Aguascalientes, México, Sabado 17 de Noviembre de 2018
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Desalmado

07/11/2018 |
El domingo cumplo años: muchos. Lo digo sin más, pues no se trata sino de un día más y el Universo seguirá su curso ese día, como lo seguirá el día antes y el día después. Nada qué festejar: así como uno puede nacer en África en medio de las moscas, o en cuna real, da lo mismo nacer el 11 de noviembre que el 14 de agosto –a menos que uno crea en la bobada esa de los horóscopos.
Alguien, no recuerdo quién, escribió un día una sucinta, pero completa historia de la humanidad: primero la Tierra estaba formada por elementos fundidos que brillaban en el espacio. Luego comenzó a caer una lluvia cálida. Se formaron unos mares hirvientes. Durante la primera mitad de la historia de la Tierra, los mares fueron azoicos (no había vida pues). (…) Luego llegó la prehistoria, luego la historia; la épica, los héroes épicos, las grandes eras y los grande héroes; después eras más pequeñas con hombres más pequeños; luego la antigüedad clásica, los hebreos, los romanos, el feudalismo, los Papas, el Renacimiento, el racionalismo, la revolución industrial, la ciencia, al democracia y todo lo demás.
Por buscarme un lugar en la historia, he de decir que yo entro en la categoría de “todo lo demás”.
Creo que estoy en la edad precisa para entender que seré parte de ese rastrojo que quemará el incendio del tiempo; dicho de otra manera: no pasaré a la posteridad. Está bien, me conformo con eso.
Tampoco lo haré por medio de mi prole: sería un equívoco y un error.
Hace unas semanas hablaba con alguien de la circunstancia de llegar a mi edad. Tal vez, decía yo, no puse el empeño suficiente, aunque lo más probable es que no hubiera en mí esa fuerza que se necesita. Hablaba de llegar a mi edad sin nada importante que anotar en la columna de los haberes: ni fama, ni fortuna, ni siquiera los medios de procurarme una vida tranquila.
Lo peor, continuaba, es esa sensación de estar viviendo una vida que no es la mía.
Mi interlocutor, que cree conocerme, se me quedó mirando y dijo:
-Creo que lo que pasa es que nunca creíste vivir para contarlo; supongo que algo en ti te decía que morirías joven.
No sé si tenga o no tenga razón, pues no hay manera de probarlo; lo que sí es cierto es que a veces debe uno recurrir a esa forma de autoflagelación que es acercarse a uno mismo a través de la mirada de los demás, que suele ser tan distinta que esa, engañosa por cierto, que nos devuelve el espejo.
Pirandello nos demostró en una famosa novela que uno puede acabar loco en ese ejercicio de verse en los ojos de otros. Al margen de que los que nos quieren nos verán de formas más amables y los enemigos nos destrozarán la autoestima, lo cierto es que la mirada de los otros sobre nosotros es tan desconcertante, que puede uno acabar como el pobre de Vintangelo Moscarda: orate de atar.
Teorías modernas, no sé si del todo acertadas, hablan de los borrosos límites entre la propia opinión y la que tienen de nosotros los que nos rodean, aunque creo que el riesgo está en el autoengaño por el que suponemos que somos quienes somos y nos conocemos perfectamente.
Por dejar vagar la mente pienso en lo que pensarán de mí algunos.
Repelente a los conflictos, he procurado no buscarme enemigos, aunque otros se han encargado de procurármelos. Por ese pantano no voy a pasar, aunque me hago figuraciones de lo que pueden llegar a decir algunos de mi humilde persona.
Lo peor, sin embargo, está en la gente que tiene uno cerca, con cuya opinión favorable uno debe andarse como dicta la prudencia al que tiene que cruzar un campo minado. Creo que al final muchos pensarán que Gimpel, el tonto (de Singer) es la imagen que más se ajusta a mi personalidad, aunque los habrá que, benevolentes, pensarán que lo mío es sencillamente indolencia o una forma extrema de apatía.
Los codiciosos que tengo por allí, seguro pensarán que si no tengo un clavo me lo he ganado por mi falta de ambiciones; les falla el tiro: ambiciones tengo un montón, lo que no tengo es ganas de venderle el alma al diablo… Aunque luego pienso yo que en estos tiempos ya no se puede ser fáustico, pues no está el diablo para comprar baratijas.
Pero como dijo el famoso Hipólito Águila: “¡Allí es a donde yo quería llegar!”
Y es que lo que más me inquieta, al margen del sentimiento de que ya me malogré sin remedio, es esa desazón que me hormiguea dentro por la sensación de que estoy viviendo otra vida, la de otro –una que no me gusta vivir pues me va a matar de puro aburrimiento. El aburrimiento, dice Banville, “el terror que inspira, es el acicate más sutil y poderoso del diablo.” –aunque está ya bien del diablo, un ser en el que no tengo el gusto de creer, aunque hijos de Belial conozco a patadas.
Aquí es donde, providencialmente, que es una forma de decir las cosas y nada más, leo una frase en un cuento de Bellow, que habla justamente de esta circunstancia en la que alguien (yo) siente que está viviendo una vida que no le corresponde: “Mientras uno sepa dónde tiene el alma –escribe-, no hace ningún daño hacerse el Sócrates. Es cuando no se localiza el alma cuando jugar a ser otra persona se convierte en algo desesperado”.
Esto, que me suena a verdad, explicaría muchas cosas, sobre todo para alguien que no es que no sepa dónde localizar el alma, sino ni siquiera cree que exista tal cosa: un desalmado –no uno del tipo Hitler o Nicolás Maduro, sino algo así como un globo desinflado: a veces la automortificación no sólo es necesaria –vean ustedes a los místicos-, sino hasta puede ser divertida.
Sobra decir que no va a haber pastel: engorda.
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