Aguascalientes, México, Martes 16 de Octubre de 2018
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Para subir al cielo, para subir al cielo…

08/12/2017 |
Llego a mi oficina con el zarévich, que está de vacaciones. Saludamos –así somos de educados-, llegamos a las puertas de mi despacho donde alguien me alcanza con un pequeño bulto bajo el brazo y me dice:
-Que le mandaron esto.
Mi escuincle y yo miramos lo que es aquello. La visión nos recorre de manera eléctrica; luego cruzamos miradas sombrías.
Al parecer se trata de un pequeño paquete inocuo. Tiene el tamaño de uno de esos discos LP que están otra vez de moda, aunque un poco más de grosor, dos o tres centímetros en la parte más alta. Viene envuelto con un lazo de listón verde rematado en un moño y que sostiene una tarjeta de cartulina que dice que es, como cada año, el presente que nos hacen llegar los Del Conde.
Puede ser cualquier cosa que quepa en un paquete de esas dimensiones: un bultillo de discos de los éxitos de Rigo Tovar y su Costa Azul, un mantel deshilado de Calvillo, una camiseta de la campaña de Margarita Zavala, tal vez un libro…
Pero no, mi vástago y yo sabemos bien que se trata del globo de Cantoya nuestro de todos los años y eso nos acelera el pulso.
Ya se sabe que, seguro de procedencia china, estos globos de papel de ídem (o sea de China), son en realidad el invento de un fulano que se llamó don Joaquín de la Cantolla (doble ele), considerado algo así como un pionero de la aeronáutica mexicana y creador del juguetito este.
Don Joaquín, por cierto, fue defensor –fracasado por cierto- del Castillo de Chapultepec en la famosa batalla del niño envuelto, telegrafista y creador aficionado de globos; su afición le llevó a tener un mal fin: un día andaba volando un globo que trajo Braniff de no me acuerdo dónde, cuando un golpe de viento los llevó sobre Chalco donde los huarachudos zapatistas de Genovevo de la O los quisieron derribar a tiros. Él se murió del puro susto.
Podría pensar en estos artefactos –según eso muy fáciles de usar-, recordando aquella vez en que estábamos en una boda de unos catalanes en Puerto Vallarta y en que alguien se me acercó para pedirme si ponía para el regalo colectivo: entre más dinero se juntara, más globos de Cantoya (o Cantolla) podríamos regalar a los novios. Creo que al final hicieron volar medio centenar al caer el crepúsculo. Es espectáculo, hay que admitirlo, fue espectacular.
Pero sin embargo yo no cooperé, pues desde antes de eso yo estoy peleado con estos artefactos, que se me hace fueron inspirados a don Joaquín por el mismísimo Lucifer.
Y es que, agradeciendo como lo hago siempre a los que me mandan el globo de cada año, no puedo recordar que por su culpa –del globo, no de los Del Conde-, en casa ya no sólo yo soy un amargoso que odia la navidad, sino que ya somos dos, luego de que a la tierna edad de cuatro años le jorobe la fecha al zarévich.
Es un pasaje ya narrado. El globo que se incendia luego de subir medio metro, con la carta a Santa del escuincle –entonces todavía medio inocente- amarrada a un cabo; el rescate de la carta ya tatemada en las orillas y la extinción del cachivache pegando saltos apaches. Luego, lo peor, el incidente aquel del globo sustituto –uno de esos de recubrimiento metálico- que hizo estallar un transformador y dejó media colonia sin energía, a nosotros con taquicardia y al re móndrigo niño maldiciendo a Santa y pegando de gritos contra los festejos navideños.
Todavía al recordar aquello nos entran los sudores fríos.
Por lo demás, no vayan a pensar mal de nosotros (y ya no nos quiera nadie mandar regalos), estamos como Pedro Vargas: muy agradecidos, muy agradecidos…