Réquiem por una camiseta solidaria

29/06/2012 |
En atención al artículo tal, inciso equis, de la ley electoral cual y en mi calidad de ciudadano respetuoso de la legalidad, impedido por tanto a siquiera mencionar esa palabra altisonante que empieza con cam y acaba con (m) aña, me dispongo a escribir un peregrino artículo que me permita matar muchos pájaros de un tiro: A. No hablar de nada que tenga que ver con el proceso del domingo; B. Salir del paso y no quedar como un articulista irresponsable; y C. Poder cobrar mis emolumentos y llevar el bolillo (nunca el pan) a casa.
Claro que podría ponerme a dorar la píldora: que si la obligación de votar, que si la necesaria reflexión, que si la democracia participativa... Pues no se me da la gana: francamente estoy hasta el copete de ese asunto.
Ya puesto y dispuesto a escribir sobre asuntos peregrinos y banales, hoy les voy a contar la bonita historia de una camiseta; ya dirán ustedes que en un mundo que más que nada es un valle de lágrimas, con tanta penuria y con tantos asuntos capitales por tratar, sólo a mí se me ocurre ponerme hablar de una camiseta, una que para más inri es de vil algodón y, a estas fechas, está hecha una ruina. Pues sí, sólo a mí se me ocurre.
Por lo demás una camiseta y un macuto son dos objetos sencillos, humildes y sin chiste; no obstante a Heinrich Boll bien que se le ocurrió escribir su cuento de "Las aventuras de un macuto" y eso no impidió que le dieran el Nóbel, ni causó más lamentos como los que sí causó esa obra incendiaria (no entiendo por qué), de "El honor perdido de Katharina Blum", libro que le casuó acusaciones del tipo: Boll lo que es, es un espía de la RDA y un desventurado...
Así las cosas y bajo el riesgo de que alguno me diga que soy un josefinista de clóset, o espía a sueldo del servicio de espionaje de Ceylán -que ya ni existe-, contaré, en el tono fúnebre que corresponde, la triste historia de mi camiseta blanca y estampada.
Remontémonos al año de gracia del año 2000, el año primero del tercer milenio, donde todo mundo andaba muy contento y muy esperanzado de que la humanidad daba inicio, por fin, a una nueva era de paz y prosperidad. Era la mañana soleada del 24 de septiembre y, contra la costumbre, ese día el cielo se mostraba de un azul brillante, sin riesgo de que la desdeñada Santa Eulalia se pusiera a llorar, como se le ha hecho ya vicio para esas fechas.
Barcelona era un fiesta y por las calles de la Ciutat Vella se reproducían pequeñas multitudes que disfrutaban de todo tipo de espectáculos callejeros: comparsas que pegaban de brincos al son de músicas presuntamente medievales, tenores de esquina, cellistas emigrados de Uzbekistán, pequeñas obras de teatro...
Nunca como aquella vez, ni cuando tuve residencia temporal en esa ciudad, estuve a punto de quedarme allí para siempre. Mi situación personal y profesional me mantenían en la posibilidad de tomar la decisión de naturalizarme barcelonés; tenía una oferta de trabajo -cuando en España existía esa cosa-; e incluso un apartamento diminuto construido, junto con otra veintena, en lo que fue una fábrica de textiles del espectacular y recuperado barrio del Born. Aquí se preguntará más de alguno por qué fue que no me quedé: hay dos respuestas posibles: por bruto, es la primera; porque no se me pegó la gana, es la otra.
El caso es que por el Portal del Angel, en medio de una multitud festiva, llegué hasta la Plaza Catalunya. Allí se anunciaba un concierto, una pequeña feria de artesanías y una muestra solidaria. Ya se ve que los catalanes son un pueblo solidario y amante de las mejores causas; esto, obviamente, siempre que la solidaridad tenga un toque exótico: no es lo mismo adoptar niños saharauis, que darle dinero a los pobres de Extremadura.
Aquí es donde viene la reflexión sobre esa extraña forma de la solidaridad catalana: podría decirse que los catalanes son solidarios -de manera centrífuga-, por la misma razón que los ingleses son amables: como una forma de mantener a la gente lo más lejos posible... Pero debo parar pues ya ando por las ramas y es hora que no hablo de la dichosa camiseta que, según mis previsiones, a más tardar el sábado será depositada en un cesto de la basura, no sin una lágrima asomada que no podré contener.
Entre las carpas de la ongs: Médicos sin fronteras, Amnistía Internacional, Greenpeace, etcéetera, llegué a la de la organización SOS Racismo. Como una novia al pie del altar, allí estaba ella: una camiseta de algodón egpcio, resplandeciente y nívea, que esperaba a un hombre de buenos sentimientos, nada dado a los prejuicios raciales, solidario de corazón... Ese hombre era nada menos que el que escribe. Como además de simpática y solidaria, la camiseta era una ganga, la compré por algo así como 2 mil pesetas, unos doce euros de los de ahora.
