Aguascalientes, México, Jueves 19 de Octubre de 2017
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Para que sepan que algún día estuvimos aquí

17/05/2017 |
(A la memoria de Juan Pablo)

Me pregunta alguien que a qué horas leo: cada vez que tengo tiempo.
Leo por placer –no va a ser por dinero- y que el diablo trine de coraje; cuando el placer, que es un regalo luciferino, no sirve a sus propósitos de destruirnos, el diablo hace rabietas.
Pero también he vuelto a escribir. Hace ya casi cuatro meses que me busco el tiempo para rellenar y rellenar cuartillas. Religiosamente, de lunes a viernes, me siento frente a una gran mesa que parece una antigüedad, y entre folios amontonados y llenos de anotaciones, libretas con apuntes, un cuaderno de papel de algodón para dibujar, ceniceros y rotuladores, me pongo a teclear en el ordenador. Mi estudio es ahora un horno, plagado de mosquitos, lo que me exige una concentración y una disciplina espartanas.
Escribo dos horas justas, procurando terminar, lo menos, cinco cuartillas diarias. A las nueve y media ceno con el zarévich; luego subo y de las diez a las diez treinta hojeo la edición de esa mañana de El País. A las once apago el televisor, enciendo la lamparilla de mi mesa de noche y leo hasta las doce. El sábado releo lo escrito en mi habitación; anoto al margen, tacho líneas y párrafos y al caer la tarde (antes es imposible entrar en ese estudio), reescribo las 20 o 309 cuartillas de cada semana. Los domingos descanso.
La pregunta que me hago –escribir me agota- es evidente: ¿por qué escribo?
En el libro de ensayos de Orwell que me llevé al Canadá (El león y el unicornio, en la sobria edición del FCE y Turner), éste dice que se escribe, que todos los que escriben, lo hacen por alguno, o varios, de estas motivaciones: egoísmo, entusiasmo estético, impulso histórico y por un propósito político. No soy quién para contradecir a Orwell –ni mucho menos-, pero yo suponía que escribía por pura nostalgia.
Ahora mismo estoy por una novela que voy llenando de personajes, tantos como los hay en la vida misma. Los he dejado estar por una ciudad que sería una sinécdoque de los parajes de mi memoria. Ya aparecidos en estos parajes, ellos se mueven a su ritmo, con más o menos soltura, por los brumosos parajes de lo que he sido. Allí hablan con los fantasmas de mi pasado.
Lo hago movido por una nostalgia que me muerde y ante la sensación, que se vuelve certeza, de que algo está a punto de terminar.
Movido por ese mismo sentimiento, fue que el viernes me decidí a ver a mi viejo amigo G. Ya son casi 45 años que nos conocimos, mismos en los que de alguna manera hemos podido conservar la amistad intacta. Lo conocí siendo ambos muy niños y la vida nos hizo coincidir en varios capítulos de nuestras vidas mutuas. En el barrio, en la primaria, en el bachillerato y en los años de Guadalajara. Él se marchó hace muchos años a vivir a una ciudad lejana, aunque desde hace una década en que nos reencontramos, nos hemos podido ver aquí y allá.
Pasamos una velada de las de siempre. Los recuerdos, las viejas bromas, los amigos comunes, los te acuerdas, que nos llevaron, junto a un mezcal que se evaporó delante de nuestras narices, a las personas que fuimos en los tiempos idos. A la una de la mañana nos despedimos y quedamos de vernos pronto, cuando él esté de nuevo por acá.
Un sueño profundo se apoderó de mí y desperté el sábado, ya muy entrada la mañana. En el teléfono, al levantarme, vi un par de llamadas que habían entrado de madrugada. Eran de un número local, pero desconocido. Había una más, ésta de F., otro amigo de los de antes. Él fue de los que vinieron a vivir conmigo al pequeño apartamento de Providencia, en Guadalajara, luego de que G. se graduara y volviera, sólo por un tiempo, a ésta ciudad.
A F. tenía meses, tal vez años, de no verle. Respondí de inmediato su llamada.
-Qué bueno que me llamas –me dijo-. ¿No sabes, verdad?
Sin despertar del todo, con una ligera resaca, sólo atiné a decir que no.
-Acaba de morir Juan Pablo.
Un rayo afilado e ardiente me cruzó el pecho.
Justo en lo que estoy escribiendo, los puse a todos ellos a charlar con los personajes que pueblan mi novela (“Honrarás a tu hijo”, de llama, aunque seguramente le cambiaré el título). Yo veo aquellas escenas con distancia prudente, pero llevé a mis personajes a una cantina, donde en otra mesa estaban aquellos tres que llegaron a vivir conmigo cuando G. se volvió. Cruzaron miradas distraídas y luego de un par de horas mis engendros se marcharon y los dejaron allí, bebiendo y charlando.
No debe de ser casual. Hace algunos meses Juan Pablo me llamó muy de madrugada. Contra mi costumbre, me levanté de un brinco, presintiendo una mala noticia. Andaban de juerga y se les ocurrió que sería buena idea saludarme a las cuatro de la mañana. Recobrado del susto, molesto, los mandé mucho a paseo. Allí quedó la cosa. Hace poco más de cinco o seis semanas llamó de nuevo. Deberíamos tomarnos un café, me dijo. Días más tarde, por WhatsApp, me dijo que seguía esperando que pusiera fecha para vernos. Le dije que estaba a punto de salir, pero que regresando de mi viaje, nos reuniríamos.
Ya no pudo ser. No será jamás.
Bajé al salón, visiblemente trastornado. La noticia me llenaba de pesar, pero también de un remordimiento que me arañaba dentro. Sentí pena por él, por su esposa y por sus hijos, pero también una inmensa pena por mí y por todos nosotros, desgraciados, que nos vamos envejeciendo y ahora muriendo, ya muy lejos de aquellos sueños que nos contábamos de joven.
Hace no mucho, en una entrevista, dije que tenía los sueños intactos; y tanto que los tengo intactos, pues ninguno se ha cumplido.
Su esposa al verme me dijo, sin ningún atisbo de reclamo, pero sí de un profundo pesar:
-Mira, dónde te tocó venirlo a ver.
F. estuvo todo ese día a lado mío. Nunca supimos porque J.G., el cuarto de los que vivimos juntos en Guadalajara, nunca apareció. F. se acercó hasta el ataúd para verle, yo no quise acercarme. Me dijo que tenía el rostro plácido.
Anoche volví a escribir, con esta tristeza metida como una sombra negra dentro de mí. Y de repente supe para qué es que escribo: para que algún día sepan que estuvimos aquí.
Sit tibi terra levis, amigo.
 
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