Aguascalientes, México, Viernes 24 de Mayo de 2013
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El que se enoja... muerde

04/07/2012 |
Dice el dicho que el que se enoja pierde. Siguiendo la elemental premisa lógica de P es Q, y la suposición de que existe alguna cosa que pueda llamarse sabiduría popular, ya podemos adelantar que eso es, como todo el refranero: una tontería supina.
Por lo demás se podría suponer también -porque en materia de suposiciones, y para seguir con el refranero, cada cabeza es un Yucatán-, que aquí estamos ya planteando una alegoría de las naturales reacciones del movimiento juvenil a la derrota de su mesías tropical; faltaría para ello que aquí citáramos lo de la saliva y el pinole e hiciéramos una precisión pertinente. Dicen los diarios afines a la Causa, así mayúscula, que el lunes por la tarde marcharon en la Ciudad de México "decenas de miles" de manifestantes: decenas de miles, que son una cifra muy considerable, no se equiparan, sin embargo, a 18 y pico millones de personas. Impecable razonamiento, debo estar mal de la cabeza.
Pero yo sigo con los enojados en general, que para andar con cabreos no nos hace falta perder unas elecciones, mientras que nos sobran los motivos. Faltaría más.
Y volviendo con aquello de que el que se enoja, bla, bla blá, hay que decir que nada hay más peligroso que confiar en las verdades memas del refranero cuando, por ejemplo, está uno frente a un perro ladrador. Cualquiera que haya tenido la mala fortuna de ser mordido por un can dientón, sabe cuánta falsedad hay en lo del perro que ladra y que no muerde.
Dada la circunstancia de que no creo en fantasmas ni en aparecidos, no puedo pedirles que le pregunten a Héctor príamida, el tipo ese de Troya. Ya se saben el cuento: a Aquiles, el arquetipo del tipo iracundo, le matan a Patroclo y agarró tal muina que fue a despedazar a Héctor, cuyo cadáver luego arrastró dándose gusto alrededor de las murallas de Troya. ¿El que se enoja pierde? A mi se me hace que pierde el que hace enojar a quien no debe.
Dicho esto y con las imágenes de la protesta de los jóvenes y los electristas (¿Todos los jóvenes son electristas? ¿Todos los electricistas son jóvenes? (He aquí un misterio asaz inquietante), quiero comenzar con una serie de recomendaciones que, como demócrata de los de toda la vida que soy, quiero regalarle al señor Peña Nieto, a manera de humildes aportaciones para sus planes de gobierno. Lo primero, con carácter de urgencia es prohibir la ira (y si se puede abolir el refranero completo de una buena vez).
No crea que me mueven, para donar esta iniciativa, razones de moral pública pues yo a esa señora ni la conozco; me inspiran, en cambio, convicciones que tienen que ver más con la salubridad colectiva, pues aquí se nos atraviesa otra falsedad, de esas que abundan, y que establecen lo mismo que de glotones están llenos los panteones, mientras que por otro lado postulan aquello de barriga llena y corazón contento.
Pero para dar corpus y coherencia a estas líneas, pues si no el señor Peña Nieto no me va a hacer caso, vayamos a las estadísticas, que suelen decirnos de que lado de la realidad nos toca estar; eso, obviamente, hasta que no nos suceda lo contrario y de eso quede constancia en una gráfica coloreada.
Según un reporte de la ONU, que parece que nos tiene ojeriza, en este país somos el segundo lugar en porcentaje de habitantes obesos, con hasta 70 por ciento de adultos con sobrepeso. Eso nos daría la medalla de plata de la gordura, siempre detrás de los estadounidenses que también nos superan en número de gordinflones: ya se sabe: la obesidad y otros muchos males -como los discos de Barry Manilow-, son el lado oscuro de la fayuca.
Aquí, como notarán, ando por los famoso cerros de Ubeda, pues se supone que si es cierto lo de la barriga llena y el corazón contento, nada tiene que ver la aritmética con la gramática del guaraní; me temo que sería un exceso decir que la solución pasa por suprimir a todos los obesos, aunque por liquidarlos entendamos que estamos hablando en sentido figurado, pues se trata de matarlos, pero de hambre.
Lo que pasa es que el mismo estudio, con datos de la OMS dice que las principales causas de muerte en la actualidad son: las enfermedades del corazón, los males relacionados con el tabaco, la diabetes, los padecimientos provocados por el exceso de beberecua y, hasta el quinto lugar, las patologías ligadas al sobrepeso.
Ya dirán ustedes que, en el caso de los males coronarios (y aquí es de agradecerse que en este país no tengamos monarquía), estos suelen relacionarse con la gordura; pues ya pueden ustedes decir misa, dado que el que está escribiendo el artículo soy yo, y eso me da el provilegio de acomodar la realidad según me convenga. Por lo demás no quiero, que conste, que mañana todos mis amigos barrigones comiencen con sus tradicionales llamadas de lamento que suelen seguir a mis artículos donde hablo mal de los gordos en general.
Vamos a suponer que matan más los corajes que unos kilos de más: por eso pido la abolición de la ira y, de paso, de todos los sentimientos negativos que nos hagan suceptibles a que nos pegue el síncope cardíaco. Para eso, sería de agradecer y por principio categórico, que el gobierno debería de abstenerse de acciones que nos causen irritación, ira, indignación, tristeza, melancolía y todo el catálogo de humores negativos.
Logrado eso podemos seguir ahora sí, prohibiendo el tabaco -pero de verdad-; prohibir el azúcar y todos su derivados (incluídos ciertos boleros empalagosos y las canciones de Estelita Núñez); las bebidas alcohólicas, que ya ven como dejaron al Cuchi Chata y a algunos más; y hasta después, en quinto lugar, a los obesos y obesas.
Claro que eso de prohibir la ira no es tarea fácil, sino esfuerzo árduo. Y es que no basta pedirle al gobierno que no nos haga enojar; hay que prohibir también al arbitraje mexicano, los noticieros de la televisión, los intereses bancarios, las obras del segundo periférico, y todos esos factores de riesgo que nos mantienen al borde del ladrido.