Nuestras miserias a dormir

22/06/2012 |
La noche de mañana, 23 de junio, se celebra en la comunidad de Catalunya la celebérrima "nit del foc" (noche del fuego), también conocida como "revetlla de Sant Joan", justo porque como dice la canción esa del "24 de junio el mero día de San Juan", el domingo es el onomóstico de los que llevan el nombre del no menos famoso evangelista; como dato adicional, y para agregarle sentimiento festivo, hay que decir que justo al amanecer de este domingo, faltará una semana para las elecciones presidenciales de este país. ¡Uy que emoción!
Seguro por la coincidencia con el santoral católico, a esta celebración se le conoce como la Noche de San Juan, aunque se trata más bien de una fiesta pagana, muy pero muy pagana, que tiene que ver más con la llegada del verano en el hemisferio aranés-talmúdico-occipital, o sea de Ecuador pa'arriba; la creencia -ignoro si fundamentada o no- de que esa noche es la más larga del año y con el fenómeno conocido como solsticio de verano; cosa asaz rara si tomamos en cuenta que el dichoso solsticio fue el miércoles pasado.
El asunto, según entiendo, y la verdad entiendo poco, tiene que ver con unas tribus de salvajes que, en tiempos inmemoriales, se decidieron a festejar a sus dioses paganos, haciendo arder hogueras allí por el rumbo del Mediterráneo. Y aunque esa es más o menos la teoría oficial, las malas lenguas me aseguran que, siendo el solsticio de verano el día más alejado de la navidad, en realidad esta festividad medio macabra estaría dedicada en realidad al chamuco. ¡Uy que mello!
De esta fiesta sabemos por una también famosa canción de Joan Manuel Serrat, donde se comienza con el Gloria a Dios a las alturas y se acaba con la cosa esa de que en la noche de San Juan (...) comparten su pan, su mujer y su gabán, hombres de diez mil raleas. O sea que comenzamos como que muy devotos y acabamos haciendo estropicios; algo así como la Feria de San Marcos, donde ese otro evangelista, a la mera hora no pinta nada cuando se trata de la bacanal.
Pero contando con que esas son cosas de salvajes primitivos y las fiestas han de conservarse porque, ya se sabe, son patrimonio inmemorial de la civilización cultural, o algo por el estilo, el caso es que la pachanga se sigue celebrando año con año, siempre atendiendo sus dos características principales: hay que hacer arder muchas hogueras y tronar hartos cohetes, palomas y petardos, por un lado; y hay que beber como si el alcohol del mundo se fuera a acabar a la mañana siguiente.
Yo sólo pasé una noche de Sant Joan en Barcelona y la festejé bajo las sombras tenebrosas del siniestro templo de la Sagrada Familia, haciendo lo que corresponde: tronando cachivaches explosivos y bebiendo cava hasta terminar como una cuba. Al otro día, salvo la resaca espectacular, tampoco sentí que hubiera participado en una celebración excepcional; bueno, eso hasta que leí en los diarios que en esa noche sanjuanera se habían quemado en esa ciudad algo así como dos mil toneladas de artefactos tronadores y que los servicios médicos habían pasado las de Caín atendiendo tanto a los quemados -unos 300-, como a los que agarraron tal cogorza que acabaron con intoxicación etílica, tirados en cualquier lugar.
Cuento esto para que luego no nos queramos sentir que en eso de acabar hasta las manistas somos muy originales.
Así me la contaron y así la paso: dedicada a la divinidad que a usted le venga en gana, los fuegos que se prenden en cada barriada barcelonesa -y leridana, geronesa, tarragonesa, etcétera-, tienen como fin el lograr la purificación a base de fuego -una linda idea que luego sirvió de perlas a los santos filántropos de la Inquisición española-, de tal manera que cada cual tiene que llevar de casa y hasta la hoguera más cercana, o de su preferencia, un mueble o utensilio de madera viejos, para que ardan y con eso se consuman las malas vibras.
Tengo que decir, pues me consta, que esa superstición es un fraude, pues yo llevé unas sillas -que no eran mías sino de mi casera-, que ardieron de lo lindo y sigo con la misma mala suerte de siempre.
Como cada fiesta de estas características, cada edición tiene unas anécdotas muy bellas y edificantes: el niño idiota que metió a la hoguera medio quilo de palomas y acabó con la mano convertida en chicharrón; el borracho que se sintió Carl Lewis y se puso a brincar la fogata, hasta que el pantalón de terlenka le quedó encarnado en las piernas; o la mujer beoda que se acostó a dormir la mona a la orilla del mar y cuyo cuerpo apareció a los dos meses en Serdeña.
Hace dos años, creo, la anécdota sanjuanera de cada día es una oda a la jarana. Una bola de borrachos, hombres y mujeres, se aburrieron en Barcelona y decidieron irse a la playa: ya se sabe que en el mar la vida es más sabrosa. Como pudieron se subieron al tren y llegaron a la estación de Castelldefels; para ahorrar tiempo, pues la noche es larga pero no eterna, decidieron acortar el camino cruzando las vías. Desafortunadamente, ya se sabe, el chamuco es lo que tiene: un tren pasó a toda velocidad y dejó a no sé cuantos despanzurrados.
Pero, no se crea, la fiesta es lo que tiene: empieza donde empieza y acaba como acaba.
Terminaría este interesante y ameno artículo con algo de Serrat, por ejemplo: Vamos subiendo la cuesta, que arriba en mi calle, comenzó la fiesta; pero hablando de cuestas, mejor terminemos con Tin Tán y ese inspirado verso de: Bajo la loma, subo la cuesta, y a tu salud me tomo esta, copa que nada me cuesta, porque si me costara... no me la tomara.
Buen fin de semana tengan ustedes.