Es todavía una pieza elemental, modesta, blanca, con el emblema de esa ong en la manga derecha y con un estampado peculiar al frente: Razas del mundo dice (de hecho dice Races del món) y muestras tres rostros de tres personas de diferentes colores: azul, violeta y color chicle. El mensaje es cristalino: el color de la piel no importa. Y miren que no importa: se los digo yo que soy color parafina.
Pues la compré y la llevé orgulloso hasta que, el cruel paso del tiempo, ese tigre voraz de las pesadillas de Borges -¿recuerdan Alkphaville de Godard?-, comenzó a hacer su labor de destrucción; entonces pasó a ser algo así como la camiseta de la pijama que no tengo. Desde entonces ha soñado conmigo, me ha acompañado en las interminables madrugadas del insomnio, ha sido paño de noches sudorosas y abrigo para las gélidas horas del invierno. La uso un poco más y me encarna en el tronco. Si hacemos cuentas y vemos que doce euros a la paridad actual son 200 pesos mexicanos, más o menos, tenemos que esa camiseta, además de un gesto solidario, ha sido de una rentabilidad excepcional: de a centavo por puesta.
Pero ahora es una camiseta vieja y decrépita; podría decirse que su imagen se corresponde más a un queso Gruyere y que hasta mis hijos me niegan el saludo cuando bajo, con ella puesta, a hacerme el primer café de la mañana: seguro pensarán que tengo alma de limosnero y los móndrigos son muy elitistas.
De su última lavada regresó a mi armario hecha girones y entendí que es verdad aquello de que todo acaba en esta vida. Una espina atravesó mi corazón pues, ahora lo sé, ya no resiste otra lavada. Lo que queda, me dije, es usarla un par de noches más y dejar que se la lleve el hombre de la basura y el río del olvido.
Desde hace una semana, cada mañana me resisto a echarla como un trapo vil al basurero. Una noche más, me digo y la escondo en el fondo de uno de los cajones -si en casa dan con ella la tiran ipso facto e inmisericordemente-. Todavía con el alma por los suelos por el fin de House (malito, por cierto), creo que no estoy preparado para asumir otra pérdida.
Como sea me armaré de valor, la llevaré puesta para ir a votar (a ver si no me echan a patadas de la casilla) y le haré como Julio Iglesias, que tiró su pañuelo al río para mirarlo como se hundía. Snif.
En atención al artículo tal, inciso equis, de la ley electoral cual y en mi calidad de ciudadano respetuoso de la legalidad, impedido por tanto a siquiera mencionar esa palabra altisonante que empieza con cam y acaba con (m) aña, me dispongo a escribir un peregrino artículo que me permita matar muchos pájaros de un tiro: A. No hablar de nada que tenga que ver con el proceso del domingo; B. Salir del paso y no quedar como un articulista irresponsable; y C. Poder cobrar mis emolumentos y llevar el bolillo (nunca el pan) a casa.
Claro que podría ponerme a dorar la píldora: que si la obligación de votar, que si la necesaria reflexión, que si la democracia participativa... Pues no se me da la gana: francamente estoy hasta el copete de ese asunto.
Ya puesto y dispuesto a escribir sobre asuntos peregrinos y banales, hoy les voy a contar la bonita historia de una camiseta; ya dirán ustedes que en un mundo que más que nada es un valle de lágrimas, con tanta penuria y con tantos asuntos capitales por tratar, sólo a mí se me ocurre ponerme hablar de una camiseta, una que para más inri es de vil algodón y, a estas fechas, está hecha una ruina. Pues sí, sólo a mí se me ocurre.
Por lo demás una camiseta y un macuto son dos objetos sencillos, humildes y sin chiste; no obstante a Heinrich Boll bien que se le ocurrió escribir su cuento de "Las aventuras de un macuto" y eso no impidió que le dieran el Nóbel, ni causó más lamentos como los que sí causó esa obra incendiaria (no entiendo por qué), de "El honor perdido de Katharina Blum", libro que le casuó acusaciones del tipo: Boll lo que es, es un espía de la RDA y un desventurado...
Así las cosas y bajo el riesgo de que alguno me diga que soy un josefinista de clóset, o espía a sueldo del servicio de espionaje de Ceylán -que ya ni existe-, contaré, en el tono fúnebre que corresponde, la triste historia de mi camiseta blanca y estampada.
Remontémonos al año de gracia del año 2000, el año primero del tercer milenio, donde todo mundo andaba muy contento y muy esperanzado de que la humanidad daba inicio, por fin, a una nueva era de paz y prosperidad. Era la mañana soleada del 24 de septiembre y, contra la costumbre, ese día el cielo se mostraba de un azul brillante, sin riesgo de que la desdeñada Santa Eulalia se pusiera a llorar, como se le ha hecho ya vicio para esas fechas.
