Aguascalientes, México, Domingo 21 de Enero de 2018
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Nomás tres mil tiros le dio

06/12/2017 |
Hace unos diez días retiré la envoltura y me senté a leer, otra vez, a Knausgaard.
Hace ya algunos meses que había terminado de leer el cuarto libro de “Mi lucha” y hace apenas un par que conseguí el quinto –el último editado en castellano-: “Tiene que llover”; me había resistido a comenzarlo, agotado como estaba tras los tres meses que me pasé a tiros y tirones con la biografía de Kafka de Stach, tras lo cual decidí leer algunas ligerezas: la mejor, las conferencias sobre “El tango” que Borges ofreció en 1965 y que ahora edita Lumen.
No me decidía con Karl Ove; había leído críticas que decían, a propósito de “Tiene que llover”, cosas como: Knausgaard es apasionante, aun cuando sea aburrido: ¿Este volumen es, entonces, aburrido? En todo caso creo que es difícil alcanzar las profundidades de “La muerte del padre”, ese libro que comienza más o menos así: El corazón es un músculo fiel…
Como sea no era el miedo al aburrimiento el que me hacía ver aquel libro en mi mesilla de noche como si fuera un animal palpitante, al que era peligroso tenderle la mano; desde agosto apenas escribo nada y sabía que volver a Karl Ove me haría daño: me recordaría que tengo desde el verano, ya lejano, sin siquiera escribir dos líneas seguidas. Eso para mí es un sinónimo de derrota, así sin matices.
Ya aquí he contado que los seis volúmenes, según la edición (y el tamaño del papel y la letra, obviamente), suman entre tres mil quinientas y las cuatro mil páginas; más del doble que el librejo ese de Musil, que por lo demás nunca me permitió pasar de la página veinte (dejo de lado eso de que librejo no es exactamente una forma léxica de libro, pero aquí yo me doy las licencias que considere necesarias y hasta las que se me peguen la gana).
Pero el asunto, al fin de cuentas, o el sujeto del cuento no son ni Musil, ni Karl Ove, ni Arrio, ni Stach, sino estas líneas (asunto) y el que está escribiendo (sujeto), pues justos son estas líneas las del artículo tres mil de esta serie que, según recuerdo, comencé hace casi 20 años, por allí de agosto de 1998, recién vuelto de España.
Ya hace tiempo, cuando escribí el dos mil quinientos –creo-, hice algo de aritmética: tantos artículos por dos cuartillas, igual a…; cada cuartilla con un promedio de tantas palabras; cada folio con, más o menos, tantas letras: una barbaridad. Para no entrar en estos detalles dejemos que estamos hablando de seis mil páginas, a las que hay que sumar… A las que hay que sumar nada, pues esto no es trabajo a destajo, ni me pagan por palabra escrita, ni la posteridad llega por asuntos de cantidad.
Reparo, que hay que hacerlo, que en general lo que salva esto que escribo, para mí, es justo que en general logro no darme importancia. Cuando lo logro no es que mis artículos sean mejores o que las cosas me vayan mejor; lo que pasa es que cuando mi mente trabaja así alcanzo esa liberación que sólo se logra cuando a uno todo –incluido el propio yo- le importa un rábano.
Tal vez de los tres mil se salven una decena; quizá un centenar se dejen leer sin problemas: siempre he tenido la impresión de que escribo en chino y que por eso nunca me he podido entender del todo –ni mucho menos- con la gente que por alguna extraña razón me lee. Tal vez unas decenas de ellos resulten hasta divertidos. Lo demás será pasto del tiempo y está bien: lo que no conseguí en vida, no me interesa para una imposible posteridad.
Pensaba dejarlo aquí. Lo había escrito un par de veces: tres mil y a otra cosa.
Lo que pasa es que, por lo menos ahora, no se me ocurre esa otra cosa y en algo tengo que entretenerme; en cuanto se me ocurra algo mejor –como poderme ir a vivir a una isla a escribir poemas zafios- igual les aviso. Por lo pronto, no se apuren, aquí seguiré un tiempo más.
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