Aguascalientes, México, Sabado 21 de Enero de 2017
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El primer día

20/01/2017 |
Nunca como hoy, por razones obvias, los que somos de este lado del río, estaremos atentos a la ceremonia de investidura que se realizará en pocas horas en Washington.
Y no, lo lamento, de nada sirven sus memes, sus reflexiones en las redes sociales, el reproducir datos –reales o ficticios: más de los segundos-, sobre el señor Trump. No sirvieron en la campaña, a pesar de que hubo ilusos que se pasaron llamando al electorado estadunidense a meditar profundamente su voto.
Por lo demás, en esto de meditar el voto, no somos precisamente ejemplares: aquí se votó con entusiasmo a Fox, por ejemplo; más recientemente aquí también se sufragó a golpe de memes, chismes y ocurrencias.
Hace unos días el nuevo ministro de Exteriores de España, Alfonso Dastis, apelaba a la paciencia y argumentaba –si eso es argumentar-, que al señor Trump había que darle el beneficio de la duda y que, al fin de cuentas, era un cargo electo en unas elecciones democráticas: impecable.
Esta reflexión elemental puso a cierta intelligentsia en alerta y despertó ciertos fantasmas: a Hitler también lo eligieron en elecciones democráticas.
Los hay que recordaron la funesta política del apaciguamiento.
La “policy of appeasement”, fue aquella que timoratos como Chamberlain y, en menor medida, el bobo de Daladier, llevaron frente a Hitler, basado básicamente en estas premisas: Hitler era un bufón, las instituciones y los grupos de presión alemanes iban a moderarlo, había que evitar cualquier enfrentamiento.
El resultado, para los olvidadizos, es historia: la intervención de Hitler a favor de Franco, el rearme alemán, el Anschluss, la anexión de los Sudetes, la ocupación de toda Checoslovaquia y la carnicería de la Segunda Guerra, entre otros chistecitos.
Chamberlain viajó a Munich en 1938 y le entregó Checoslovaquia a Hitler. Al regresar a Londres anunció que el famoso “Acuerdo de Munich”, era un triunfo para la paz y juraba que había negociado con el carnicero alemán un equilibrio que evitaría una nueva guerra.
Visiones apocalípticas aparte, hay quienes siguen pensando –y estoy hablando de analistas enterados, no de politólogos de Facebook-, que el asunto de fondo fue la fascinación de una masa poco ilustrada por la figura grotesca de un bufón.
Pero al final de cuentas, parece que el consenso de cierta intelectualidad, en ambos lados del Atlántico, es que el señor que asume hoy la presidencia de la todavía primer potencia mundial –económica y militar-, es un acertijo.
Anoche leía algo sobre la posibilidad de que Trump mismo no esperara su victoria, lo que explica que nadie conozca sus verdaderos planes de gobierno. El argumento es que nadie sabe de cierto qué pasará a partir de hoy, porque el mismo Trump no lo sabe.
Ya es un tópico el decir que la persona que más influencia tiene sobre el magnate convertido en ocupante de la Casa Blanca, es la última persona que acaba de hablar con él.
Esto explicaría sus reacciones siempre impulsivas y muchas veces contradictorias. Parece que al único de aquellos con los que se ha visto al que no le hizo el menor caso es, lamentablemente, nuestro presidente.
El resto es, pues no queda de otra, esperar; parece que nadie en los Estados Unidos, ni en ninguna parte sabe bien a bien de qué irán las cosas a partir de hoy.
Su entorno dice que las cosas se aclararán en parte con su discurso de inauguración, en un rato; los hay de su círculo que prometen un discurso “reaganiano” que, según ellos, recordará al ex-presidente actor –y que es coautor, junto con la señora Thatcher- del orden de las cosas actuales; la condena del modelo vigente, fue una de las bazas que llevaron a Trump a ganar las elecciones.
Un misterio.
No me ocupo demasiado del asunto, so riesgo de repetir las muchas sandeces que se oyen en la calle, en voz de los cuñados de turno, reconvertidos en analistas internacionales; esto no quiere decir que no esté profundamente preocupado.
Me apura más, sin embargo, ver a los que pueden enfrentar el reto paralizados por el terror y, alguien más suspicaz lo acaba de decir, lamiéndose las heridas que todavía no nos infringe el desde hoy nuevo presidente de la Unión Americana.
Hay algunos que confían en una solución providencial o en el poder de un abracadabra (o que nos nazca un Churchill, pero estos no se dan en maceta; y no, con perdón: López Obrador no es un Churchill; es más un bravucón del tipo de Skladkowki, el iluso que el 1 de septiembre de 1939 aseguraba que Polonia podía vencer al Reich).
Por allí están las recomendaciones de Jorge Castañeda para enfrentar asuntos como lo del NAFTA o lo del muro; el señor Castañeda será el higadito que quieran y gusten, que lo es, pero lo que propone suena sensato.