Aguascalientes, México, Lunes 23 de Octubre de 2017
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Amar en tiempos del Uber

16/12/2016 |
-mi reino por un fiat-

No es que me interese mucho, pero entiendo que una de las preocupaciones de moda, en este pedazo de tierra, es el tema de las (¿400?), concesiones para operar taxis que entregaron las autoridades que acaban de irse.
Esto es buena señal: no deben andar muy mal las cosas, cuando la gente está al pendiente de un asunto que es, según yo, de segundo orden. Cuando uno se preocupa por tonterías es que, por fortuna, no hay asuntos más urgentes en que entretenerse.
Yo voy siguiendo de refilón el asunto. Desafortunadamente para mí, yo sí tengo otras preocupaciones que atender. Hasta donde sé, los señores que se acaban de ir entregaron los permisos para que sus dueños echen andar tantos taxis; los incansables buscadores de la verdad, oh sorpresa, se encontraron que en la lista de nuevos concesionarios había: socios de ex-funcionarios, hijos de legisladores, amigotes de gente poderosa, primos de…, compadres de… y etcétera.
Hasta donde recuerdo esto pasa cada seis años y seguirá pasando mientras este asunto sea, por prerrogativa legal (sea lo que sea eso de prerrogativa legal), prerrogativa del mandón de turno. En todo caso, supongo, no se va a dar el caso que un mandatario de turno, facultado para concesionar alguna cosa, vaya a usar sus facultades para entregarle ese obsequio a una bola de desconocidos.
No me suena, con perdón, muy lógica la protesta de los que reclaman que las concesiones sean para los que se autodenominan “trabajadores del volante”. Bajo esa óptica las gasolinerías, que también se concesionan, deben ir a parar a manos de los despachadores de gasolina y las carreteras de peaje, a los llamados camineros –incluidos los que se paran en una carretera por horas a agitar una banderita.
Por lo demás ya poco puedo decir del asunto. Necesitaría ser taxista o concesionario, para poder abundar. Yo lo más cerca que he estado del sector, es sentado en el asiento trasero de un taxi.
Como sea, por decir algo, yo anoche llegué de un viaje por carretera y medité sobre el tema, metido en el luciferino tráfico de la ciudad: me tardé una hora y media en cruzarla de norte a sur, en un trayecto que suelo hacer en menos de media hora. Pensaba yo que menudo favor están haciendo para la vialidad de esta ciudad, los que decidieron que aquí cabe otro medio millar de coches.
Más tarde de eso, veo que el ex-rector de la UAA, el señor Andrade se dice ajeno a que uno de sus hijos haya obtenido una concesión. Palabras más o palabras menos, dice que su hijo, el beneficiario, solicitó por estar facultado legalmente para ello una concesión y que, cumplidos los requisitos, le fue entregada.
Esto plantea una duda: ¿uno no puede pedir una concesión, o un apoyo gubernamental, si es hermano, hijo, primo o compadre de alguien con vínculos en el Gobierno? Habría que contestar esta pregunta.
Hoy un sujeto que conozco me pregunta si será tan buen negocio eso de tener taxis. Lo primero que se me ocurre, sin tener datos ni nada en que apoyarme, es que supongo que debe serlo: por algo los papelitos esos están tan peleados.
¿Y qué pasa cuando el taxista que tiene uno contratado apachurra a un cristiano? ¿O cuando el taxi se descompone y tiene que pasar una semana en el taller? ¿O eso otro de que el taxi se metió abajo de un trailer y hay que comprar otro?
Por lo demás, coincidimos: no entendemos porqué tanto brinco, estando el suelo lleno de baches. Cualquiera que quiera, que se compre un auto y lo meta de Uber. Asunto arreglado.
Luego está eso otro de los notarios: otro cargo que se obtiene por gracia casi divina y por una voluntad superior.
Allí, más de lo mismo: se entregaron algunos fiats y los notarios de antes –no todos, pero muchos- ponen el grito en el cielo: que si son muchos, que si las notarías fueron entregadas a los cuatachos, que no se respeta el principio de una notaría por cada tantos miles de habitantes, etcétera.
Es la lógica del abarrotero que se pone a quejarse amargamente porque en la otra esquina le abren un Oxxo.
Aquí tengo que repetir lo de antes: este es un asunto que viene pasando cada seis años y, hasta que no se aclaren legalmente estas cosas, seguirá pasando. En el futuro, cuando los robots dominen a la humanidad, los hombres del mañana se entretendrán leyendo –en unos dispositivos electrónicos que cada uno llevará metido en el cerebro-, la disputa porque el notario número 3 mil millones, se quejó, de la entrega de medio millón de notarías más.
Pero para efectos presentes, me quedo con lo que dijo un pariente mío, a propósito de las quejas de los notarios en funciones:
-¿Y por qué no se quejó el notario Bobadilla, cuando el gobernador Policarpo, por cierto padrino de su hija la gorda, le dio en su día su fiat?
Así las cosas.
 
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