Aguascalientes, México, Martes 22 de Octubre de 2019
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En memoria

26/10/2018 |
No fui, me resultó imposible.
No soporto esos salones diseñados para el dolor: caobas, techos altos, ese vago olor desagradable que asociamos con la muerte: algo aséptico, desinfectante, aunque la verdad es que la muerte no tiene aromas, porque la muerte es nada: lo que ya no es.
Bien podemos decir, como Henry James (¿fue él? Qué importa), que es esa 'señora distinguida', o como Saul Bellow, 'esa novia alegre', hasta llegar al esperpento de decir que es una 'carantoña ensabanada que nos enseña los dientes', como escribió Valle Inclán, con un pie en el siglo XX y otro en esa época en que la muerte, la idea de la muerte, se volvió macabra y morbosa.
Si los hospitales son esas nuevas catedrales del dolor, los tanatorios deben ser catedrales de la nada, pero eso es abundar en lo que tiene de repugnante ese salón funerario que se nos vuelve tan familiar, a fuerza de acudir a esos extraños ritos en que los vivos se juntan en corrillos, tal vez para recordarse que aún están vivos.
Mi ingenio (y digo ingenio donde no puedo decir genio), apenas habita en las palabras, que es un decir, de tal manera que no imagino cómo deberían ser esos salones fúnebres a los que me cuesta tanto asistir; tengo dicho que me repugnan tanto que no espero asistir ni a mis propios funerales y que si alguien se atreviera, contra mi voluntad, a meterme en algo que parezca un rito mortuorio, que nadie se sorprenda si me salgo a la calle a fumar.
Hubo tiempos, y no le doy más vueltas, en que a la gente la enterraban en los atrios de los templos (ad sanctis); antes de eso, en la intimidad de la propia casa y la propia familia, el que iba a morir se giraba hacia la pared y dejaba de ser: dejaba un cuerpo inanimado, ya liberado de la culpa, el hambre, el frío, que era depositado a flor de tierra. De vez en cuando los restos se recogían y se arrojaban en las catacumbas.
Es por eso que no fui; es por eso que a mí me repelen todas esas payasadas de las catrinas, las calaveritas y el supuesto juego gozoso con la muerte: necrofilia vil. Luego los hay que se sorprenden que haya cultos a la Santa Muerte, que el matadero no pare y, como consecuencia lógica, que en un estado de histeria colectiva los haya que digan –ellos suponen que es cierto- que van a terminar con el dolor del mundo.
No fui pero le recordé, no hace semanas que hablamos por última vez, sino aquella tarde, hará veinte o más años, en que me llamó una tarde de sábado para presentarme a alguien.
Nos vimos en un restaurante que ya no existe aquí cerca de la oficina. El viernes de la víspera yo había acudido a su consultorio, víctima de una bronquitis marca diablo. Allí en su consultorio, viendo con falsa gravedad mis radiografías de tórax me dijo: estás fumando más de la cuenta. Sus órdenes eran claras: tomar tales medicinas, dejar el cigarrillo y no beber nada.
Pero un día después fue él quien llamó al camarero para que me trajera un tequila doble, mientras que me extendía su cajetilla (Raleigh, siempre), para que tomara un cigarrillo.
-Pero tú me dijiste… -protesté.
El insistió, una y otra vez, hasta que al filo de las ocho, sintiéndome morir me fui a casa.
El próximo lunes tuve que ir a visitarle de nuevo, en calidad de bulto agonizante. Cada carraspeo era un dolor como una espátula con la que una mano invisible me partía el esternón. Me recibió con la mirada inquisitiva ('mira cómo vienes'), me auscultó y me dijo que lo mío se pasaba ya de delicado.
-¡Cómo iba a ser de otra manera! –me dijo con toda la seriedad de la que era capaz, que no era mucha- Si ya te vi el sábado, tome y tome, y fume y fume…
-Pero sí tú fuiste el que… -intenté protestar.
-Pero el sábado –dijo sin perder la seriedad-, yo era tu amigo y aquí soy tu médico.
Yo le dije una peladez.
Me cuenta Quique, su sobrino y el mío, que poco antes de morir dijo lamentarse por la enfermedad y exclamó: ¡con la buena vida que yo he tenido!
Y sí mi querido doctor Argüelles, con la buena vida que supiste darte; con esa imagen en la memoria me despido de ti.
Perdona si no fui, en verdad no pude hacerlo.
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