La noche de mañana, 23 de junio, se celebra en la comunidad de Catalunya la celebérrima "nit del foc" (noche del fuego), también conocida como "revetlla de Sant Joan", justo porque como dice la canción esa del "24 de junio el mero día de San Juan", el domingo es el onomóstico de los que llevan el nombre del no menos famoso evangelista; como dato adicional, y para agregarle sentimiento festivo, hay que decir que justo al amanecer de este domingo, faltará una semana para las elecciones presidenciales de este país. ¡Uy que emoción!
Seguro por la coincidencia con el santoral católico, a esta celebración se le conoce como la Noche de San Juan, aunque se trata más bien de una fiesta pagana, muy pero muy pagana, que tiene que ver más con la llegada del verano en el hemisferio aranés-talmúdico-occipital, o sea de Ecuador pa'arriba; la creencia -ignoro si fundamentada o no- de que esa noche es la más larga del año y con el fenómeno conocido como solsticio de verano; cosa asaz rara si tomamos en cuenta que el dichoso solsticio fue el miércoles pasado.
El asunto, según entiendo, y la verdad entiendo poco, tiene que ver con unas tribus de salvajes que, en tiempos inmemoriales, se decidieron a festejar a sus dioses paganos, haciendo arder hogueras allí por el rumbo del Mediterráneo. Y aunque esa es más o menos la teoría oficial, las malas lenguas me aseguran que, siendo el solsticio de verano el día más alejado de la navidad, en realidad esta festividad medio macabra estaría dedicada en realidad al chamuco. ¡Uy que mello!
De esta fiesta sabemos por una también famosa canción de Joan Manuel Serrat, donde se comienza con el Gloria a Dios a las alturas y se acaba con la cosa esa de que en la noche de San Juan (...) comparten su pan, su mujer y su gabán, hombres de diez mil raleas. O sea que comenzamos como que muy devotos y acabamos haciendo estropicios; algo así como la Feria de San Marcos, donde ese otro evangelista, a la mera hora no pinta nada cuando se trata de la bacanal.
Pero contando con que esas son cosas de salvajes primitivos y las fiestas han de conservarse porque, ya se sabe, son patrimonio inmemorial de la civilización cultural, o algo por el estilo, el caso es que la pachanga se sigue celebrando año con año, siempre atendiendo sus dos características principales: hay que hacer arder muchas hogueras y tronar hartos cohetes, palomas y petardos, por un lado; y hay que beber como si el alcohol del mundo se fuera a acabar a la mañana siguiente.
Yo sólo pasé una noche de Sant Joan en Barcelona y la festejé bajo las sombras tenebrosas del siniestro templo de la Sagrada Familia, haciendo lo que corresponde: tronando cachivaches explosivos y bebiendo cava hasta terminar como una cuba. Al otro día, salvo la resaca espectacular, tampoco sentí que hubiera participado en una celebración excepcional; bueno, eso hasta que leí en los diarios que en esa noche sanjuanera se habían quemado en esa ciudad algo así como dos mil toneladas de artefactos tronadores y que los servicios médicos habían pasado las de Caín atendiendo tanto a los quemados -unos 300-, como a los que agarraron tal cogorza que acabaron con intoxicación etílica, tirados en cualquier lugar.
Cuento esto para que luego no nos queramos sentir que en eso de acabar hasta las manistas somos muy originales.
Así me la contaron y así la paso: dedicada a la divinidad que a usted le venga en gana, los fuegos que se prenden en cada barriada barcelonesa -y leridana, geronesa, tarragonesa, etcétera-, tienen como fin el lograr la purificación a base de fuego -una linda idea que luego sirvió de perlas a los santos filántropos de la Inquisición española-, de tal manera que cada cual tiene que llevar de casa y hasta la hoguera más cercana, o de su preferencia, un mueble o utensilio de madera viejos, para que ardan y con eso se consuman las malas vibras.
Tengo que decir, pues me consta, que esa superstición es un fraude, pues yo llevé unas sillas -que no eran mías sino de mi casera-, que ardieron de lo lindo y sigo con la misma mala suerte de siempre.
Como cada fiesta de estas características, cada edición tiene unas anécdotas muy bellas y edificantes: el niño idiota que metió a la hoguera medio quilo de palomas y acabó con la mano convertida en chicharrón; el borracho que se sintió Carl Lewis y se puso a brincar la fogata, hasta que el pantalón de terlenka le quedó encarnado en las piernas; o la mujer beoda que se acostó a dormir la mona a la orilla del mar y cuyo cuerpo apareció a los dos meses en Serdeña.
Hace dos años, creo, la anécdota sanjuanera de cada día es una oda a la jarana. Una bola de borrachos, hombres y mujeres, se aburrieron en Barcelona y decidieron irse a la playa: ya se sabe que en el mar la vida es más sabrosa. Como pudieron se subieron al tren y llegaron a la estación de Castelldefels; para ahorrar tiempo, pues la noche es larga pero no eterna, decidieron acortar el camino cruzando las vías. Desafortunadamente, ya se sabe, el chamuco es lo que tiene: un tren pasó a toda velocidad y dejó a no sé cuantos despanzurrados.
Pero, no se crea, la fiesta es lo que tiene: empieza donde empieza y acaba como acaba.
Terminaría este interesante y ameno artículo con algo de Serrat, por ejemplo: Vamos subiendo la cuesta, que arriba en mi calle, comenzó la fiesta; pero hablando de cuestas, mejor terminemos con Tin Tán y ese inspirado verso de: Bajo la loma, subo la cuesta, y a tu salud me tomo esta, copa que nada me cuesta, porque si me costara... no me la tomara.
Buen fin de semana tengan ustedes.











