Aguascalientes, México, Domingo 17 de Noviembre de 2019
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Reflexiones en el aire

02/11/2018 |
No me gusta la política, no me gustan los políticos y, menos, me gusta hablar de política.
Pero los habemos a los que frecuentemente nos gana el hígado, un órgano que sirve para… No sé para qué sirve el hígado, pero sí sé que cuando se enardece derrama bilis y que cuando no funciona uno se muere.
Bueno si sé para qué sirve el hígado, por lo menos el de la res y el del bacalao. El de la vaca para hacer tacos y el de bacalao para hacer la Emulsión de Scott, que es una de las cosas más desagradables que ha inventado el ingenio humano –en el orden de la bomba atómica, la música rascuache y otros abominables inventos.
Pero, me pongo a pensar (si uno puede pensar con el músculo hepático, en caso de que eso que tenemos dentro sea un músculo), que hasta donde tengo entendido yo no tengo acciones para convertir el saturado AICM en 'una especie de Santa Fe', ni tuve derecho de picaporte con Peña, y creo que entonces tengo, por lo menos, todo el derecho de sentir y de decir que creo que se ha cometido un error fatal.
Yo tenía al señor Ebrard como uno de los pocos respetables de los que ya están mandando en este país, por lo visto; luego me entero de las barbaridades que acaba de declarar y me dan ganas de: uno: unirme a la caravana hondureña y largarme de aquí, antes de que sea tarde; dos: echarme a llorar como Boabdil (el que lloró como mujer lo que no pudo defender como hombre).
Dice el señor Ebrard que no dejarán de fluir las inversiones extranjeras a nuestro país, por más que él y los suyos estén gritando a los cuatro vientos que se acabaron las certezas jurídicas en este país, y hasta dice que hay una quincena de países que han expresado sus deseos de invertir en México.
Eso está muy bien, hasta que uno escucha la lista que –supongo- se acaba de inventar y que nos pone más negro el panorama. Dice que, por ejemplo, invertirán en México empresarios de la Argentina, que es un país en bancarrota; de Honduras, que ya está invirtiendo en nuestro país; y, esto es una perla, empresarios nicaragüenses.
Como dijo Tintán a otro célebre Marcelo: No me defiendas compadre.
Uno piensa que si la bolsa, el peso y las acciones de aerolíneas y grupos aeroportuarios se derrumban, pues a uno no le va ni le viene; total, yo soy uno de los 120 millones de mexicanos que no tengo: ni acciones en la bolsa, ni acciones en las líneas aéreas, ni nada que ver con los empresarios de los aeropuertos. Si tuviera dólares, créanme, no estaba yo aquí escribiendo estas cosas.
Pues uno piensa mal, pues de la semana pasada a esta somos más pobres, todos y los hay que parecen hasta alegrarse; si no es uno así, es que es un clasista; y yo que la única clase que tengo es la del Duolingo –estoy perfeccionando el inglés por si las dudas.
También pienso que muchos de los que están ahora pegando ayes y quejidos (como en el Salmo XXXVIII), fueron necesarios cómplices; estaban tan enojados con la mafia del poder que, y esto es cierto, los hubo que llegaron a decir: pues por mí, que me roben otros; luego están los casi cincuenta millones que no se molestaron siquiera en ir a votar.
Pero ya está bien, que estoy hablando otra vez de política y, por cierto, con un enfoque poco original. Cada vez que se me ocurre algo, que mi indignación cobra la forma de algo que parece una idea, agarro el periódico y me entero que ya lo escribió Riva Palacio –mejor y con más claridad de lo que yo pudiera hacerlo.
Mejor voy a volver a mis asuntos, que no es que le interesen a nadie, pero que por lo menos me dejan intentar exorcizar mis chamucos. Dicen que el poeta Mallarmé aborrecía la política, tanto que jamás la mencionaba ni por error, salvo una vez en su vida que dijo: “esos borrachos de la Comuna”.
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