De Pucela y otras ciudades invisibles

20/06/2012 |
Lo primero: nobleza obliga. Recibí el domingo pasado una carta en verdad amable -y lo digo para que algunos pelados que yo conozco aprendan-, firmada por don José Antonio M.R. Don José Antonio me cuenta en un párrafo que es un monumento a la capacidad de síntesis, su trayectoria vital, harto interesante y azarosa; en un segundo párrafo me dice que me lee, lo que agradezco, y que me anexa una serie de escritos que estoy leyendo con atención.
Me pide don José Antonio que no vaya a reprobar su estilo; yo le respondo que, admirando la voluntad de estilo, no soy lo que se puede llamar un obseso de las formas, e incluso suelo usar aquella cita de Azoreín que decía: el mejor estilo es aquel que no existe. Por lo demás no soy nadie para aprobar o reprobar nada -nadie se pone a encender cerillos si tiene la cola de paja, dicen-; cuente usted con que los estoy leyendo con atención y gozo.
Y ahora lo que nos truje.
Yo ya sabía que a los vallisoletanos se les aplica también el gentilicio de pucelanos y que a aquella ciudad castellana se le conocía por Pucela; ignoraba por qué e ignoraba también que me equivocaba; ahora sé que una cosa es ser pucelano y que Pucela, estando dentro de la antigua capital del Imperio Español, no es lo mismo que Valladolid. Cosas más raras se han visto.
Como yo soy capaz de cualquier cosa con tal de no ver nunca jamás un anuncio de Josefina diciendo sandeces, ni uno de López ofreciendo algo así como la restauración de la República, ni ninguno de Peña Nieto ofreciendo cambios de marcha, me puse a hacer un crucigrama y allí supe que Pucela es algo así como "el nombre mítico de Valladolid"; como soy amante de los conocimientos inútiles y vanos, me puse a investigar.
No saqué nada en claro: algún mito genial sobre unos caballeros vallisoletanos que fueron a la Guerra de los Cien Años -que en realidad duró 116-, supuestamente a pelear junto a los mensos que le hicieron caso a la muchacha esa que hacía como que la Virgen le hablaba, Juana de Arco y que, a su regreso, habrían sido llamados justamente pucelanos; también leí algo sobre una cementera italiana y no sé cuantas tonterías más. El caso es que Pucela, sea lo que sea, existe.
Por asociación de ideas, o porque se me vino en gana, recordé que hace tiempo el doctor Camacho, el más educado de nuestros educadores, me habló de la novela de no sé quien, un conocido suyo, que era algo así como una historia que sucedía en unos túneles subterráneos que no existen en esta ciudad; sobra decir que desconozco cualquier detalle adicional sobre esa novela, y que no me interesa averiguarlo.
Entonces fue que reparé que nosotros, así de rancheros como somos, también tenemos nuestra ciudad mítica y que entre nosotros existe una estirpe de, llamémosle aquicalidenses, de señoras y señoras -por no decir fulanos y fulanas- que se sienten algo así como los pucelanos de Valladolid: señoritos y señoritas paridos por los dioses y confeccionados a mano.
Claro que no dicen que sus orígenes vienen de los caballeros pucelanos, pues hay que hacer constar que cuando la mentada guerra de Juana de Orleans contra los herejes ingleses -y que Dios pierda a Inglaterra, en estos llanos sólo habitaban los coyotes, las víboras, los alacranes y una raza de salvajes semidesnudos que se alimentaban de tunas y de las vainas del pirul; en cambio aseguran ser herederos directos de los señoritos andaluces que vinieron aquí a buscar oro y a traer la religión verdadera, cuando en realidad suelen ser alteños venidos a menos, prófugos de la decadencia zacatecana y biznietos de panaderos gallegos.
Su ciudad, la hidrotermópolis mítica, se acaba en Jardines de la Asunción, por el sur; en el Campestre, al norte; en la Del Valle al Poniente -de allí en adelante todo es potrero-; y al oriente, donde unos ven palomares y arrabales decadentes, ellos siguen viendo lomas amarillentas. Son de la gente que supone que el mejor café del mundo se bebía en el Hotel Andrea y que fue un expolio incalificable aquel penoso incidente de los leones de yeso de la calle Madero.
Claro que esta delimitación es arbitraria, como que el artículo lo estoy escribiendo yo, pero quiero poner un marco físico de referencia, para pasar a enumerar algunas bellas características del carácter de esta estirpe mítica, que suele fundar la lógica de su nobleza en un hecho singular (y falso): que la gente de fuera vino a descomponer todo.
