Aguascalientes, México, Sabado 22 de Septiembre de 2018
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La casa de papel

15/08/2018 |
El sábado en la tarde, luego de los primeros relámpagos, la señal del televisor se volvió azul: fallas por la tormenta; si éstas persisten contacte a su proveedor; error número tal. Serían las cuatro, estaba solo y me esperaba, según yo, una tarde con harto beisbol y partidos de futbol para alternar con ratos de lectura y esas pestañeadas con que repongo el faltante de sueño de la mañana.
Como sí había señal de Internet bajé al televisor donde se puede ver la cosa esa del Netflix y luego de mucho meditar me decidí por poner La casa de papel que, leo y me dicen, es algo así como la quinta escencia de las series de televisión y que parte del error de pensar que los españoles –y en general los hablantes de la lengua cervantina, por decirlo de alguna manera- tenemos alguna posibilidad de tejer una trama y sostener algo que parezca un thriller, que es un asunto para mentes anglosajonas –tal vez con la excepción de Bioy.
Vi el primer capítulo: no está mal; pero por salud mental y empeñado en no engancharme con ninguna serie, dejé el segundo para otra ocasión y subí a mi estudio para comprobar, con alivio, que ya estaban pasando el aburrimiento del Querétaro-Atlas.
Luego decidí usar la larga tarde –la familia estaba en su gira sabatina de compromisos sociales a los que nunca acudo-, para de una buena vez limpiar el cochinero de papeles que tengo allí en ese estudio.
A mí me gustaría, y mucho, tener una buena colección de unos papelitos que se llaman billetes, especialmente de unos que creo que se llaman dólares; en su defecto tengo cualquier cantidad de revistas, recortes de diarios, fichas, catálogos, recibos, suplementos culturales, notas en hojas sueltas, reproducciones, folletos, programas de mano, cuyo único valor es el que llaman sentimental.
Unos los guardo porque me recuerdan aquella tarde de mayo del 1988 en que, a bordo de un R5 rojo, iba yo camino de Bruselas y paré en una estación de servicio a comprarme una Biter Kas y un chocolate Kit Kat (del que tengo la envoltura ajada y descolorida); otros son materiales de lectura, recortes, revistas con artículos separados con una etiqueta, suplementos doblados por la mitad, cuya lectura he dejado para después.
La naturaleza de los primeros papeles (un recibo de una cervecería de Livorno, un billete del metro de Moscú, el mapa de las pistas de esquí en el Valle Nevado de Chile), es sentimental y me recuerda que alguna vez, parece que hace mucho tiempo, pude dedicarme a recorrer el mundo; son, también, pistas que pensaba guardar para que mis biógrafos pudieran decir que la noche de junio tantos del año mil novecientos tantos, en un bar de Praga, se me ocurrió ese famoso poema que habla del borrachín que en el Puente de Carlos…
Los segundos, los que son materiales por leer, los guardé en la creencia falsa, de que alguna vez iba a tener tiempo de sentarme a disfrutar el cuento inédito de Böll, la reseña de Rodríguez Monegal sobre un poema de Brodsky o los datos de la construcción original de la abadía románica de Cluny o la reseña sobre la matanza de mapuches de Ranquil, en el año de mil novecientos treinta y tantos en la que…
A estas alturas del partido, convencido de que ya me malogré irremediablemente, esos papeles no tienen otra razón de existir que no sea hacer de mi estudio un cochinero; al revisar unas fichas sobre las ideas de Cassirer sobre el ‘Mito del estado’, revueltas con notas sobre la metonimia según Genet, me llevé sorpresas desagradables: esqueletos de araña, palomillas despedazadas y rastros de que aquellas ideas no les gustaron mucho a las polillas.
El asunto es que ya sé que no tengo y no tendré tiempo para releer aquello –y al parecer tampoco me queda interés por hacerlo- y también ya me convencí que no tendré biógrafos, que es lo mismo que reconocer que la posteridad tampoco fue hecha para mí.
Agarré un enorme bote de basura y comencé a destruir a mano todo lo que pude destruir en cuatro horas, hasta que me reclamó el libro que tenía allí al lado, el Herzog de Bellow, además del juego de los Red Sox. Hasta alergia me salió en los brazos de tanto rasgar y tirar, sin miramientos, tantos papeles, que deben ser una vigésima parte de los que tendré que destruir las semanas siguientes… Si tengo tiempo y me dan ganas.