Aguascalientes, México, Jueves 19 de Octubre de 2017
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El día de la escuela

05/05/2017 |
Antes de viajar a los Estados Unidos –lo que pienso hacer lo menos posible en la era DT-, y en este caso a Canadá, busco de antemano los boletos para el beisbol. De hecho, la fecha de este viaje la fijamos cuando comprobamos que había al menos una serie de los Azulejos, que los primeros días de nuestro viaje recibían a los Red Sox.
Para el segundo juego de la serie, que se jugaba el día siguiente a nuestra llegada, pudimos encontrar lugares sin problemas. Elegimos un par de asientos en una quinta fila, detrás de la tercera base, ya rumbo al jardín. En cambio para el partido del jueves, que era a medio día, batallamos un montón para encontrar lugares juntos; nos tuvimos que conformar con irnos detrás de la barda del jardín central.
La mañana de ese jueves llovía a cántaros. La temperatura apenas pasaba a media mañana de los 7 grados, aunque la sensación era de mucho más fría, por causa del ventarrón. Afortunadamente estábamos a unos pasos del parque y podíamos hacer casi todo el trayecto por dentro del Centro de Convenciones.
Los naturales, por razones obvias, se deben reír de esos climas. Protegidos con paraguas, caminaban en paralelo nuestro rumbo al Roger Center, aunque por la acera. Había un detalle que llamaba la atención. El medio kilómetro que separaba nuestro hotel del parque estaba lleno de esos autobuses amarillos de las escuelas. Uno tras otro, apenas interrumpidos por los camiones convertidos en heladerías o tiendas de hamburguesas (entre ellas ¡las mejores hamburguesas de TODO el mundo!), los autobuses se alineaban en una larga hilera que luego continuaba por toda la fachada norte del parque.
Salimos, cruzamos un pequeño puente, azotado por el viento y la lluvia y pronto nos enteramos de qué iba la cosa. ¡Aquello estaba lleno de escuincles! Una pantalla me aclaró que era el “School day”, lo que explicaba la dificultad para encontrar boletos y lo de los camiones.
El Roger Center debe tener 50 o 60 mil asientos, los cuales serían ocupados por los alumnos no sé si de toda la ciudad de Toronto, toda la provincia de Ontario o de medio Canadá. Tampoco es que los canadienses sean tantos, unos 36 millones y supongo que su tasa de natalidad debe ser baja.
Los pasillos, rampas y escalinatas bullían de pequeños salvajes que llevaban camisetas y gorras de los Azulejos. Ya en nuestra sección, de 96 lugares –doce filas con 8 asientos cada una-, casi noventa butacas estaban ocupadas por escuincles, por dos o tres monitores –que los ignoraron todo el partido- y por el zarévich, que ya no se cuece al primer hervor, y por yo mismo, que hace mucho abandoné las filas de la niñez.
Aunque en general se comportaban como gente decente, había algunos cuya actitud era la de un apache: el niño que aventaba palomitas a sus compañeros o la niña que usaba un bolso de tela lleno de monedas para golpear a su vecino, hasta que éste se cansó y le arrebató el arma.
Me puse a pensar en que ahí estaba media infancia canadiense, disfrutando de su día, viendo el juego de pelota y con un brillante futuro por delante.
Haciendo cálculos mentales y suposiciones, en medio de su griterío, lo primero que se me vino a la cabeza fue que son niños afortunados. Sus probabilidades de una muerte violenta, o de deceso por desatención médica, son por mucho inferiores a los de un niño mexicano. Por lo demás es poco probable que sus preocupaciones de adultos, sean la corrupción de su clase política, el saqueo de las arcas canadienses por parte de administradores ratones, la violencia en sus calles, la falta de oportunidades de educación y de empleo.
Son niños que, en general, nacieron del lado bueno del mundo. En un país con una democracia sólida, con probados niveles de eficiencia gubernamental, con grandes oportunidades de desarrollo, un sistema robusto de atención sanitaria, un sistema educativo que está un siglo adelantado al nuestro y un mercado laboral que. Su esperanza de vida es de casi 82 años; apenas más baja que la de los japoneses (83), superior a la de los Estados Unidos (78.9) y, obviamente muy por encima de la nuestra (76).
Ya hablar de ingresos medios por cabeza es abusar de las comparaciones. El ingreso per cápita de los canadienses el año antepasado era de más de 43 mil dólares -860 mil pesos nuestros, en números redondos-, contra los míseros 9 mil dólares que promedia el ingreso de los mexicanos.
En fin que allí estaba esos niños que mañana serán los canadienses del futuro. Irremediablemente algunos se quedarán en el camino –una terrible enfermedad, un percance desafortunado, una adicción-, pero la mayoría de aquellos que allí están pegando berridos, serán los empresarios, los ejecutivos y los empleados de las mineras, los aserraderos, las granjas y lo que se les ocurra –hasta vender hamburguesas en la calle.
Pienso con pena en nuestros niños y especialmente en mi prole, que tendrá que crecer y educarse y buscarse la vida en un país no sólo más complejo y desigual, sino más peligroso, más lastrado por la corrupción y más lejano de los asuntos del desarrollo.
El juego se empata –home run de Kendry Morales en la baja de la novena por el central, justo donde estamos- y se va al décimo inning (donde los de Boston meterán dos carreras para ganarlo) y yo ya estoy, francamente, hasta la coronilla de esos niños, sobre todo de la niña gorda que ya recuperó su bolso y sigue jorobando a sus vecinos.
Luego pienso que sí, que está bien que el futuro de estos niños parece, y seguramente será, más próspero, más igualitario y mejor… Pero hay que ver el frío que tendrán que soportar estos salvajes de aquí y hasta la tumba.
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