Aguascalientes, México, Viernes 19 de Enero de 2018
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El termostato

11/12/2017 |
A las tres de la mañana escuché ruidos en la azotea; me desperté con taquicardia… Era como si alguien se hubiera subido a mi casa a pegar tubazos, lo que era una cosa asaz improbable, sobre todo tomando en cuenta que afuera hacía un frío polar. En ese estado de duermevela pensé en un sujeto que estaba enloquecido de frío y de alguna manera estuviera agonizando y chocando unos tubos.
Cuando recobré la conciencia, que es un decir, supe que la casa estaba crujiendo.
Crujía como me crujía a mí el alma… que no es un eufemismo para decir que como todo se parece a su dueño, mi pobre casa que es la suya (que no es suya, sino del banco) también sufre horrores por causa del recanijo frío.
Volví a encender la calefacción y el termostato del aparato marcaba que allí adentro la temperatura era de 12 grados; nada mal si consideramos que, lo consulté en el teléfono, afuera había cuatro grados negativos y una sensación térmica –aquí está el detalle- de menos once.
A las seis y media estaba ya a bordo de mi auto en las calles –casi- desiertas. En el primer semáforo los que conducíamos los tres o cuatro autos que esperábamos la luz verde, nos veíamos de reojo, seguramente pensando que qué tipo de orates andaban en la calle con ese clima.
En mi caso, ya que no podía dormir del frío, pensé que siquiera podía combatir el frío metiéndome en el gimnasio a moverme; a moverme en la medida de lo posible pues llevaba varias capas de ropas dizque térmicas encima, incluida una chaqueta polar, una máscara para climas antárticos y hasta guantes para esquiar.
No sé, no podría asegurarlo, si he sentido más frío en la vida. Seguramente sí, pero es cierto eso de que carecemos de algo así como una memoria climática fiel.
A mí me llama mucho la atención esto de la sensación térmica. Si, pongamos, la temperatura es de 25 grados y la sensación es de 30, pues me parece que eso es lo que debería poner el parte meteorológico; lo mismo ayer, en que el auto marcaba -3 grados y se sentía un frío como si estuviéramos en las planicies de Siberia.
Dicen que la sensación térmica es exactamente la sensación de calor o de frío que sentimos en la piel de acuerdo a factores como el viento, el componente de éste, su intensidad, la humedad, etcétera. A los friolentos nos deberían anotar siempre unos grados negativos adicionales.
Un día, hará una década o poco más, me desperté en una habitación de Chicago, en febrero. Encendí la televisión y allí estaban el gobernador, el alcalde de la ciudad, el jefe de bomberos y media docena de personajes más. Cambié el canal y allí estaban otra vez, en el otro y en el otro canal. ¿Qué diablos pasa?, pensé. Para esa tarde se esperaba una tormenta polar, tan intensa que contaban allí que el fenómeno no golpeaba la ciudad, muy fría de todos los años, desde 1963.
El pronóstico para esa noche y la mañana siguiente era de hasta menos 29 grados Fahrenheit, que según mis cálculos son como 33 grados bajo cero de los nuestros, los Celsius.

El problema era el chillwind factor provocaría alcanzaría hasta los 39 grados

negativos, o sea casi 40 grados centígrados bajo cero, que ya me parece una barbaridad (de hecho de 10 grados sobre cero para abajo ya me parece un abuso de la naturaleza).
Yo me marchaba al día siguiente a casa y había terminado los asuntos que me llevaron allá –otro de mis negocios geniales y fallidos-, así que decidí ver que se sentía, pero sin ir más allá de dos calles del hotel, hasta una tienda donde vendían vinos y embutidos españoles. Al girar la primera esquina sentí lo que era aquello, o más bien no sentí nada, salvo que se me dormía la única parte de la cara que llevaba expuesta y ese olor a amoniaco del aire.
-¿Qué se siente? –me preguntó alguien cuando se lo conté.
-Nada –le respondí-, ya debajo de los 10 grados lo único que queda es que el infierno es un lugar helado –justo como mi casa.
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