Aguascalientes, México, Domingo 20 de Mayo de 2018
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A las seis en Bracafé

18/05/2018 |
En el muro norte, junto a la barra, hay un rótulo con una cita de Talleyrand; cito de memoria: “El café ha de ser caliente como el infierno, negro como la noche (¿la muerte?), puro como un ángel… “ ¿dulce como el amor? Se puede ver, todavía, ya esté uno en el salón con las mesas bajas de madera o parado frente a la barra de la calle de Casp, tras la cual trajinan las chicas y los tipos vestidos de negro con sus chalecos verdes.
El Bracafé, el más viejo de ellos –tiene 87 años funcionando-, está a unos pasos del Paseig de Gracia, pero de alguna manera está oculto y ajeno a las multitudes que vuelven imposible aquella zona, a unos metros de la Plaza de Catalunya.
Parece que estoy allí mismo, cruzando frente a las puertas abiertas de la ya desaparecida Navarra, a un paso de Radio Barcelona, del ese otro café (el de la radio), del Teatro Tívoli, de un restaurante del Musol y a una calle de la Casa Calvet. Basta pararse allí en la acera, a media tarde, para ver cómo la Torre Agbar se pinta de todos los colores del crepúsculo.
No sé cuántas tazas de café me he tomado yo allí y cuántas veces he quedado con alguien para vernos allí; de hecho en los últimos viajes por Barcelona procuré comprar juegos de tazas para expresso y ahora mismo en casa se bebe el café de cada mañana en esas tazas fabricadas en Portugal.
Por recordar, recuerdo aquellas mañanas en que bajaba del tren en alguna estación cercana y antes de llegar al gimnasio DIR que está allí mismo en Caspe, un poco antes de la esquina con Concell del Cent, paraba para pedirle a aquella mujer rubia (¿Conchi?) el café y el botellín de agua que bebía antes de ir a ejercitarme.
Hace unos cuatro años, creo, estaba hospedado en un hotel algo lejano, en un extremo de L’Illa, en la avenida Diagonal. Trotaba por esa avenida hasta la glorieta de Francesc Maciá y seguía hasta el Palau Robert –donde está el ojo secreto de Barcelona-, para bajar luego hasta Casp, parar en el Bracafé, por la Rambla de Catalunya.
Apenas el tercer día de esa nueva rutina un traspié en la mal recordada calle de Balmes me dejó en el suelo y maltrecho. Pensaba que aquello era un golpe o una torcedura sin importancia, de tal manera que intenté seguir trotando ciudad abajo, hasta que ya renqueando visiblemente y en medio de hórridos dolores llegué a aquella barra, donde al pararme por el café matutino supe que no podía dar un paso más, lo que me confirmaron más tarde en una sala de rayos X del Hospital Clinic.
Meses más tardes, una mañana fresca de marzo… ¡Qué más da! Ya me puedo quedar aquí horas y hora recordando la tarde qué..
El asunto es que me acabo de enterar que aquello cierra irremediablemente y que por reformas en el edificio que ocupa casi toda esa manzana, el de Catalana Occidente, el local cerrará el 31 de agosto y para siempre; según leo en una nota que es casi un obituario, que firma Ernest Aliós, aquello acabará siendo la salida de un estacionamiento subterráneo de 4 plantas que comenzará a construirse en unos meses.
Es el progreso dicen; el mismo que ocasionó ya el cierre de la Navarra, de la Librería Catalonia o de aquella tienda Vincon que era tan singular que era visita obligada de los turistas.
Me gustaba pasar allí, en una de las mesillas a pie de calle, horas perdidas de la mañana, bebiendo café y más café y leyendo cualquier cosa. Es ese otro ventanal en el que no podré verme reflejado jamás.