Aguascalientes, México, Miercoles 1 de Abril de 2020
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Naufragios, destierros e insomnios

01/04/2020 |
“La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para (…) como si la vida capitulara según determinadas reglas (y entonces). Nada puede ya detener las enormes colonias de bacterias que empiezan a expandirse por el interior del cuerpo…”. Así comienza la aventura Knausgaard: seis mil páginas, en seis volúmenes, que son muchas horas de lectura y seguramente muchísimas más de escritura, de dudas, de correcciones, de sentir que lo que el escritor está haciendo no sirve para nada. Sigo: “En el instante en que la vida abandona el cuerpo, el cuerpo pertenece a lo muerto. Las lámparas, las maletas, las alfombras…”.
Así comienza ‘La muerte del padre’, el primero de los volúmenes de esta obra monumental y abrumadora, que he seguido conforme Anagrama ha editado las traducciones al castellano, primero en España y luego aquí, aunque yo, como todo en la vida, asumí esa experiencia en completo desorden, pues luego de leer sobre Knausgaard y sus libros, el primero que encontré aquí fue ‘Danzando en la oscuridad’, el cuarto volumen; luego leí el tercero ‘La isla de la infancia’ y hasta después ‘La muerte…’, sin duda el mejor de todos, que de cualquier manera son un solo libro.
Aquí es donde digo que no soy inmune a las preocupaciones que tenemos todos sobre la pandemia, que sufro insomnios, que no lo digo pero me preocupo de que nada le pase a las pocas personas que quiero, que me preocupo que no le pase nada a nadie, que incluso me preocupo por mí; que a mí la enfermedad y la ruina económica me quitan el sueño y que, salvo los días que me lleno la barriga de mezcal o de whisky, apenas pego ojo en noches interminables de paseos en mi habitación, de cigarrillos de madrugada, de largas horas frente a la ventana; y también donde digo que mis preocupaciones son tan fútiles y luego tan mías, que no son asunto de nadie.
Procurándome hacer algo en esas largas noches de no dormir, y para no acabar concibiendo pensamientos siniestros como los de Ciorán, que como sea él ya formuló y de manera magistral, retomé el sexto de los volúmenes, ‘Fin’, que de cualquier manera es el más difícil y ciertamente no el mejor, tanto así que luego de encontrarlo hace unos meses y comenzar a leerlo hace un par, lo dejé luego de 200 páginas, que entretuve leyendo a Singer (Israel, no Isaac), el ‘Visto y no visto’ de Burke, y hasta releyendo las ‘Mitologías’ de Barthes.
El libro respiraba, como un animal acechante, un animal peligroso, en mi mesilla de noche, pero fue hasta la semana pasada que decidí retomar su lectura.
No soy lector que lee para superar reto alguno; quise hacerlo cuando leí el ‘Ulysses’ de Joyce, un libro que como sea me resultó impenetrable; lo leí en la traducción del maestro Valverde, que fue a la vez maestro de mi maestro Xavier Laborda, que era, junto con la de Salas Subirats, una de las dos únicas traducciones al castellano de un libro intraducible. Mucho me decepcionó después, cuando salió la traducción María Luisa Venegas y de García Tortosa, leer que la de Valverde estaba llena de errores.
Lo intenté luego con el ladrillo de Musil, para el que yo no tenía –ni quería tener- atributos, válgame el jueguito de palabras y después, invitado por Vila-Matas que gusta de esos laberintos, con Gombrowicz, del que sólo pude leer ‘Trasatlántico’ y con cuyo ‘Diario’ no pasé de las ciento y tantas páginas.
Leer a Knausgaard en desorden, y no estamos hablando de Cortázar, ni de Perec, sino de mi manía de estar siempre a destiempo para todo, me sirvió como sea para llegar a ‘La muerte…’ ya entrenado en ese universo que es el escritor noruego.
Por lo demás había ya toda una literatura crítica que encomiaba su obra, leída por medio millón de noruegos y traducida a una veintena de idiomas, ahora que está de moda la ‘autoficción’ y después de que Carrère, hablara en términos elogiosos de su obra.
También estaba lo del escándalo que sus libros causaron en el mundo escandinavo, comenzando por el título, ‘Mi lucha’, Min Kamp, tan similar al Mein Kampf del libro homónimo de Hitler, y luego lo de la demanda de sus familiares paternos que querían a toda costa evitar su publicación, tras conocer su contenido.
Justo en ‘La muerte…’ narra las circunstancias en que muere su padre, alcoholizado, infartado en medio de la escalera, con la ropa llena de orines y excrementos y con no me acuerdo qué hueso fracturado, en la casa de su madre, la abuela de Karl Ove; una demanda por difamación promovida por su tío Gunar, hermano de su padre, a quien Knausgaard trata con benevolencia, pero que se opone que salgan a la luz las circunstancias de la muerte del padre, el padre cuyo nombre nunca es pronunciado, y el estado en que la madre de este, la abuela del autor, convive con aquel hijo que vive sus últimos días alcoholizado y ella misma alcohólica al final de su existencia.
Justo de esa denuncia debería tratar ‘Fin’, aunque antes de eso quería escribir algo sobre cómo una sencilla anécdota, se convierte en un hercúleo esfuerzo narrativo, en un ejercicio de autodenigración tan atroz como honesto, en una causa judicial y, al final, en un ajuste de cuentas y hasta en una gran broma, que alguien, tal vez en Letras Libres, llamó una gran broma del pos modernismo; quería y quiero, aunque será para la próxima o para después, que ya agoté el espacio.
Y para la epidemia: Mazel Tov.