Aguascalientes, México, Lunes 23 de Octubre de 2017
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Estampas navideñas III (ya Chole)

23/12/2016 |
Santa Claus is coming to town.
Como aquí termino con estas memorias mínimas de las navidades, vamos de sopetón al asunto de fondo.
No, no temáis: no tengo ganas, ni intenciones de meterme en honduras teológicas. Mis preocupaciones son más sencillas. La pregunta es: ¿A qué mente retorcida se le ocurrió inventarse eso de que en Navidad hay que dar regalos? Peor que eso: ¿Qué malévola mente criminal dedujo que era una buena idea inventarse un ser mítico y decirle a los niños que este entra en su casa y les deja regalos?
Bien pensado la idea resulta aterradora: está uno dormido en su casa y entra un ser del más allá, tengamos chimenea o no la tengamos. Lo de menos es pensar que se trata de un ser que viene a dejar regalos –unos inútiles, otros carísimos: todos innecesarios-; quién nos dice que ese ente que entra en nuestro hogar no viene a retorcernos el pescuezo, a robarnos o con otro avieso fin.
De eso hay un montón de películas de un género que se llama cine de terror. Ya puestos en pensar que unos magos de oriente se meten quién sabe dónde a nuestra casa, debemos considerar que lo mismo pueden hacer los duendes malignos, los trasgos, los vampiros, las momias o las brujas (y con brujas me refiero a las de verdad, a las que hacen maleficios, no a las suegras; no empecemos).
Los milagros y las cosas sobrenaturales, bien vistos, son sucesos que causan escalofríos.
De hecho a mí me acaba de pasar un asunto de esos que llaman paranormales. Fue terrorífico.
A las cuatro de la mañana de hoy, escuché pasos subiendo las escaleras que dan a mi estudio. Era el zarévich, que me soltó de sopetón:
-Se escuchan ruidos en el salón.
Medio dormido bajé como pude. Abajo estaba el resto de la familia con cara de esas que se ponen en las ya citadas películas de miedo. María dijo en un susurro:
-Están arrastrando sillas.
Lo primero que se me ocurrió fue activar la alarma: una sirena de mil decibelios comenzó a sonar. Los que seguían dormidos salieron con los ojos fuera de las órbitas. Abrimos la puerta que da acceso al salón, justo cuando comenzaba a despertar y justo cuando reparé en que no traíamos las ametralladoras –por la sencilla razón de que no las tenemos.
Alguno de la prole fue el que dio la voz de alarma:
-Se llevaron la televisión.
Al parecer el intruso alcanzó a entregarle el botín a algún cómplice y salió como alma que lleva el diablo –otro ser mítico para rizar el rizo-; esto lo dedujimos del hecho de que por el lugar donde entraron y se escaparon había un equipo de sonido y una botella de tequila, que dejaron abandonados.
Como en casa no somos muy de creer en magos de oriente, ni en gnomos, nos quedamos allí con las caras de pasmo: medio dormidos, medio asustados y desconcertados del todo.
A los cinco minutos llegaron los del servicio de alarmas, un vecino que se despertó con el ruidajal de la alarma y, unos minutos después unos agentes de la Policía. Si tuviera que perfilar personajes y esto fuera un cuento –que desafortunadamente no es- podría decir que el señor de la central de alarmas era un escéptico, mientras que los agentes eran dos caballeros ingleses: uno alto y blanco, que llevaba la voz cantante y uno bajito y prieto que nos miraba con profundo pesar.
Nos contaron que, contra lo que creíamos, nuestro caso es más bien la regla que una excepción.
-La verdad es que no nos damos abasto (señores correctores, no cometan ustedes otro crimen, así se escribe “dar abasto”) –nos confesó el policía alto-; cuando de pura chiripa agarramos a algún ratero, luego no lo sueltan con la payasada esa del nuevo sistema penal.
Palabras más, palabras menos, nos dijeron que lo mejor que podíamos hacer es turnarnos y hacer cada uno una guardia nocturna con un lanzagranadas en las manos.
-¿Sospechan de alguien? –me dijo con tono grave el escéptico del servicio de alarmas.
-¡Por supuesto! –le respondí sin dudar ni un segundo- De Santa Claus.
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