Aguascalientes, México, Martes 27 de Junio de 2017
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Más barato por millar

23/06/2017 |
Tocado por un rayo celestial, por decirlo de alguna manera que me entiendan –cosa que dudo-, me decidí hace unas semanas por hacer una limpia general. Digamos que me llegó la hora de hacer de lo que me rodea un gran salón minimalista, donde todo esté a la mano y todo sea lo estrictamente necesario. Digamos que decidí que es hora de ir ligero de equipaje, que es lo mejor cuando uno no sabe en qué momento hay que salir corriendo. Como en la canción de Charlie García: cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado a nada…
Me vino a la memoria las largas jornadas que pasé tirando cachivaches, rompiendo papeles innecesarios y limpiando cajones, cuando tuve que vaciar mi oficina, hace hoy 22 años y unas semanas, para mudarme a Barcelona.
No sé qué hacer con los archivos de todos los artículos que he dado a la prensa, que son una docena y guardan cada uno, centenares, cuando no miles, de textos.
Me sorprende un poco la cantidad ingente de cosas que he escrito, de las cuales la mayoría son sorprendentes.
Leí no hace mucho un texto sobre una charla de una crítica de arte con el pintor estadunidense Franz Kline, en su estudio de la Tercera Avenida de Nueva York y un año antes de morir, prematuramente, 10 días antes de cumplir los 52 años –que es la edad que tengo ahora-; Cuando Kline era pobre como las ratas, antes de que llegara la fama y el dinero, usaba esmaltes baratos para pintar sus cuadros, muchos de los cuales sencillamente se desintegraron o quedaron seriamente dañados. Él le restaba importancia, porqué se restaba importancia él mismo: decía que su obra era totalmente prescindible.
No puedo estar más de acuerdo; no respecto a la obra de Kline, que me encanta –como todo lo que hicieron los expresionistas abstractos, especialmente Motherwell, Rothko y Still-, sino a la mía. El mundo seguirá siendo mundo, con o sin esas miles de palabras que he escrito y que algunos –muy pocos- han leído.
Tal vez lo que he escrito sirva, en el futuro lejano, para que alguien se entere que pasé por este mundo y que la pasé lo mejor que pude, sin más pena, ni más gloria.
Lamento, al echarle una ojeada a mis archivos, ver que se perdieron irremediablemente los que corresponden a los 28 meses que pasé en Barcelona. Un descuido mío a la hora de pasar los archivos a uno de esos viejos discos rígidos de almacenaje, antes de entregar mi computadora gachupina –que vendí a precio de ganga-, me dejó sin respaldo de esos artículos, que como sea están por allí en alguna hemeroteca; por si a alguien le interesa.
Los archivos comienzan con una pequeña serie de artículos (El chocolate del loro), que escribí entre el 7 de abril y el 7 de junio de 1992; un total de 32 textos. Tiempo después escribí otra serie de estas cosas que yo hago, sin título, que publiqué entre el 8 de agosto del 94 y el 10 de agosto del 95, justo antes de irme a Barcelona. Son 295.
En Barcelona y en unas vacaciones que pasé aquí, para atender un ingrato asunto personal, estuve desde septiembre del 95 a mayo del 98 –salvo los tres meses entre agosto y noviembre del 97 que estuve acá-; hago cuentas y me salen alrededor de 400 textos publicados. Por allí di con 46 editoriales y un centenar de artículos que escribí semanalmente para un par de suplementos, además de unas pocas decenas de cosas que escribí para revistas.
El nueve de octubre del año 2000, hace casi 17 años, publiqué el primero de esta larga serie del Opus Mei. Lleva el muy significativo nombre de “Aeropuertos” (lo acabo de ver). Luego de ese texto y contando este que tienes entre manos, suman ya 2 mil 932 –o algunos pocos más, porque no tengo archivados los que he escrito en viajes o eventualmente en casa-.
Un programa informático y una ojeada a mis archivos, me permiten sacar cuentas: poco más de 3 mil 800 artículos. Todos tienen una extensión media de dos cuartillas y algún párrafo más: 900 palabras por cada uno, algo así como 80 líneas y unos 5 mil caracteres. Multiplicados por los casi 4 mil, dan una barbaridad: más de 3 millones y medio de palabras.
¿Cuántas palabras tenemos dentro?
Es que luego reparo en todas las que he proferido en la vida, bocón como soy, por no hablar de programas de televisión, de radio, libros de poemas, tesinas, mi tesis doctoral, un par de novelas que he terminado, una que estoy escribiendo y cientos de páginas de obras inacabadas…
Vale para un Zoroastro, o vale para una Betsabé, pero como nunca he sentido que yo tenga mucho que decir –o que la gente piense hacerme caso-, entiendo que es una exageración: un día, por puro abuso, me voy a quedar mudo. Tengo la extraña teoría de que la gente tiene las palabras contadas.
Hago más cuentas: en cosa de 5 meses y pico, o sea por allí de finales de noviembre o principios de diciembre, tendré ya 3 mil textos de esta serie –que tampoco es que vaya a pasar a la historia, junto a los artículos venenosos de Karl Kraus, o los agudos folletines de mi tocayo Bonnat-. Estoy pensando que ya va siendo suficiente.