Aguascalientes, México, Martes 25 de Febrero de 2020
Seguir a hidrocalidod en Twitter   RSS  
           

El sexo de los ángeles y el paraíso de los tontos

19/02/2020 |
‘Como el Buda –dice Borges- Swedenborg reprueba el ascetismo…’ y yo pienso, cosa que en algunas ocasiones me doy el lujo de hacer, que no por nada al estudioso y místico sueco le llaman nada menos que el ‘Buda del Norte’, aunque es una extrañeza lo olvidados que están su figura y su nombre, teniendo en cuenta su figura intelectual y el hecho de que hay todavía por allí que piensan que sus obras no apelan a ninguna verdad superior, sino que son verdad revelada.
Por allí en una nota perdida que me encuentro entre mis papeles, ahora que preparo una mudanza, leo de mi letra y puño: ‘El 16 de junio de 1978, en una conferencia en la Universidad de Belgrano, Borges (siempre Borges) contó cómo Swedenberg (sic) estaba tan tranquilo viendo por la ventana de su casa, cuando vio a Jesucristo por la calle…”; del motivo de esta visión hablaré líneas adelante.
Me preguntaba, y vuelvo tras mis pasos, por qué del olvido del sabio sueco, amigo de Newton y Leibniz, y gran influencia en pensadores de la talla de Goethe, Kant, Blake, Carlyle y Emerson (de ingrata memoria), Berlioz, Baudelaire y Jung, entre otros que incluyen a Borges; Borges que dijo que si Voltaire había dicho que el mejor de los hombres fue Carlos XII de Suecia, él afirmaba que el más grande de los humanos era justo Swedenborg, protegido de aquel rey llamado el ‘Alejandro del Norte’.
Volvamos pues al sabio sueco, quien luego de una vida dedicada a la ciencia, a los 56 años deja sus estudios de matemáticas, química, geología, física y etcétera, para dedicarse a los estudios teológicos y psicológicos, dejando una obra que ahora mismo es seguida por numerosas iglesias casi como verdad revelada, especialmente su multicitada e ignota ‘De caelo et ejus mirabilibus et de inferno’, que de mi buen latín a mi mejor castellano puede traducirse –de hecho se tradujo ya- en ‘Del cielo y sus maravillas y del infierno’, un libro que desafortunadamente es editado como texto esotérico y editado por esas deplorables editoriales argentinas de New Age.
Y ya que vamos de regreso vamos al asunto que contó Borges en aquella universidad porteña, pues ahí está nuestro héroe baboseando por la ventana, ya avecinado en Londres, cuando ve a un fulano que viene por la calle, aunque al final no resultó ser un fulano, sino el mismísimo Jesucristo, que se detiene ante su puerta y le lanza una mirada que, sigue el argentino, le causa una inmediata empatía; el desconocido se detiene ante su puerta, llama… Y de repente allí están Swedenborg y Jesucristo sentados tomándose un té (un early gray de Ceilán, puede ser y parafraseando a Borges digo: eso no está en Borges, pero a través del tiempo, lo adivino).
Borges nos revela parte de esa conversación, por lo demás célebre y contenida en su obra; Jesús le dice que su Iglesia y el cristianismo están podridos y le da la protestad de visitar, sin tener que venderle el alma al diablo como Fausto, a su antojo el cielo y el infierno, a la vez que le da la encomienda de reencaminar su doctrina –o la doctrina que fundó Saulo, eso no lo sé, ni lo adivino.
Entiendo, por una entrevista a Borges, a propósito de su traducción de ‘El cielo…’ (traducción desafortunadamente agotada), en la que habla de más encuentros, todos en Londres, que es la ciudad donde Haendel escribió ‘El Mesías’ –por algo fue, supongo-, pero también un permanente diálogo de Swedenborg con los ángeles, de los que llega a decir, con sobrada autoridad, que todos hablan el mismo idioma, que conforme envejecen en el más allá en realidad se hacen más jóvenes y que el gozo celestial, y aquí ya nos atoramos, ‘sobrepasa toda explicación posible’; como dijo aquel: como quién dice que no se sepa.
Es curioso el fervor de Borges, que no era cristiano, por el sabio sueco, un fervor que compartió con, por citar un ejemplo, James Joyce, quien tampoco era un ejemplo de piedad, y le atribuía, sin embargo el poder de visitar y frecuentar ‘todos los mundos invisibles’.
La clave está en cierto agnosticismo borgiano y en la creencia de la ‘salvación por la belleza’, aunque son enredos que, la verdad, tampoco me van, ni me vienen, salvo en lo gozoso que me resulta conocerlos, en leerlos y saber que ahí hay más historias para escuchar y ser contadas.
El final de mi nota es sobre, y cito a Swedenborg por vez postrera, ‘los tontos que van al cielo de los tontos y allí repetirán tonterías por toda la eternidad’.
Por asociación arbitraria, como lo son todas, y por retorcimiento intelectual, que es lo mío, pienso en esa célebre visita de Tolstói a Chejov, agonizante, en la que el primero le habló de la inmortalidad del alma y, cito a Natalia Ginzburg, le contó que ‘al morir, todos, hombres y animales se unen en una esencia única, compuesta de razón y amor…’; Chejov contó luego que esa visión le hizo pensar en una gran masa gelatinosa y que le dijo a Tolstói que no le daba la gana sobrevivir a la muerte de esa forma, lo que hizo palidecer al conde Lev Nikoláievich.
Me acuerdo, por las mismas razones, del incidente del caudillo taíno Hatuey, que a punto de ser ejecutado por los filántropos españoles que querían la salvación de su alma, le llevaron a confesar ante un cura que le preguntó por sus pecados….
Pero esto ya se pasó de extensión, así que si les parece, y aunque no, lo que sigue lo voy a dejar para el viernes. Mazel Tov.