Aguascalientes, México, Martes 17 de Julio de 2018
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El cuarto de experiencias

13/07/2018 |
-Todo, hasta quedarme ciego, antes que ser llevado al cuarto de experiencias –dije, casi grité.
Carcajadas: me asombro de que aún conservo la facultad –o lo que sea- de decir sandeces y provocar la risa de los demás; luego seguimos viendo la película, o lo que sea que fuese aquello.
No sé quién estaba jugueteando con el control remoto y que formas del azar se conjuraron para llegar a ese canal. Allí estaba Rogelio Guerra, joven, muy peinado pa ’atrás y tirando unos guamazos más falsos que los billetes de a tres pesos, sobre el ring de lo que debe ser la Arena Coliseo o la Arena México. En esa pelea inverosímil el otro tipo mandó al galán recién fallecido a la lona, de donde se paró a punto del colapso: lo salvó la campana.
Supimos que de cualquier manera el rico de los Ricos también… iba a ganar, pues maltrecho como estaba en la esquina, giró el rostro al ring side y allí una muchacha guapetona, pero no mucho, le lanzó una sonrisa: dicho y hecho: una tanda de golpes tirados al aire y el contrincante cayó fulminado, como si fuera un Neymar cualquiera.
-Cámbienle a esa idiotez –dije, pero los demás me miraron como si les estuviera pidiendo que separaran las aguas del Río Rojo o que apagaran el sol.
Lo que siguió no me quedó claro: unos tipos que quieren matar a Rogelio Guerra y que le tiraban de balazos allí donde lo encontraban; una feria de atracciones; un ‘Viaje a la Luna’ por cinco pesos en un platillo volador que, para asombro general de los que estábamos en la cocina de casa, efectivamente despegó y los llevó a un planeta no sé qué tan lejano –seguro unos cien metros en los Estudios Churubusco.
Era un planeta poblado por mujeres guerreras, unas altas y guapetonas y otras prietas y chaparras –cosas del presupuesto-, todas en lo que en mis tiempos de niño se llamaban ‘hot pants’, casco galáctico y armadas con unas armas que resultaron letales y eran como cerillos ‘La Central’ pero tamaño familiar; las mujeres lo tocaban a uno con la punta de sus cerillotes y capúm: muerto y al cuarto de experiencias.
Todo se aclaró –más o menos- en el corte comercial, cuando un aviso nos informó que pronto volveríamos con ‘El planeta de las mujeres invasoras’, una joya olvidada de la época de latón del cine nacional.
Al regresar del corte nos enteramos que esas mujeres del cerillo mortal estaban bajo las órdenes de una de las hermanas Velázquez, no supe nunca si Tere o Lorena, aunque si nos enteramos que era una reina cruel, cuyos planes eran invadir la Tierra para causarnos zozobra; la otra hermana, en cambio, era su gemela bondadosa, que tenía a un grupo de mujeres leales –las más feas-, que quería salvar a los rehenes.
Recordé una anécdota que ya no sé muy bien si la viví, la soñé o me la contaron: un tipo dormido y una mujer vampiro –creo que una de las Velázquez, para variar- que se inclina sobre su cuello, mientras suena una música presuntamente misteriosa de don Manuel Esperón, para poner tensión a ese momento terrorífico en el que un inocente está a punto de ser vampirizado.
Conteníamos la respiración –el Cine Encanto a reventar-, cuando algún patán de las filas de atrás gritó:
-¡Chúpame a mí mamacita!
Mientras el dramón intergaláctico seguía, con un científico mexicano más inverosímil todavía, que tenía en el patio de su casa un cohete como uno que había en el Parque Hidalgo y que por dentro era como un Microbús, nos vinieron a la memoria las matinés del Plaza, con películas del Santo, antes de que lo hicieran presuntamente surrealista.
Sábado en la mañana, el cine a reventar de niños al borde del asiento y con los ojos pelones…
Reíamos pero la nostalgia me vino a la mirada con una cita que recordé de DeLillo: ‘Ni los saltos ni las caídas. Inhalo la llovizna de detalles del pasado y así sé quién soy…”
De repente estaba en 1975, menudo, bajito, con una playera a rayas de colores, de todos los colores y el pelo en la frente… ‘Todo, menos el cuarto de experiencias’, dije en voz baja y nadie me escuchó.

Continuará.
 
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