Aguascalientes, México, Miercoles 22 de Mayo de 2019
Seguir a hidrocalidod en Twitter   RSS  
           

Me canso, ganso

11/01/2019 |
Como el hombre precavido vale por dos, dicen, decidí irme a sentar al sillón del odontólogo –nunca entendí eso de estomatólogo, que me suena a especialista en la tripa-, a que me sacaran la muela del juicio.
Ya hace años que padecí, al comenzar un viaje, primero un picor, luego una vaga molestia y luego esa sensación de que a uno le están taladrando el cerebro, lo que mal terminó en Chicago, un día festivo –no para mí-, en el consultorio dental del doctor Dallas.
Tengo que admitir que no fui cuidadoso y seguro por eso lo que era una pequeña cirugía se me complicó, tanto, que acabé postrado y con la cara del que se acaba de meter al cuadrilátero con el 'mantequilla' Nápoles; me pasé como pude el fin de semana: todo por un bien mayor: estar listo para un viaje que tengo programado desde hace meses.
Ya el domingo intenté hacer un poco de ejercicio y hasta tuve que trabajar. El lunes, ya un poco mejor me fui a hacer ejercicio, pensando que lo peor había pasado.
El gimnasio tenía el aspecto habitual de estos primeros días de enero: lleno a reventar y con la mitad de los asistentes parte de esa tropa de penitentes (cara radiante, ropa deportiva nueva…) que están allí porque ese fue su propósito de año nuevo: bajar la barriga. Son aves de paso, lo sabemos, y el que más va a perseverar una semana más.
Yo todavía estaba bajo los efectos de no sé qué pernicioso influjo, distraído, medio dormido todavía y, para variar, apazguatado; fue entonces que, en un instante de descuido la pesa resbaló de mis manos, con tan mal (o tan buen) tino que cayó de lleno en el dedo gordo del pie derecho, justo donde se articula con el dedo que sigue –y cuyo nombre ni sé, ni me importa.
Sentí que me acababan de dar con un hacha: un golpe seco y caliente, que como un toque de electricidad me recorrió todo el cuerpo y hasta me hizo ver luces dentro de la cabeza; pero eso sí: compostura… Nada de pegar un aullido de lobo caído en una trampa, ni de llorar como Boabdil, por culpa de la pesa que no pude sostener como hombre. Abrí los ojos, me sostuve de un muro y, con disimulo, puse cara de que no había pasado nada. Con alivio vi que nadie se había dado cuenta. Luego, conforme la punzada desaparecía, seguí haciendo gimnasia sueca.
A las tres de la tarde mi pie era como un vibrante anuncio de neón, o una de esas peras ventosas que se inflan y desinflan. Una lágrima rodada, como en el tango, no la pude contener… Pero yo seguía diciéndome que no pasaba nada, que era efecto del golpazo y que no había manera –no podía haberla- que se me arruinara mi programada semana de esquí en la nieve: tenía un año esperando y…
No me quedó más que llamar al traumatólogo, que me envió al radiólogo –mi tío Víctor de los Reyes-, quien poco más tarde, me dio la buena-mala noticia. Sí, había una pequeña fractura, pero a su entender no era nada de gravedad. Aunque… pues ya sería el especialista quien me dijera qué cuidados y precauciones tenía que tomar.
Llamé a casa y reporté mi estado a los miembros de la expedición anual de esquí; la verdad es que la mayoría de ellos rompió el aire, como en el salmo, con ayes y quejidos. No me hizo sentir mejor el saber que sin mí la expedición corría riesgo: ¿de las caídas de quién se iban a burlar entonces?
El doctor Guevara, sonriente, me dijo que parecía que la cosa no era tan grave como para pensar que no estaré listo, no del todo, me dijo, pero si no se complica y con los necesarios cuidados, sí que podía estar esquiando la semana entrante.
Llamé a los que aguardaban, no preocupados por mi estado –que en el fondo les importa un rábano-, sino por el futuro del viaje.
-¿Y, entonces…, vienes?
-Sí, voy –contesté.
-Pero… ¿y podrás esquiar?
Ahí tuve un arranque casi presidencial, pues no vamos a permitir que el monopolio de las ocurrencias sea todo del señor López Obrador, y dije:
-Me canso ganso.
Luego me arrepentí, pues no vaya a ser que se me acerque un perro a hacer lo consabido y aquello termine por torcerse, como se le torció al señor mandatario el asunto de la gasolina. Por lo pronto vivo dentro de una burbuja y sin asomar ni las narices de mi habitación.
Editoriales pasadas