Aguascalientes, México, Martes 16 de Octubre de 2018
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Milagros

20/12/2017 |
Corre por allí la versión, comúnmente aceptada, de que los hombres de hoy no tenemos ojos para los milagros; que por eso los prodigios son cosa del pasado.
Por mí está bien. Más que bien, diría: perfecto.
A mí eso de los milagros, nada más pensarlo, me resulta aterrador.
Varias veces he ensayado –y escrito sobre ello- sobre la muchedumbre presente, según la leyenda, en el que debe ser el milagro de milagros: la resurrección de Lázaro, que ya tenía varios días metido en la tumba y, según una de sus hermanas, “ya olía” (o más bien apestaba).
La verdad, y en eso soy un hombre de mi tiempo, a mí no me entusiasma la idea de andar un día baboseando y ver, de repente, a Elías –o a quien sea- trepado en un carro de fuego, tirado de caballos de fuego… Este Elías, que tenía alguna cosa insana con el fuego, es el que, dice el Libro de Josué, detuvo el Sol con una seña, para el noble fin de que los suyos cometieran una carnicería con los amorreos.
Esto me viene a la mente ahora que estamos en épocas muy bíblicas y donde todo mundo anda pensando en seres imaginarios, como si se tratara del vecino de enfrente. Yo para esas cosas tengo corazón de pollo, a mí se me aparece un duende, o veo a un barbón metido en el salón de mi casa, o se me aparece un ángel al voltear la esquina y lo menos que me da es un infarto.
Hace un año, por estas fechas justamente, estábamos dormidos en casa, ya de madrugada, cuando subió uno de mis escuincles con cara de que se le acababa de aparecer la bruja; hay ruidos en el salón de afuera, me dijo; bajamos con sigilo, agarramos palos y cuchillos y salimos rumbo a allí donde se escuchaban los ruidos. Nadie en su sano juicio, no en esa casa de paganos, tuvo la ocurrencia de que se podría tratar de Santa Claus, lo cual fue afortunado porque antes de salir pegando de gritos y agitando nuestras armas, como si fuéramos las huestes de la horda de oro, alguien atinó a encender la alarma que sonó con estruendo e hizo huir al ratero –que ya se había llevado una televisión.
Tal vez en los tiempos bíblicos aquello hubiera pasado por la visita de un ángel y aquello hubiera sido aterrador; en aquel entonces y ahora.
Todas estas ideas se me vienen al leer un pasaje de Karl Ove (Tiene que llover, el quinto volumen de Mi Lucha), donde habla de un extraño sueño que tiene en el camarote de un barco.
Yo estoy en mi casa, echado en la cama y rodeado de libros, como dicen que hacía Mao Zedong (ante Tse Tung), del que sus biógrafos de la disidencia china dicen que era un haragán que se pasaba largos días echadote y rodeado de libros que iba leyendo cuando no estaba dormido –o haciendo cosas que aquí no pienso contar.
Karl Ove aborda un barco en Bergen camino de no sé qué pueblo de Inglaterra. Dice que el camarote donde le toca viajar es un pequeño cubículo en las profundidades de la nave, debajo del cuarto de máquinas –dice también que le importa un pepino si el barco se hunde con él dentro.
Dice que tuvo un sueño extraño: mira al cielo cubierto de nubes luminosas, arriba de las cuales escucha un estruendo nunca imaginado y que él interpreta como la mismísima “gloria de Dios”. Alguna esfuerza que viene de allí, de donde el estruendo ese, lo eleva… Y ahí se acaba el sueño, aunque él dice que es el mejor de su vida y que a la mañana siguiente al recordarlo siente que en su cara se dibuja una enorme sonrisa que le contagia de felicidad, o algo así.
A mí me hubiera dado un paro cardiaco, por lo menos.
Recuerdo que Karl Ove tiene un libro extraño, antes de su fama mundial, que habla sobre los ángeles en la tierra y creo que está inspirado en las terroríficas descripciones de los ángeles que hace el profeta Ezequiel –y que algunos esotéricos dicen que eran ovnis, aunque a mí se me figuran más a los Transformers.
Luego de leer eso me da miedo dormirme –es medianoche- y tener un sueño de opios de esos y de plano ya no despertar; si sobrevivo, me digo antes de apagar la lámpara de la mesilla de noche, voy a escribir de esto… Aunque nada más en la introducción se me acabó el espacio, así que no queda sino dejarlo para el viernes –a manera de artículo navideño.