Aguascalientes, México, Jueves 19 de Octubre de 2017
Seguir a hidrocalidod en Twitter   RSS  
           
 

Chulas fronteras

01/05/2017 |
Por la ventanilla, de la oscuridad, brotan las luces de Búfalo, para luego dar paso a la negrura del lago. Algunas luces solitarias revelan la presencia de algún barco. Pocos minutos, muy pocos minutos después aparece de nuevo la costa iluminada. Estamos llegando, por fin.
El avión maniobra. Las luces se encienden. Yo he dormido a tramos durante el viaje. Comienzan a sonar las charlas en los asientos de alrededor. Yo me recargo en la ventanilla para ver cómo cruzamos la ciudad. Hago cálculos de cuánto me va a salir el chistecito del taxi. La voz del altavoz nos indica que estamos llegando, que la temperatura allá afuera es de 4 grados y que son casi las doce de la noche.
Antes nos hemos pasado todo el día en aeropuertos. En el de México, donde comimos, vimos el partido del Madrid y el Bayern con unos sudafricanos que eran nuestros vecinos de mesa.
Seguimos por largos pasillos las flechas que indican dónde están los salones para hacer los trámites de migración y de aduanas. Caminamos, vemos las pistas tras los ventanales y seguimos caminando. Del otro lado se ven grandes avenidas casi desiertas. Finalmente, luego de una larga caminata sobre alfombras ajadas, llegamos a la zona de los controles de frontera.
Nos atiende un tipo de uniforme, somnoliento, pero amable. Se pregunta y nos pregunta qué vamos a hacer diez días sólo en Toronto. Beisbol, caminar y comer. Poca cosa más. Es un viaje sin planes. Tal vez, un día tomemos un auto y vayamos a algún pueblo de los alrededores. A Mississagua, a London, o a algún lugar que nos apetezca. Pronto nos sella los pasaportes. Recogemos el equipaje sin contratiempos y así, sin mayor trámite, pasamos la aduana.
Antes de salir, reparo en que no tenemos moneda canadiense. Por fortuna hay varios negocios de cambio de divisas abiertos. En uno de ellos, y aquí nos topamos de golpe con un ejemplo de la amabilidad de los canadienses, una chica nos dice que nos conviene cambiar apenas lo suficiente para tomar un taxi, pues ellos ofrecen un tipo de cambio alto; que mejor en la ciudad cambiemos nuestro dinero, por el que nos darán más dólares canadienses.
Mi aplicación de Uber me pide que la actualice, de tal manera que, ya con ganas de llegar a descansar nos trepamos a un taxi -que al final nos cobrará 10 dólares menos que lo que nos costaba el Uber-. El sujeto, seguramente un hindú, conduce silencioso. Tomamos una vía rápida, señalada con grandes letreros azules, con letras blancas, que indican direcciones para nosotros desconocidas.
Yo hace 30 años estuve por acá, en uno de esos viajes organizados, donde pasábamos largas jornadas en autobuses y un par de días en varias ciudades canadienses y de los Estados Unidos. Apenas recuerdo nada de Toronto, salvo la subida a esa forzosa a la Torre CN.
Grandes rascacielos nos miran, con sus ventanales encendidos, mientras entramos a la ciudad, para de repente pararnos en la acera frente a nuestro hotel. Son casi la una de la mañana y hace ya más de doce horas que salimos de casa.
Yo no tengo la menor idea de dónde estamos. He visto, sí, en un mapa, que el hotel está justo al lado del parque de pelota y frente al lago.
Cruzamos un vestíbulo amplio y llegamos a la recepción donde nos espera un sujeto negro, con una amplia sonrisa, quien nos da la bienvenida y nos dice que nos tienen preparada una habitación con grandes vistas. Antes de subir, salgo a la calle desierta a hacerme un último cigarrillo. Al fondo veo los rascacielos envueltos en una bruma. Hace mucho frío, pero la sensación se incrementa hasta entumecerme las manos y el rostro por el viento. Frente hay un restaurante italiano, a la izquierda un estacionamiento y otros grupo de bares y pubs.
Efectivamente, la habitación tiene unas vistas espectaculares.
Abrimos las cortinas de aquel cuarto del piso 24, de 25 que tiene el hotel, para ver, debajo, una encrucijada de railes de tren, por los que cruza un pesado tren de dos pisos. Más allá, detrás del Air Canadá Centre, una avenida y el lago, que es una mancha negra que se pierde en el horizonte. Arriba, justo a un centenar de metros nuestro, está la mismísima Torre.
A la mañana siguiente, antes de bajar un rato a moverme al gimnasio del hotel, salgo a hacerme un cigarrillo. Son las siete pasadas, y la calle era toda animación. Grandes grupos de personas, casi todas de traje, esperan la señal y cruzan en tropel las calles, para pasar delante de mí. Algunos reparan en que hace demasiado frío para ver a un sujeto en pantaloncillos cortos y camiseta, vestido para deporte, pero fumando con un café en la mano.
No sé exactamente qué es lo que hay detrás de esos rascacielos, pero tenemos diez días por delante para averiguarlo.
Editoriales pasadas