Aguascalientes, México, Martes 16 de Enero de 2018
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Seis minutos de sol

15/01/2018 |
El primer invierno que pasé en España fue deprimente.
No entendía: estaba yo instalado allí donde quería estar, haciendo con lo que soñaba hacer –estudiar y escribir-, pero el desánimo comenzó a hacer presa de mí. ¿Qué pasaba? Pues que crecido en un lugar entre los trópicos, con días de verano e invierno con una diferencia de apenas un par de horas de sol, me sentía extraño, primero, y luego desanimado al salir a las 9 a las calles donde todavía era de noche y sin acostumbrarme a aquellos días donde a las 5 de la tarde caía  la noche.
Unos años antes había vivido en Moscú la maravilla esa del sol de medianoche y ya en vacaciones anteriores había gozado de esos atardeceres de estío que parecían no acabarse nunca y animaban a todos a salir a las calles hasta altas horas, que se dice.
Leía hace unos días que la siempre siniestra Bruselas, había tenido el pasado mes de diciembre la ridícula cantidad de 10 horas de sol; entre nublados y días cortos los belgas apenas se acordaban cómo es que era el sol, lo que decía un reporte de la televisión francesa que vi hace un par de semanas, obligó a los que pudieron a largarse a cualquier lugar, alguno menos sombrío. Como para quedar orate.
Volviendo a Barcelona, en la calle Pelai (Pelayo), donde arrancó la furgoneta esa del atentado en las Ramblas, están las viejas oficinas de La Vanguardia, que son apenas un aparador, pues su sede está en otra parte; seguramente en otros tiempos allí tuvieron su redacción. Según entiendo allí todavía tienen un pequeño observatorio meteorológico. En el aparador exhibían (o exhiben, no lo sé) sus portadas de la edición del día, debajo de una pantalla donde esas con letras que se mueven de izquierda a derecha, que iba dando la última hora y otra más con los datos del observatorio: temperatura, humedad, sensación térmica, posibilidades de lluvia, calidad del aire…
El diario, por su parte, mostraba en su página del clima los horarios de la salida del sol y del ocaso y los datos de su observatorio del Carrer de Pelai número tantos. Cuando se cambiaba el horario al de verano, ellos seguían dando el de la hora “normal”.
Ojalá aquí los diarios tuvieran observatorios y páginas del clima, para información nuestra y para callar a tanto funcionario charlatán que se inventa tormentas invernales y sequías, o como el que ahora anda diciendo que estamos respirando veneno, porque quiere aparecer en algún periódico.
A mí se me volvió una costumbre un poco morbosa ver, sobre todo en invierno, eso de la salida y la puesta de sol, sobre todo en estos horribles días donde amanece más bien tarde y donde el ocaso llega pronto en la tarde; con la obsesión de los dementes, cuento –a partir del solsticio de diciembre que antecede a la noche más larga del año-, los minutos que el sol va ganándole a la noche, como una promesa de que un día llegará la primavera y con ella los días de salir de casa en mangas de camisa.
Hoy por ejemplo, el sol salió a las 7:30, lo que no es Bélgica pero me parece una grosería… Aquí me acordé cuando vi que en Helsinki hay días que duran una hora, lo que explica esa costumbre tan arraigada en los finlandeses de no hablar, amargarse la vida y suicidarse por quítame esta paja del hombro (esto es una exageración claro, una que uso para darle tono dramático a estas líneas).
Decía pues: el sol salió a las 7:30 y la puesta fue a las 18:25; el lunes de la semana entrante el sol volverá a aparecer a la misma hora, aunque el ocaso vendrá a las 6 con 31 minutos, lo que significa que pasaremos de las 9 horas 55 minutos de sol a las diez horas con un minuto: seis minutos más de rayos solares y un poco más de día. Supongo que algo calentarán.
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