Aguascalientes, México, Martes 23 de Julio de 2019
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Viaje al fondo del Blanco Madero

28/11/2018 |
Bonnie se pierde en la multitud de la marabunta aquella que, en desorden, avanzan rumbo a los controles de seguridad; Jorge me acompaña hasta donde me esperan para traerme a casa, en medio de un trajín de viajeros que arrastran sus historias dentro de sus maletas. Nos decimos hasta pronto. Antes de eso, bajo la sombra de los grandes árboles (¿oyameles, cedros? Yo no entiendo nada de árboles), nos despedimos de Mónica, de Mawi, de Rodolfo que van a Guadalajara.
Es extraña esa repentina melancolía. Bien pensado es extraño incluso que yo estuviera allí, de vuelta de ese viaje.
A mí, me digo, me gustan más el olvido y el desapego. Pensamientos que recuerdan esos años idos de la juventud me resultan incómodos: éramos jóvenes y llenos de sueños; sí, pero ahora han pasado los años.
Muchos gatos tuve que sacarme de la cabeza para venir, pienso en el camino de regreso a casa. Claro que tenía ganas de verles. Incluso en los días previos a partir el asunto me emocionaba de una manera extraña. ¿Cómo estarán? ¿Qué será de sus vidas?
No hemos perdido el contacto del todo, aunque ellos suelen verse con mucho más frecuencia. Puedo decir que salvo a un encuentro de hace una década y una presentación de un libro mío en la Capital, poco tiempo después, poco les he visto. De vez en vez nos cruzamos en las redes y me voy enterando de sus cosas.
Hay que pensar que ya son casi treinta años desde que nos graduamos y cada uno siguió con su camino; el camino de cada cual con sus alegrías y sus tristezas, sus sorpresas y sus miserias; miles, millones de rostros y paisajes que nos son ajenos y son las estaciones de las vidas de cada uno.
Fue Jorge quien nos reunió y quien nos dio albergue en el pueblo de T., en una casona encantada y acogedora en medio de los bosques… A mí de entrada, como si me hubieran invitado a los desiertos gaseosos de Júpiter o a los parajes helados de la Luna. La verdad no me apetecía eso de hacer una larga jornada de carretera para ir a un rincón boscoso en medio de sabe qué lugar desconocido.
Pero me apetecía verles, de verdad y conforme avanzaba la fecha hasta sentí alguna ansiedad por saber de ellos.
Sobre todo charlamos y charlamos. Una visita obligada, un paseo por un pueblo que no me causó la menor impresión, varias comilonas y charla, más charla.
En algún momento sentí que era un viaje al centro de mí mismo, allí donde tengo los cajones clausurados de tantos recuerdos ya cubiertos de polvo y de telarañas. Digamos que un oasis en medio de ese páramo de olvido que me he impuesto.
A todos les encontré juveniles, todavía, venturosamente sanos, llenos de éxitos. Desconozco –y a lo mejor debería avergonzarme por ello-, cuáles fueron sus sueños de aquellos años, pero quiero suponer que en ellos éstos se van colmando, según ardían, entonces y ahora, en el corazón de cada cual.
Alguien comentó cómo cambió, por puro convencimiento, el éxito en los negocios y le entregó su alma al diablo opresor y cruel de las letras, que lo regaló con un bien merecido éxito. Bien por ti, le dije de corazón.
En fin que esas son las cosas de ellos y no soy yo quién para abundar; por eso me limito a felicitarles y felicitarme por ver bien a gente que tanto quiero.
La verdad es que no sabía que ese cariño vivía todavía en este pecho de migajón mío, lo descubrí escuchándolos, luego de comprobar que lo único que hacíamos era retomar esa charla de tanto tiempo, cuando éramos estudiantes en la universidad, como si nos hubiéramos visto la noche del día antes, como si fuera la misma charla de un mediodía soleado en la explanada de nuestra escuela.
La tarde del sábado, sentados en una terraza de un bar, en los portales sin chiste de ese pueblo, dijimos que no deberíamos dejar pasar ya el tiempo sin vernos cada tanto y hasta pusimos fechas y lugares para las próxima vez. Yo me sorprendí invitándoles y bien dispuesto a ser un anfitrión diligente.
No soy adivino y espero que exista esa próxima vez, que nos encontremos de nuevo para escuchar nuestras historias y seguir esa charla que ya cruzó los siglos y los milenios.
¿Y el título del artículo? Cuento: en algún momento alguien se sirvió un trago de esos que consumimos en cantidades industriales cuando jóvenes: Blanco Madero, limón, toronja y sal. Me dio a probar y yo puse cara de asco arrugando la nariz. Anda, prueba, insistió. Yo tomé el vaso y le di un sorbo elemental y breve a ese brebaje infame. Desde mi lengua hasta el meollo de mi cerebro y de allí a todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo una corriente chispeante me recorrió por dentro y me llevó, como a través de un bucle del tiempo, a aquellos días en que yo tenía 20 años y me refrescó entera eso que algunos llaman el alma.
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