Esta gente supone que el mejor torero del mundo es el que nació aquí, que en su día aquí se fabricaron brandys que fueron la envidia de los destiladores jerezanos y que mejor hubiera sido que Yhavé mandara sus siete plagas, que la llegada de tanto fuereño que vino a descarriar una ciudad que estaba destinada a ser algo así como la nueva Jerusalén; fruto de esa lógica es que esa ralea asegura que, cada vez que se comete un crimen horrible, los autores son necesariamente forasteros: gente malvada que viene aquí a causar estropicios.
Evidentemente eso de la "Bona gens", es una verdad bíblica.
De este abolengo tan rancio son todos nuestros héroes, vernáculos y desconocidos: Primo Verdad, Jesús Terán, el sevillano-chichimeca Miguel Caldera, etcétera. Algunos dicen que los famosos héroes (sic) de Nacozari eran también oriundos de ese territorio fantástico.
Ellos son los que aseguran que el saturnal abrileño es la más bonita de las ferias del planeta; que los helados italianos son una porquería comparados con los del Popo; aquellos que piden la Pelea de Gallos en las corridas, pues hasta los ángeles del cielo se estremecen con la payasada esa de "¡Viva Aguascalientes!"; y los que siguen asegurando que el deshilado de La Labor es una de las Bellas Artes. Demos por sentado que también sostienen a pie juntillas la tontería esa de que una misión de no sé que revista canónica declaró que atardeceres como los nuestros no existen en el mundo.
Con orgullo declaran que, por fortuna, aquí los pocos indios que había se murieron de inanición o d epicaduras de alacrán güero -el más venenoso sobre la faz de la tierra- y que tampoco fue desafortunado el hecho de que los negros que habitaban el pueblo de San Marcos se fueran a vivir a la costa veracruzana, pues aquí les hacía daño el gélido invierno. Según ellos a la ciudad -su ciudad-, le faltan dos rascacielos para ser una Nueva York y crecer un poco la torre de Telmex, para ser un París.
Afortunadamente no hemos llegado al extremo de asegurar que el aquicalidense, una variante dialectal del bajo castellano que se habla en esta región, y que tiene por características la redundancia (bien mucho) y unas monstruosidades sintácticas, es algo así como uno de los lenguajes que se hablaron después del famoso relajito de la Torre de Babel, a la manera de los también míticos vascos y su impenetrable lengua.
Todo se andará.
Lo primero: nobleza obliga. Recibí el domingo pasado una carta en verdad amable -y lo digo para que algunos pelados que yo conozco aprendan-, firmada por don José Antonio M.R. Don José Antonio me cuenta en un párrafo que es un monumento a la capacidad de síntesis, su trayectoria vital, harto interesante y azarosa; en un segundo párrafo me dice que me lee, lo que agradezco, y que me anexa una serie de escritos que estoy leyendo con atención.
Me pide don José Antonio que no vaya a reprobar su estilo; yo le respondo que, admirando la voluntad de estilo, no soy lo que se puede llamar un obseso de las formas, e incluso suelo usar aquella cita de Azoreín que decía: el mejor estilo es aquel que no existe. Por lo demás no soy nadie para aprobar o reprobar nada -nadie se pone a encender cerillos si tiene la cola de paja, dicen-; cuente usted con que los estoy leyendo con atención y gozo.
Y ahora lo que nos truje.
Yo ya sabía que a los vallisoletanos se les aplica también el gentilicio de pucelanos y que a aquella ciudad castellana se le conocía por Pucela; ignoraba por qué e ignoraba también que me equivocaba; ahora sé que una cosa es ser pucelano y que Pucela, estando dentro de la antigua capital del Imperio Español, no es lo mismo que Valladolid. Cosas más raras se han visto.
Como yo soy capaz de cualquier cosa con tal de no ver nunca jamás un anuncio de Josefina diciendo sandeces, ni uno de López ofreciendo algo así como la restauración de la República, ni ninguno de Peña Nieto ofreciendo cambios de marcha, me puse a hacer un crucigrama y allí supe que Pucela es algo así como "el nombre mítico de Valladolid"; como soy amante de los conocimientos inútiles y vanos, me puse a investigar.
No saqué nada en claro: algún mito genial sobre unos caballeros vallisoletanos que fueron a la Guerra de los Cien Años -que en realidad duró 116-, supuestamente a pelear junto a los mensos que le hicieron caso a la muchacha esa que hacía como que la Virgen le hablaba, Juana de Arco y que, a su regreso, habrían sido llamados justamente pucelanos; también leí algo sobre una cementera italiana y no sé cuantas tonterías más. El caso es que Pucela, sea lo que sea, existe.
