Aguascalientes, México, Miercoles 19 de Junio de 2013
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Apóstoles de la democracia

27/06/2012 |
Mi voto razonado: o sea la presunción, completamente falsa, de que mi raciocinio es ejemplar.
George Steiner se preguntaba, creo que en Posdata, sobre la causa del milenario odio que su pueblo, el judío, provocaba desde los antiguos tiempos de la prehistoria. Suponía, o supone, el erudito, que seguramente desde tiempos inmemoriales a los pueblos paganos -filisteos, persas, asirios, romanos y así hasta los nazis y los rancheros jaliscienses-, les cayó en medio del puritito hígado que un pueblo se pusiera a presumir de adorar al Dios verdadero; más allá de eso, reflexionaba el sabio, esa adoración tenía una moral rígida y la idea de querer ser ejemplarizante.
Esto dicho en ladino actual, quiere decir que cada cual puede adorar a los dioses que se le venga en gana: muy su gusto; lo verdaderamente molesto es comenzar a creerse que uno tiene la verdad de su lado y, lo peor, a pretender que los demás sigan el ejemplo de uno. Así comenzamos con la primera destrucción de Jerusalén y acabamos en Auscwichtz o diciendo tonterías del tipo: los judíos son los causantes de la crisis financiera mundial.
En la misma línea el cristianismo impulsó la figura del apóstol (enviado en buen griego), cuya misión original era difundir entre los pueblos paganos (los mentados gentiles), la verdad revelada. Hasta aquí seguimos con un asunto de libertad de creencias y en el terreno donde cada cual cree y dice lo que le viene en gana. Todo bien.
Lo malo es que la figura del apostolado degeneró al extremo de no solo buscar difundir las propias creencias, sino hasta crear la obligación de imponerlas. Ya no me conformo con suponer que mi verdad es la que vale, sino que me siento con la obligación -y el derecho- de metértelas a la fuerza. Lo que sigue de esto son las acogedoras hogueras, los autos de fe y las confortables mazmorras de la Inquisición.
Esta idea tan bonita: tengo derecho a torturarte por no creer lo que yo creo, está tan arraigada en la llamada civilización occidental, que lo mismo justificó la Inquisición, que los progromos rusos, la "solución final" y el Gulag. Esto por no hablar del Islam y la sharia, donde se toma tan a pie el justiciero ejercicio de prácticas tan edificantes como la lapidación de las adúlteras o el golpe de alfanje a las manos de los ladrones.
Sobra decir que en la república laica en que -según eso- vivimos, es una fortuna que no se aplique la famosa Ley del Talión (ojo por ojo: jejenta y cuatro), pues sería muy feo eso de salir a la calle y sentir verguenza ajena por tanto manco que llenaría nuestros edificios gubernamentales, las legislaturas, etcétera.
Pero eso es una tara occidental y las taras es lo que tienen: están allí y son como son. Una civilización se funda y se conforma durante milenios y no voy a ser yo -que el cielo me confunda si siquiera lo intento-, quien va a cambiar la manera de ser de no se cuántos miles de millones de personas.
Y como no voy a hacer aquí -me faltan el tiempo, el espacio y sobre todo las ganas-, una historia abreviada de Occidente, paso al asunto que me tare aquí, justo en estas horas graves y capitales de la vida nacional, a unas horas de que los votantes decidan, en las urnas, a quién le vamos a echar la culpa de los males de la Patria, para los siguientes seis años.
Por primera vez en la existencia de la Nación, las llamadas redes sociales jugarán su papel: más o menos relevante, pero evidentemente notorio. Ya he dicho que, de acuerdo o no, lo cierto es que los movimientos gestados en Facebook y Twiteer están allí y sería torpe soslayarlo -¿que diablos quiere decir soslayar?
Por allí un gurú del mundo virtual, uno desencantado, señalaba que estas redes han cambiado la manera de las expresiones públicas. Lo primero es saber si es cierto que estos instrumentos de difusión democratizaron los medios de la opinión colectiva o sólo los vulgarizaron. Vaya usted a saber: yo tengo de gurú lo que tengo de finés. El asunto es que ese erudito señalaba que antes, cuando la Galaxia Guttemberg, los que tenían una idea la escribían, la pulían, la razonaban y luego buscaban el medio -un libro, un diario, un espacio televisivo-, para expresarlo. Con Twiteer, por ejemplo, el medio está disponible desde antes que tengamos cualquier idea, de tal manera que existe la tentación de escribir lo primero que se nos venga en mente: regularmente sandeces.
Todo esto porque estoy hasta el copete de los que, suponiéndose opinólogos profesionales, verdaderos apóstoles de la democracia -su democracia- suelen difundir su "voto razonado", en un ejercicio de vanidad y de presunción, dando por hecho que su razonamiento es una perla negra del pensamiento político y, lo peor, suponiendo que sus idioteces tienen el mínimo interés.
El fin último, claro, es que compremos "su" verdad y acabemos votando según sus argumentos, que suelen ser frutos de la destilación de jugos hepáticos, biliares y estomacales.
Los hay, más modestos -y se les agradece-, que en lugar de mandar su voto presuntamente razonado, reproducen el razonamiento -frecuentemente apócrifo- de famosos que dicen porqué no van a votar por López Obrador o porque repudian a Peña Nieto; sobre Josefina, hasta donde he visto, nadie escribe ni para bien, ni para mal.
Esto equivale a suponer que la visibilidad, que no la fama, de tipos como Volpi o la Mastreta, conceden un aura de razón y los convierte en una guía y, ergo, en un imperativo civil. Esta es la misma lógica por la que los hay que suponen que las papas de Sabritas son lo mejor porque Messi se come una en un anuncio o que no hay nada como las tortillinas Tía Rosa, porque las anunciaba Jorge Lavat.
Claro que queda la tentación de decir: si el tonto del pueblo es capaz de ofrecernos su voto razonado, yo tengo categoría intelectual para hacerlo: no faltará el cándido que pique el anzuelo y me haga caso.
Por no dejar, ahí va mi voto razonado: yo voy a votar por el candidato que se me venga en gana, por las razones -correctas o erróneas-, que a mí se me ocurran. Ya está.
Y como ya se acabaron las campañas, me pongo a preparar un artículo sobre el ciclo reproductivo de las campamochas. Aleluya.