Barcelona era un fiesta y por las calles de la Ciutat Vella se reproducían pequeñas multitudes que disfrutaban de todo tipo de espectáculos callejeros: comparsas que pegaban de brincos al son de músicas presuntamente medievales, tenores de esquina, cellistas emigrados de Uzbekistán, pequeñas obras de teatro...
Nunca como aquella vez, ni cuando tuve residencia temporal en esa ciudad, estuve a punto de quedarme allí para siempre. Mi situación personal y profesional me mantenían en la posibilidad de tomar la decisión de naturalizarme barcelonés; tenía una oferta de trabajo -cuando en España existía esa cosa-; e incluso un apartamento diminuto construido, junto con otra veintena, en lo que fue una fábrica de textiles del espectacular y recuperado barrio del Born. Aquí se preguntará más de alguno por qué fue que no me quedé: hay dos respuestas posibles: por bruto, es la primera; porque no se me pegó la gana, es la otra.
El caso es que por el Portal del Angel, en medio de una multitud festiva, llegué hasta la Plaza Catalunya. Allí se anunciaba un concierto, una pequeña feria de artesanías y una muestra solidaria. Ya se ve que los catalanes son un pueblo solidario y amante de las mejores causas; esto, obviamente, siempre que la solidaridad tenga un toque exótico: no es lo mismo adoptar niños saharauis, que darle dinero a los pobres de Extremadura.
Aquí es donde viene la reflexión sobre esa extraña forma de la solidaridad catalana: podría decirse que los catalanes son solidarios -de manera centrífuga-, por la misma razón que los ingleses son amables: como una forma de mantener a la gente lo más lejos posible... Pero debo parar pues ya ando por las ramas y es hora que no hablo de la dichosa camiseta que, según mis previsiones, a más tardar el sábado será depositada en un cesto de la basura, no sin una lágrima asomada que no podré contener.
Entre las carpas de la ongs: Médicos sin fronteras, Amnistía Internacional, Greenpeace, etcéetera, llegué a la de la organización SOS Racismo. Como una novia al pie del altar, allí estaba ella: una camiseta de algodón egpcio, resplandeciente y nívea, que esperaba a un hombre de buenos sentimientos, nada dado a los prejuicios raciales, solidario de corazón... Ese hombre era nada menos que el que escribe. Como además de simpática y solidaria, la camiseta era una ganga, la compré por algo así como 2 mil pesetas, unos doce euros de los de ahora.
Es todavía una pieza elemental, modesta, blanca, con el emblema de esa ong en la manga derecha y con un estampado peculiar al frente: Razas del mundo dice (de hecho dice Races del món) y muestras tres rostros de tres personas de diferentes colores: azul, violeta y color chicle. El mensaje es cristalino: el color de la piel no importa. Y miren que no importa: se los digo yo que soy color parafina.
Pues la compré y la llevé orgulloso hasta que, el cruel paso del tiempo, ese tigre voraz de las pesadillas de Borges -¿recuerdan Alkphaville de Godard?-, comenzó a hacer su labor de destrucción; entonces pasó a ser algo así como la camiseta de la pijama que no tengo. Desde entonces ha soñado conmigo, me ha acompañado en las interminables madrugadas del insomnio, ha sido paño de noches sudorosas y abrigo para las gélidas horas del invierno. La uso un poco más y me encarna en el tronco. Si hacemos cuentas y vemos que doce euros a la paridad actual son 200 pesos mexicanos, más o menos, tenemos que esa camiseta, además de un gesto solidario, ha sido de una rentabilidad excepcional: de a centavo por puesta.
Pero ahora es una camiseta vieja y decrépita; podría decirse que su imagen se corresponde más a un queso Gruyere y que hasta mis hijos me niegan el saludo cuando bajo, con ella puesta, a hacerme el primer café de la mañana: seguro pensarán que tengo alma de limosnero y los móndrigos son muy elitistas.
De su última lavada regresó a mi armario hecha girones y entendí que es verdad aquello de que todo acaba en esta vida. Una espina atravesó mi corazón pues, ahora lo sé, ya no resiste otra lavada. Lo que queda, me dije, es usarla un par de noches más y dejar que se la lleve el hombre de la basura y el río del olvido.
Desde hace una semana, cada mañana me resisto a echarla como un trapo vil al basurero. Una noche más, me digo y la escondo en el fondo de uno de los cajones -si en casa dan con ella la tiran ipso facto e inmisericordemente-. Todavía con el alma por los suelos por el fin de House (malito, por cierto), creo que no estoy preparado para asumir otra pérdida.
Como sea me armaré de valor, la llevaré puesta para ir a votar (a ver si no me echan a patadas de la casilla) y le haré como Julio Iglesias, que tiró su pañuelo al río para mirarlo como se hundía. Snif.