Por asociación de ideas, o porque se me vino en gana, recordé que hace tiempo el doctor Camacho, el más educado de nuestros educadores, me habló de la novela de no sé quien, un conocido suyo, que era algo así como una historia que sucedía en unos túneles subterráneos que no existen en esta ciudad; sobra decir que desconozco cualquier detalle adicional sobre esa novela, y que no me interesa averiguarlo.
Entonces fue que reparé que nosotros, así de rancheros como somos, también tenemos nuestra ciudad mítica y que entre nosotros existe una estirpe de, llamémosle aquicalidenses, de señoras y señoras -por no decir fulanos y fulanas- que se sienten algo así como los pucelanos de Valladolid: señoritos y señoritas paridos por los dioses y confeccionados a mano.
Claro que no dicen que sus orígenes vienen de los caballeros pucelanos, pues hay que hacer constar que cuando la mentada guerra de Juana de Orleans contra los herejes ingleses -y que Dios pierda a Inglaterra, en estos llanos sólo habitaban los coyotes, las víboras, los alacranes y una raza de salvajes semidesnudos que se alimentaban de tunas y de las vainas del pirul; en cambio aseguran ser herederos directos de los señoritos andaluces que vinieron aquí a buscar oro y a traer la religión verdadera, cuando en realidad suelen ser alteños venidos a menos, prófugos de la decadencia zacatecana y biznietos de panaderos gallegos.
Su ciudad, la hidrotermópolis mítica, se acaba en Jardines de la Asunción, por el sur; en el Campestre, al norte; en la Del Valle al Poniente -de allí en adelante todo es potrero-; y al oriente, donde unos ven palomares y arrabales decadentes, ellos siguen viendo lomas amarillentas. Son de la gente que supone que el mejor café del mundo se bebía en el Hotel Andrea y que fue un expolio incalificable aquel penoso incidente de los leones de yeso de la calle Madero.
Claro que esta delimitación es arbitraria, como que el artículo lo estoy escribiendo yo, pero quiero poner un marco físico de referencia, para pasar a enumerar algunas bellas características del carácter de esta estirpe mítica, que suele fundar la lógica de su nobleza en un hecho singular (y falso): que la gente de fuera vino a descomponer todo.
Esta gente supone que el mejor torero del mundo es el que nació aquí, que en su día aquí se fabricaron brandys que fueron la envidia de los destiladores jerezanos y que mejor hubiera sido que Yhavé mandara sus siete plagas, que la llegada de tanto fuereño que vino a descarriar una ciudad que estaba destinada a ser algo así como la nueva Jerusalén; fruto de esa lógica es que esa ralea asegura que, cada vez que se comete un crimen horrible, los autores son necesariamente forasteros: gente malvada que viene aquí a causar estropicios.
Evidentemente eso de la "Bona gens", es una verdad bíblica.
De este abolengo tan rancio son todos nuestros héroes, vernáculos y desconocidos: Primo Verdad, Jesús Terán, el sevillano-chichimeca Miguel Caldera, etcétera. Algunos dicen que los famosos héroes (sic) de Nacozari eran también oriundos de ese territorio fantástico.
Ellos son los que aseguran que el saturnal abrileño es la más bonita de las ferias del planeta; que los helados italianos son una porquería comparados con los del Popo; aquellos que piden la Pelea de Gallos en las corridas, pues hasta los ángeles del cielo se estremecen con la payasada esa de "¡Viva Aguascalientes!"; y los que siguen asegurando que el deshilado de La Labor es una de las Bellas Artes. Demos por sentado que también sostienen a pie juntillas la tontería esa de que una misión de no sé que revista canónica declaró que atardeceres como los nuestros no existen en el mundo.
Con orgullo declaran que, por fortuna, aquí los pocos indios que había se murieron de inanición o d epicaduras de alacrán güero -el más venenoso sobre la faz de la tierra- y que tampoco fue desafortunado el hecho de que los negros que habitaban el pueblo de San Marcos se fueran a vivir a la costa veracruzana, pues aquí les hacía daño el gélido invierno. Según ellos a la ciudad -su ciudad-, le faltan dos rascacielos para ser una Nueva York y crecer un poco la torre de Telmex, para ser un París.
Afortunadamente no hemos llegado al extremo de asegurar que el aquicalidense, una variante dialectal del bajo castellano que se habla en esta región, y que tiene por características la redundancia (bien mucho) y unas monstruosidades sintácticas, es algo así como uno de los lenguajes que se hablaron después del famoso relajito de la Torre de Babel, a la manera de los también míticos vascos y su impenetrable lengua.
Todo se andará.











