los elementos a su mando trabajando al límite, aunque luego lo que pasa es que se volvió tan difícil demostrar un delito, que más que a la inacción de los agentes de la ley se debe agradecer el estado de las cosas, de nuevo, a ese nuevo sistema penal cuyos frutos aparentes tienen que ver más con el aumento de los índices de impunidad que con la mejora de la justicia que pretendían quienes lo engendraron.

Admitiendo que éstos son los hechos y que así se explica la llegada y extensión del fenómeno, lo que sigue es condenar sin excepciones esos intentos de linchamiento, primero porque violentan la ley y ésta, buena o mala, es la última línea que no se debe cruzar antes de pasar del estado de una comunidad articulada a una donde acabe reinando la ley de la selva.

Los riesgos son evidentes, y la historia está llena de ejemplos, pues primero un mal día los enardecidos justicieros van a pasarse de la raya y pasar de las golpizas a actos de consecuencias más graves, por no hablar del peligro siempre patente de que un mal día se ataque a un inocente, pues basta –y lo sabemos- que una voz a destiempo entre una comunidad hipersensibilizada por la alta incidencia criminal señale a cualquiera de estar robando, o vigilando o siguiendo mujeres y niños y se puede encender a un grupo que convertido en turba se saldrá de control y entonces lamentaremos, todos, no haber parado este asunto a tiempo.
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