Aguascalientes, México, Martes 24 de Octubre de 2017
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Bajo la sombra de un pino

23/10/2017 |
Yo vengo de una familia de célebres friolentos.
No son, no fueron, los míos, gente de esa que reacciona cuando las temperaturas bajan como reaccionan las personas normales; en mi estirpe el invierno no es una estación del año, sino una especie de condena bíblica: una calamidad digna de ser la décima plaga que azotó a Egipto.
Debemos tener un gen defectuoso: el frío se nos mete en el alma a mediados de octubre y no se nos sale hasta cuando, por ahí de mediados de marzo, súbitamente estalla la primavera; para más colmo, algo así como una maldición complementaria (algo haríamos es otra vida que cargamos con esta maldición: quizá éramos los Capuleto o los Borja), solemos habitar en casas que son especialmente frías.
Mi abuelo Emilio –que era de una serranía helada de Durango, pero era de sangre fría como un yacaré-, solía quejarse de que él no tenía casa, sino una cámara de refrigeración.
Cuando yo me cambié a la casa que ahora habito, la primera pregunta que le hice a la mujer que nos la vendió, fue justamente qué tan fría era esa casa en invierno. Vivía yo entonces en una casa que es tristemente célebre por ser más fría que un iglú y quería, por primera vez en mi vida, habitar una vivienda templada. La mujer respondió a mi pregunta diciendo:
-Pues Cuernavaca no es, no voy a mentirte, pero suele ser una casa bastante templada; se pasa bien aquí el invierno.
Mintió miserablemente. La única posibilidad de que no lo hiciera es que ella fuera de sangre mongola o siberiana y eso de estar en casas con temperaturas medias de un grado Celsius le pareciera “pasarla bien”.
Algo falla, algo que va más allá de lo material en esa casa. No es que las temperaturas en esta ciudad se hayan desplomado en las últimas semanas y que estemos metidos en mitad de un crudo invierno; pero en lo que a mi casa respecta no sé qué extraño mecanismo geofísico operó hace cuatro días que la temperatura media bajó, de un día para otro, unos diez grados. Ahora al anochecer hay que andar allí adentro con pijama y un jersey encima. La otra es salirse al jardín, donde las temperaturas siguen siendo suaves.
Afuera de mi habitación crece un pino frondoso; tan frondoso que ahora no hay posibilidad que penetre en mi cuarto un rayo de sol. En vano he planeado medio año que cuando llegara el momento buscaría a un experto jardinero –me dicen que necesitan hasta equipos especiales- que pueda ponerle una buena poda, para ver así qué se gana si en algún momento le pega el sol al interior.
No lo hago porque soy desidioso y soy fatalista: no pienso que un poco de sol vaya a templar esa cámara de congelación. Por lo demás en ese árbol viven colonias de tórtolas, gorriones (sospecho que canarios) y hasta petirrojos, que seguramente no sobrevivirían el invierno si yo consigo quién vaya a podar aquel gigante.
Como sea siempre es igual. Cada año cuando se acerca el verano me juro que esta vez sí que voy a cambiar las ventanas por unas de esas de cristal doble; que ahora sí voy a mandar por lo menos sellar las ventanas para que ya no se me cuele el chiflón; que no pasa de este año que mande podar el pino; que voy a ahorrar para mandar hacer una chimenea; que esta vez me voy a construir una dacha en medio del jardín para vivir allí los inviernos…
El asunto es que la casa ya se enfrío –y más cuando cayó el mentado out 27 que dejó fuera a los Yankees- y no será sino hasta dentro de cinco meses, si bien me va, que la vida allí adentro vuelva a ser vida.
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