Aguascalientes, México, Martes 23 de Mayo de 2017
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La lista negra

22/05/2017 |
Hace poco más de veinte años, me instalé en el que fue mi pequeño apartamento de la calle de Industria en Barcelona. Se podía decir, sin matices, que yo era un desconocido absoluto en esa ciudad donde, salvo Nuria la casera, no conocía a nadie.
Los primeros días fueron de trámites: conseguir una línea telefónica, una conexión a Internet, un contrato con la empresa que me suministró el gas; además de que fueron días de compras elementales: mantas, unos pocos platos y utensilios de cocina, un pequeño televisor.
Muy pocos días después a mi buzón llegó una carta a mi nombre. Era imposible que fuera una carta de casa; acababa de llegar y apenas había comunicado la dirección. Estaba remitida desde Madrid. La abrí con curiosidad: era un machote, obviamente, donde se me invitaba a comprar acciones de Telefónica, la compañía telefónica, entonces estatal, que se estaba privatizando.
El que me mandó esa carta, pensé, era un burro, o por lo menos un ignorante. Yo había llegado a Barcelona con una mano delante y otra atrás y no estaba ni en mis intenciones, y menos en mis posibilidades, comprar acciones de Telefónica, ni de ninguna otra cosa. De hecho jamás en mi vida he comprado una acción de nada. ¡Con queso!
Obviamente era un machote y una carta que se remitió a todos los que tenían una línea contratada con esa empresa, como yo acababa de hacer. La única diferencia es que ahora esas cartas nos las mandan por email, siempre dirigidas a las personas que, siempre para mal, estamos en sus listas.
Todos estamos en esas listas, a menos que nos encontremos en los márgenes de la sociedad. De ahí esos decenas, cientos y hasta miles de emails que recibimos, por no hablar de las llamadas telefónicas con la que nos atosigan a todas horas. Basta contratar un servicio, para entrar en ese sistema. Una empresa equis, de telefonía, bancaria, de servicios informáticos, nos tiene en su lista y ya nos chupó la bruja.
A saber en cuántas listas estamos metidos, sabiendo que esas listas, digan lo que digan, se venden, como se venden las listas de electores.
El sistema se llama Big Data y parece ser el futuro de los negocios. Las grandes empresas viven de nuestros datos, para saber cómo y en qué momento tratar de sablearnos, vendiéndonos sus productos, que son casi siempre objetos y servicios que no necesitamos. Se trata de tener listas y saber nuestra edad, sexo, inclinaciones, gustos y así hacernos sus clientes. Algo así como el asunto ese, mito o ficción –a mí no me consta nada-, de que los mormones tienen todos nuestros datos debajo de un cerro en Utah.
Pero algo está fatal con sus algoritmos, como compruebo cada día cuando recibo ofertas que me envía alguien que no tiene idea de con quién está tratando. Hoy, para no ir más lejos recibo en mi correo: una propuesta para tomar un curso para abrir una pizzería, una oferta dizque para trabajar desde casa por Internet, un curso para hacer negocios con Pemex, a propósito de la reforma energética. No sabe el dueño de esa lista que yo no tengo ni ganas, ni recursos, ni tiempo de hacer negocios con ninguna reforma, salvo que un día ponga un puesto de corbatas falsas en el Paseo de la ídem.
Por cierto, reparo: ¿existe una calle Reforma en esta ciudad? Otra muestra del talante reaccionario de la gente de estos lados. Hay sí un Mercado Reforma, pero es un antro pestilente y la gente le conoce como Purisur o el Mercado de la Purísima.
En fin que el otro día leí que los partidos políticos tenían años inflando sus padrones, afiliando a electores sin su consentimiento, usando para ello el famoso Padrón de Electores, que ya sabemos es una lista de votantes que ha servido para los fines más ruines. Lo hacen para presumir músculo y, principalmente, para alegando tener tantos miles o millones de miembros seguir chupándonos la sangre con eso del financiamiento público.
Por no dejar abrí la página del INE donde uno puede consultar si a uno ya lo llevaron al baile y sin invitación. Siguiendo las instrucciones del portal que daba la noticia introduje mi número de elector y ¡tómala! Ahora resulta que soy un militante hecho y derecho.
Me da vergüenza, pero allí dice que el PRI me tiene entre sus afiliados (¡primero chucho!); igual me hubiera dado vergüenza si hubiera salido perredista o petista. Otra cosa muy distinta hubiera sido que allí me enterara que soy militante del Verde –que es entre los corruptos partidos de este país el más deplorable de todos-; peor todavía, que me hubiera enterado que soy un miembro de las huestes panistas. Entonces me pego un tiro: los panistas son como los demás, pero se creen –y parece que lo creen sinceramente- virtuosos y honestos.
Como sea ahora salgo a la calle lleno de vergüenza. Ignoro en qué momento y quién fue el malvado que me metió al padrón de los priístas, pero ya pueden adivinar lo que pienso de él y de toda su parentela, especialmente de su respetable progenitora.
Esto suena draconiano y sentencioso, pero estoy a punto de decir que en este país no se puede ser militante de ningún partido y ser un ciudadano decente; esto en el supuesto de que se trate de militancia voluntaria. Por lo pronto voy a demandar a quien corresponda que a mí me saquen de allí, pues nunca di mi consentimiento de que se cometiera esa infamia con mi persona.
No vaya a ser que, además de la vergüenza pública, al rato me salgan con que les debo sabe cuántos años de cuotas.