Aguascalientes, México, Jueves 19 de Octubre de 2017
Seguir a hidrocalidod en Twitter   RSS  
           
 

La casa a cuestas

15/05/2017 |
De alguna manera hemos hecho ya una rutina provisional. Un poco de ejercicio por la mañana; el desayuno en el hotel, donde un chef negro y sonriente me prepara una tortilla; las largas caminatas.
Un par de días antes comimos en el restaurante del AGO –el Art Gallery of Ontario-, con mi prima Vero y su esposo, Paco. Con ellos, luego de recorrer las salas (hay una muestra de esculturas de Henry Moore que es espectacular y un cuadro de Franz Kline frente al cual me quedo quieto varios minutos), fuimos a comer quesos canadienses a la zona de Yorkville.
Yo tenía más de diez años de no ver a mi prima y no conocía a su marido, que resultó ser un tipo amable y con el que se puede charlar. Un poco de arte, un poco de vino y otro tanto de quesos. Sale inevitablemente a cuento mi tío Pancho Peña y un mítico viaje a Campeche que hicimos en el ochenta y tantos. Al caer la noche, luego de pasar una jornada agradable, nos despedimos en una estación de metro.
Viendo la ciudad desde la ventana, trato de recordar paisajes que he visto desde las ventanas de decenas de hoteles en medio mundo.
Las ventanas de los hoteles, cuando entra uno por primera vez a la habitación son siempre una sorpresa y, dependiendo de la duración de la estancia, llegan a convertirse en un paisaje familiar. Ya sea aquel taller mecánico de pakistanos y los tejados de bronce con patina, que veía desde una diminuta ventana en una estrecha habitación de un hotelito de la Plaza de la República de París, hasta las murallas del Kremlin que podía ver desde el ventanal de mi cuarto en el Hotel Nacional de Moscú.
Hace rato que la noche cubre ya la ciudad. Las luces de los barcos se mecen en la negrura del lago, mientras que por las avenidas circulan como animales nocturnos los autos de los que vuelven a casa. Hago un par de fotos de ese paisaje que es ya mío, pero que seguramente no volveré a ver nunca. No desde esa misma ventana.
Desde allí se ve el techo del Air Canadá Center, donde esa noche serán eliminados los Maple Leafs de Toronto, en los Playoffs de la Liga esa de hockey sobre hielo. A falta de otra cosa mejor que ver, tenemos el juego en la televisión, aunque es un deporte que ni entendemos, ni nos gusta. En la explanada, afuera del complejo, se reúnen miles de aficionados que sufren la agonía de ver cómo en tiempo extra un equipo de Washington mete el gol que sirve para ganar la serie y eliminar a los de casa.
Antes de eso estuvimos tomando la última copa de vino en el bar del hotel, donde un camarero alto, calvo y amable, nos atiende cada noche y busca pausas en su trabajo para charlar un poco con nosotros. Cada cual va doblando la ropa para ir rellenando las maletas. Yo cierro la mía y sobre un sillón coloco la ropa que llevaré en un rato, en el viaje de regreso.
Nuestro avión a la Ciudad de México sale poco después de las nueve, lo que nos obliga, en teoría, a estar en el aeropuerto sobre las seis. Esto significa que tenemos que levantarnos sobre las cinco, aunque el despertador del zarévich nos despierta apenas unos minutos después de las cuatro de la madrugada.
El mismo tipo amable que nos recibió nos despide en la recepción y dice que espera vernos pronto. Yo la pasé de maravilla, pero es difícil que volvamos.
No es menos amable el chofer que nos lleva al aeropuerto en un camionetón negro. Luego de cruzar algunas calles de las que anduvimos días antes, toma pronto una vía rápida, por la que en medio de la oscuridad y sin apenas tráfico nos vamos alejando de la ciudad, hasta que llegamos al aeropuerto.
La primera sorpresa desagradable nos la llevamos cuando llegamos al mostrador de Aeroméxico donde no hay nadie. Un guarda nos dice que seguramente a las siete estará llegando el personal. Afortunadamente llegan pocos minutos después.
Se trata de cuatro o cinco mujeres y un tipo. Hablan un champurrado de inglés y español; un español donde reconocemos un acento que nos parece colombiano o venezolano. ¿Por qué diablos Aeroméxico no tiene personal mexicano allí? La tipa que nos toca en suerte, la mayor de ellas, resulta ser una mujer desagradable que nos atiende con desdén, pero con eficacia y hasta allí el momento desagradable.
Los controles de seguridad están despejados y ya dentro de las salas nos detenemos en una cafetería donde nos atiende una joven rubia que es otro dechado de amabilidad. Al pagar María le dice que su sonrisa es la mejor manera de comenzar el día.
El avión sale con puntualidad y casi cinco horas después –mismas que yo me he pasado dormido-, estamos aproximándonos a la capital del país. Llueve, pero al cruzar una capa de nubes, que hacen que el avión se sacuda ligeramente, vemos el llano donde se ven los trabajos del que será el nuevo aeropuerto.
Muy pronto cruzamos la aduana y nos vamos a comer al Casa Ávila de la terminal nueva. Hace un calor de los mil demonios en todo el aeropuerto. Dos horas después tomaremos otro avión y nos vamos finalmente a casa. Lo mejor es que el avión que hace el último tramo sale con sólo 15 minutos de retraso –un récord en esa terminal- y que llegamos a la hora programada.
Nos enteramos que se nos acabó el veinte, cuando entramos arrastrando las maletas en casa, por la misma puerta que dos semanas antes salimos con ellas.

 

 

 


 
Editoriales pasadas