Aguascalientes, México, Viernes 21 de Septiembre de 2018
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Si vas a leer un solo libro (III y aquí muere)

07/09/2018 |
“Mínima alma, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo…”
Así inicia el último párrafo de las 'Memorias de Adriano', en mi gastada edición de la Editorial Suramericana –ese lujo-, con la tradición de Cortázar. Mi psiquiatra, y esto es en serio, me ordenó borrarla de la pizarra que tenía yo en mi habitación de entonces. ¡Es que eso se trata de un canto a la muerte!, exclamó y me recordó que yo tenía 23 años: todavía no estaba tan de moda eso de dejarse llevar por la melancolía al suicidio.
Digo con esto que me han impresionado muchos libros y que entre mis grandes escritores de bolsillo –donde evidentemente hay muchos menos de los que debería haber-, hay tantos que hablar de un libro, o un puñado de ellos es un acto de (necesaria) discriminación. Los demasiados libros, diría Zaid.
Calvino, Cabrera Infante, Javier Marías, Gombrowicz (al que admito que entendí mal), Joyce (al que admito que no entendí), el infaltable Monterroso, Del Paso, el áulico Borges (el adjetivo es una ironía borgiana, para que no empecemos: el llamó áulico a Auden), Rebeláis, Swift, Sterne, tantos y tantos libros… Yo como el (nada) áulico argentino, que sea juzgado no por lo que he escrito (que lo he hecho poco y definitivamente mal), sino por lo que he leído; aun así se me juzgará mal.
Mucho me impresionó aquel libro de la Yourcenar y mucho me han impresionado muchos libros que han caído en mis manos, pero si se trata de elegir, lo he de hacer de un puñado de ellos, confío que todos alejados del Canon de Bloom: ni Dante, ni Chaucer, ni Shakespeare, ni siquiera Cervantes, aunque Whitman no está mal.
Digamos que si yo me atreviera a recomendar un libro, uno sólo, cosa que no me atreveré a hacer -¿quién soy yo para recomendarle a la gente que lea tal libro o siquiera para recomendarle que lea?-, hablaría, quizá, de 'Las confesiones…' de Böll (“Con el dinero ocurre como con la 'concupiscencia carnal'…”); tal vez del libro de Kadaré, 'El general del ejército muerto'; en una de esas hasta de 'La enciclopedia de los muertos'; ya puestos, hasta del desternillante libro de Toole, 'La conjura…'.
Pero definitivamente si me hubieran dado a elegir un libro, uno sólo para leer y quizá para enviarme con él a una isla desierta –lo que sería un alivio para mí y supongo que para mucha gente-, me quedaría con mis dos volúmenes de 'Las aventuras del valeroso soldado Schwejk' de Hasek.
Tengo una vieja edición de Destino y, para variar, lo leí al revés: compré –y leí- primero la segunda parte y después, para lo cual tuve que volver a Barcelona, tal vez un año más tarde.
Recuerdo bien que me sedujo la cara sonriente del buen soldado en la versión de Josef Lada y sin saber nada del tal Hasek lo compré, una tarde de hace muchos años en una pequeña librería que estaba –estoy casi seguro que ya no existe- en el lado mar de la Avinguda Diagonal, como quien va del Hípico a la Plaza de Francesc Maciá; el primer tomo, unos meses después seguro que lo compré en Laie de la calle Casp.
De Hasek se dice que es uno de los principales escritores checos y hay quien habla incluso de que 'Las aventuras…' son al checo, lo que el Quijote al castellano, aunque eso es meterse en camisa de once varas.
Es un libro de aventuras, un manifiesto pacifista, una muestra de la estupidez humana, un libro de filosofía (con un poso de husismo), un canto contra el nacionalismo, una colección de cuentos fabulosos cada uno (de esos que se leen de una vez y no se olvidan nunca: ¿Elizondo dijo esto?), y un libro que tengo que leer una vez al año.
Son inefables las sensaciones que me corren por dentro, como si sangre eléctrica me recorriera el cuerpo, cuando releo la despedida de Schwejk y el bravucón del zapador Woditschka, quien al girar la esquina gritó al valeroso soldado, quien marchaba al frente (al que por cierto nunca llegó):
“-¡Bien, después de la guerra a las seis de la tarde!
-Mejor es que vengas a las seis y media por si me retrasara –dijo Schwejk.
(…)
Y así es como el valeroso soldado Schwejk se separó del viejo zapador Woditschka. “Cuando los hombres se separan se dicen ¡adiós!””