Aguascalientes, México, Martes 16 de Octubre de 2018
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Otras navidades

18/12/2017 |
A las seis y algo de la mañana, del 25 de diciembre, me detengo en la primera caseta telefónica que me encuentro al salir de la estación de Atocha. Llamo a casa de mis padres. En México están por dar las doce, así que en el teléfono se alcanza a escuchar la animación de siempre. Es lo que tiene la fiesta de la noche del 24: es esa fiesta a la que has ido tantas veces que ya nada te sorprende.
Tal vez recuerde otros tiempos, aquellos en que en la casa de los abuelos de la calle Grecia mi abuelo Emilio, quien sabe de dónde y de qué manera, se las apaña para poner un billete en un sobre blanco que lleva mi nombre.
Para ir de Atocha a la Puerta de San Vicente hay que tomar la ronda. La ronda de Atocha que se convierte en la ronda de Valencia, luego en la de Toledo y luego la de Segovia hasta cruzar por el Campo del Moro y llegar por la M 30 hasta el hotelito que está frente a la estación de Príncipe Pío.
Un año antes las navidades han sido tristísimas; no por la ausencia, que es lo de menos, sino por ese empeño en celebrar una fiesta en aquella ciudad helada, un poco irreal que es Barcelona, con las personas equivocadas. Recuerdo, entre brumas, esa noche lluviosa y helada y esa visita al concento del Carmen donde se exponen nacimientos antiguos, en lúgubres y húmedos pasillos donde apenas hay algún curioso, para luego salir a la Rambla cubierta de una bruma demencial.
Unas horas antes, para evitar esa experiencia enloquecedora, antes de las once estoy ya en la estación de Sants, casi desierta. A la espera de que anuncien el andén donde sale el Talgo de Madrid, me siento en uno de los asientos de espera, para ver a un guardia jurado distraído que agita su porra para echar de la estación a un grupo de vagabundos, notoriamente drogados, que han improvisado allí dentro un campamento.
El viaje ha sido placentero, gracias a ese traquetear del tren que cruza por la noche de oscuridad cerrada y me arrulla a tramos.
Pasando Lleida, camino ya a la meseta aragonesa, se adivina el resplandor de azul oscuro del manto de nieve; yo pego la frente a la ventanilla empañada y adivino perfiles y sombras en esa noche.
A las doce, en el coche bar, donde atiende un sujeto vampiresco y aburrido, me codo en la barra mientras otros dos brindan por brindar con sus cañas de cerveza, mientras yo fumo un cigarrillo y doy tragos cortos a una copa de ya no me acuerdo qué. ¿Ginebra? ¿Brandy?
El sueño me vence hasta que el tren se agita y sus ruedas chirrían al llegar a la estación de Madrid. Hago la llamada, cruzo la ciudad desierta y llego al hotel donde un tipo legañoso me entrega la llave de la habitación. Subo, aviento la pequeña maleta y salgo a la ciudad por donde no se ve ninguna alma. Es Navidad y todo mundo debe estar dormido en casa luego de una noche agitada.
Hace frío mucho frío, pero no importa: la ciudad entera para mí es estimulante.
Con la Puerta y el Manzanares a la izquierda, apuro el paso para buscar algún calor en ese paseo por el borde del Parque de Atenas, hasta cruzar por Virgen del Puerto, rumbo sur, como quien va al viejo estadio Calderón. Tengo hambre, sueño, ganas de ver un poco de vida, pero se suceden las cortinas bajadas en calles por donde apenas pasa un auto, de vez en vez. Allí delante veo una pequeña multitud en la acera: son los trasnochados, los que no se han dado cuenta de que el sol ya tiene un buen rato subiendo sobre los tejados y se apiñan en ese bar donde sirven callos y nada más que callos.
Es esa, en una mesa del rincón del fondo, mi cena navideña.