Aguascalientes, México, Viernes 20 de Octubre de 2017
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Fiestas de guardar

12/04/2017 |
Hace mucho, muchos, pero muchos años, estaban por casa unos parientes de otra ciudad. Venían a pasarse el aburrimiento de la Semana Santa, en aquellos años donde estos días se imponía, a la de a fuerzas, el toque de queda. Ni pensar en ir al cine. El viernes, a las tres, se apagaban las televisiones y los aparatos de radio, mientras en los comedores los mayores se daban unos –dudosos- atracones de bacalao, caldo de camarón, romeritos (¡puaj!) y otras “delicias”.
Alguien que nos vio aburridos, nos dijo: váyanse a ver la Procesión a San Diego: sí fuimos y regresamos todavía más aburridos.
Desde los jueves las casas comenzaban a apestar a aceite de oliva en hervor. Ahora se importan aceites españoles o italianos de calidad, pero cuando yo era niño lo único que existía en los supermercados era el de la marca Ybarra, que al calentarse comenzaba a emanar aromas a diésel quemado.
Como yo soy alérgico a comer pescado y sus olores marinos bastan para causarme desasosiego, náuseas y un malestar parecido al que dicen sufrir los que tienen cáncer del intestino delgado, y como vengo de una familia muy apegada a cumplir los santos preceptos, para mí los viernes de la cuaresma y los días llamados santos (o sea que no me daban carne ni por error), fueron sinónimo de tortas de huevo y de aguacate.
¿El resultado? Pues que no puedo ni oler no digamos los platos que se hacen con pescado, sino todo lo que se come en cuaresma: nopales, caldo de camarón, pipián con romeros –yo no les tengo ningún aprecio, así que me niego a llamarles romeritos-, torrijas y hasta la capirotada.
Yo todo ese asunto de la abstinencia –sustantivo que no me acaba de entrar en la cabeza: un problema de pura semántica-, yo lo tenía arreglado desde muchos años antes.
Un día nos pagaron a los monaguillos del Encino. Ocho pesotes, en monedas de veinte centavos; las grandotas de bronce que llamaban Josefas. Yo que siempre he tenido sed de justicia y hambre de paz (y de la otra), me crucé a la tienda de enfrente, una que estaba junto a donde hay una escuela por la que da miedo pasar. Recuerdo bien mi pedido: un Delaware Punch, una bolsa de papas fritas con una generosa porción de cueritos encurtidos y, para el postre, un paquete de Twinky Wonder.
Afuera de la tienda, estaba yo dándole un festín al paladar: siempre he sido un sibarita. Uno de los niños que iba conmigo me miró alarmado. Reparó en que estaba comiendo cueritos y que aquel era un día de abstinencia. Me sentenció para la eternidad: arderás en el fuego eterno, me dijo.
Asunto arreglado: desde entonces ya no me he preocupado más –ni tantito- de comer carne roja cuando se me pegue la gana; y eso que años más tarde me enteré que no sólo había violentado el precepto cristiano, sino que al comer cerdo me había cargado la ley de los judíos y los mandamientos sagrados del Islam. Más leyes violan aquí, de regidor para arriba, y no veo que nadie tenga graves conflictos de conciencia.
Ahora una elipsis, que dure 40 años.
Era miércoles santo y yo ya crecí todo lo que aspiraba a crecer. Supongo que cuando tenía 8 años, apenas sabía que, del otro lado del océano, había una ciudad que se llama Sevilla y que es algo así como una visión del mismísimo Paraíso. De hecho, junto al Guadalquivir, corre, del Puente de los Remedios a la Torre de Oro, el Paseo de las Delicias; de allí, el paseo pasa a llamarse de Cristóbal Colón, pasando por la Maestranza, hasta llegar a puente de Isabel II, donde se cruza uno a la calle Betis, ya en Triana –como el barrio donde crecí, aunque allí ni río, ni Maestranza, ni leches.
Había llegado esa mañana, en avión y apenas me instalé en el hotel, el de la calle de Alemanes que da a la Giralda, salí rumbo a la Santa Cruz, a la calle Mateos Gago, donde desayuné cualquier cosa, antes de pasearme y embelesarme con la belleza de esta ciudad. Fui hasta La Campana, por Sierpes y por las callejuelas esas, salí de nuevo ante la Catedral, justo frente a la Puerta del Perdón. A eso de la una, los viejos y altos muros de los callejones, filtraban y reproducían el eco de tambores y trompetas.
Comí cualquier cosa en el hotel, para no perder ni un segundo de aquello. La avenida Constitución se fue vaciando de paseantes. Lo sabido: después de la comida, cuando el calor arrecia y borra todas las sombras sobre la faz de la tierra (de la tierra sevillana), se impone la ibérica siesta. Los tranvías verdes pasaban de vez en cuando y los únicos que quedaban bajo aquel sol africano, eran los grupos de ruidosos turistas. Cuando salí de nuevo al río, pasando la Puerta de Jerez, aquello estaba ya desierto.
Ni un coche pasaba.
Escuché tambores, que venían del otro lado del río, como de algún más allá de la Plaza de Cuba. Al borde del río, frente al puente de San Telmo, no se veía un alma. El clamor triste de las trompetas, contrapunteado con los vibrantes golpes de tambor, crecía, a la vez que en algún lugar comenzaba a nacer, como desde el agua del Guadalquivir un ligero murmullo. Tomé al puente y vi al primer grupo de nazarenos.
Era, lo vi pasar más tarde junto a mí, el paso de la hermandad de La Sed: primero el “Cuerpo de Diputados” (que allá son unos nazarenos con capucha negra, no nuestros Dimas de por acá), luego la banda cuyos lamentos desgarraban aquel silencio elástico de la tarde ardiente, nazarenos a patadas, los capataces y el mayordomo y luego el Cristo de la Sed.
Apenas comenzaba todo.
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