Aguascalientes, México, Domingo 23 de Septiembre de 2018
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Los bibelots

08/08/2018 |
Si en Las Cosas Perec refiere al apego (y no me atrevo decir que habla de él), en El hombre que duerme, refiere al desapego, al desapego total. No por nada el epígrafe es de Kafka.

Pero ya que estamos con los apegos, no hay libro más abundante de posesiones –algunas de gran valor, algunas nimiedades, que La vida instrucciones de uso, que entretiene estas ya muchas noches de insomne tenaz y que me hace consumir un cigarrillo tras otro, mientras rebusco en el viejo Larousse, pues a menos que uno sea un anticuario, un pequeñoburgués francés y, en el extremo, el mismísimo Perec, hay que tener el diccionario a mano.

Y es que si a Singer hay que leerlo con una buena Biblia a lado (tengo en casa un par, pero me gusta especialmente la Biblia protestante de la Lockman Foundation), a Perec hay que leerlo con un diccionario francés.

Tomo un párrafo al azar y me encuentro con las siguientes voces cuyo significado desconozco: espinapez, un bello conjunto ‘Regency’, molesquín, portulano, paleopodología, jersey ‘chiné’…

En casi todas las casas de ese edificio, del número 11 de la Rue Simon-Crubellier, sin embargo, hay ‘bibelots’; en las casas más modestas claro, en las otras hay armarios de caoba, antigüedades Luis XIV, relojes de muro animados que son parte de colecciones de millonarios.

Y si en Las Cosas Jerome y Sylvie añoran las cosas que no pueden, pero sueñan, tener, en este edificio donde conviven la modesta portera, la polaca que mal sobrevive con su hijo y millonarios como Hutting, los Altamont y Bartlebooth, se dibuja una comedia humana, en la que los sujetos son dueños de sus posesiones y sus posesiones son dueños de ellos, en la manera en que la historia de cada cual tiene que ver con sus manías, su genealogía, su historia, pero su colección de naderías o sus bodegas de vinos.

Sería arduo entrar en materia y siquiera intentar reseñar un libro que, dicho de alguna manera, se escribe y se describe a sí mismo, con la pretensión de un libro de esos totales. Perec mismo sugiere leerlo como un rompecabezas y advierte de lo inútil de pretender juzgarlo o entenderlo buscando la comprensión de una de sus partes.

Pero me quedo con mi Larousse que dice que el bibelot es un ‘objeto pequeño y decorativo de escaso valor’; la Academia, en cambio, se limita a definirlo (m., del fr. bibelot) como una ‘figura pequeña de adorno’.

Eso nos remite, a todos los que tuvimos, a la casa de las abuelas, tan llenas de esos objetos (pequeñas porcelanas, copitas de falso cristal de Limoges, platos con marinas pintadas de cualquier manera, campanillas de bronce…), que daban cierta dignidad y cierto encanto a las casas modestas.

No sé, pero supongo que puedo hablar de bibelots cuando hablo de los elefantes que mi abuela tenía en su mesilla del salón o en aquel secreter de su habitación.

Esos elefantes pretendían ser de la fortuna. Dicen los supersticiosos que los elefantes, para atraer la abundancia, deben tener la trompa apuntando al cielo y esta estar dispuesta hacia el interior de la casa; así, señalan, está asegurada la buena suerte y la larga vida.

De eso me enteré alguna vez que giré a aquellos siete elefantes y los hice voltear hacia el ventanal que daba al patio interior y, muchos años más tarde, cuando alguien me regaló una corbata con elefantes de trompa parada en el estampado azul y me dijo que recibir y dar elefantes era también un amuleto para la buena ventura. Nunca me la puse.

Mi familia materna era propensa a dejarse llevar por las pequeñas alegrías; les bastaba poco para organizar una gran fiesta: una botella de Terry 103, canapés, las guitarras que allí todo mundo sabía tocar o algún disco melancólico que sonaba una y otra vez en la vieja consola. En cambio no creo que hayan sido nunca gente tocada por la fortuna: gente entrañable, de corazón bondadoso, que supo poner la mejor cara a las desgracias que los golpeaban de vez en vez.

Pero al final esa es su historia: las guitarras, los pinos, una huerta que alguna vez dio frutos, las marinas que pintó el tío Emilio (y sus palomas), los elefantes de Mercedes, mi abuelo que fue un gran viajero imaginario y el nieto empeñado en contar de vez en vez su historia.