Memorias de un terco

06/07/2012 |
Aguascalientes, Ags.- Yo como escritor casi inédito tengo un defecto. De hecho tengo muchos, pero ahora quiero hablar de uno en particular: soy incapaz de escribir un libro si el anterior no ha salido del cajón. Fruto de esa tara mía tengo por allí un centenar de páginas de una novela que no puedo siquiera tocar y un montón de hojas sueltas con poemas inacabados, notas y hasta esquemas para cuando mi editor -que es un maestro de los aplazamientos- me diga que ya, finalmente, mi último libro tiene fecha para entrar a las prensas.
Como de esas mañas sólo yo tengo la culpa, no es aquí el lugar donde le de la razón a Goethe, que decía que todos los editores son hijos del diablo; tampoco pienso ir al psicoanalista a que me cure el defecto. En el fondo mi subconsciente tiene razón: no tiene caso tener allí, metidos en el cajón, media docena de libros escritos, que nadie piensa editar.
Mientras tanto, y aquí es donde entro en el tema, voy urdiendo y construyendo historias en la cabeza, no porque piense que un día voy a tener ganas y tiempo de escribirlas, sino como ejercicio mental.
Una de esas novelas que ya tengo casi acabadas en la mente, y que no pienso escribir, puede llamarse Las memorias de un terco. Evidentemente, el título lo dice, el personaje principal es un tipo de esos que no dan su brazo a torcer, ni aunque lo tenga agarrado el mismísimo Blue Demon.
Claro que sé que la tozudez es la actitud más arraigada en la humanidad, pero especialmente en los que se ha dado por llamar "la esencia del ser mexicano"; se sabe bien, por ejemplo, que en este país de analfabetos, cualquiera es capaz, por el puro gusto de tener la razón y no dar su brazo a torcer, de refutar hasta los principios de la teoría cuántica. Sobra decir que el señor no sabe ni qué es una teoría y mucho menos qué diablos es un electrón, la velocidad de la luz, etcétera.
Es por eso que mi personaje, además de terco, es un excéntrico de la necedad. Un tipo insoportable y casi orate, pero no tanto como para que se me haya ocurrido mandarlo a un sanatorio mental.
Para hacerlo a la manera de los libros de memorias vamos a comenzar esta bonita historia en la temprana infancia en que el terco, siendo apenas un pequeño casi de brazos, se negaba a tomar el biberón porque aseguraba -haciendo gestos y babeando- que la leche le sabía a jugo de naranja y, así mismo, afirmaba que el jugo de naranja le provocaba agruras; lo que era, en un principio, una gracia de un escuincle muy móndrigo, se comenzó a descomponer cuando, ya en la primaria, la maestra hizo la famosa adición de dos más dos, que desde tiempos pitagóricos resulta en cuatro, lo que le dio a nuestro terco una rabia infinita.
Pero vamos a ponerle un nombre, digamos que se llama Manuel, con perdón, para que el personaje comience a crecer y tener su vida propia.
En el desarrollo imaginario de la vida de Manuel hay momentos estelares, como cuando cometió una grave falta de disciplina en la secundaria, porque convencido que estaba que dos y dos no son cuatro, pasó las de Caín con la peliaguda ciencia algebraica, y terminó diciéndole a su profesora, una señora de buen ver, que x más i griega al cuadrado resultaba en alguna cosa de su señora madre; de la madre de la maestra, se entiende.
Uno de los capítulos más interesantes es el de cuando, dejado de la mano de Dios y sin trabajo que le durara, se afilió a una secta de adoradores de un mesías llegado de la selva: un dechado de pureza y bondad que iba a sacar a este país de las tinieblas y lo llevaría a tierra de promisión.
Claro que el tipo, como todos los de su jaez, y aquí me refiero al mesías selvático, no a Manuel, tenía sus detallitos; pecadillos de nada, que resultaron ser inventos de otra secta de malvados, que fueron los mismos que mataron a Lincoln, al Coronel Kuster, a los dos Kennedy, a Mao Zedong -que en realidad murió envenenado con panqués, siempre según nuestro terco- y eran los artífices de infamias tales como la goliza de Argentina a Perú en el mundial de balompié de 1978 y autores de los infames guiones de varias telenovelas y al menos media decena de películas de Valentín Trujillo: unos canallas, pues.
Un día nuestro terco se puso a discutir sobre el capital tema de la inmortalidad. Mientras que un alma pía le aseguraba que esta, la inmortalidad, era un hecho; nuestro personaje se empeñó tanto en negarla, que ya va para los ciento veinte años y no le ha pegado la gana morirse. Dicen que la muerte, luego de muchos intentos de llevárselo al reino del nunca jamás, se cansó de su erre con erre y decidió dejarlo para siempre en este valle de lágrimas.
Otro día lo llevaron con un filósofo: un hombre sereno. Hablaron del viejo problema de si el hombre puede ser en verdad libre. Tras tres horas de discusión, nuestro pensador terminó alquilándose a un vendedor de aguamiel en calidad de asno.
La historia tiene su dosis de intriga, de romanticismo -el terco no se casó con su novia de toda la vida, porque esta, que se llamaba Mariana, se negó a llamarse Lupita, como él le exigía- y no es pobre de sustancia: habla de la vida en general como un espacio donde todos juegan a ver quién tiene la razón (no se sabe si por el gusto de tenerla o por el de saber que el otro está equivocado); habla de cosas tan tracendentes como el más allá y la libertad humana; tiene sus episodios de política y hasta es una forma de despertar la conciencia social; es en síntesis, digamos, una alegoría de la soledad del ser humano y, de paso, una teoría sobre las causas que llevaron a su desaparición a la extinta Conasupo. Pinta para ser un best seller.
Obviando que me da mucha pereza escribirla y que a mí los tercos no me entran ni en novela -aunque sea mía-, hay, sin embargo, una razón de peso que es la que hace imposible que sea llevada al papel: no encuentro manera de ponerle final: a nuestro personaje no se le viene en gana que el relato de su vida tenga un fin, y ya amenaza con armar unas manifestaciones alegando que la muerte acaba de cometer un fraude en su contra y, lo que es peor, contra natura, que se dice.
Sobra decir que o me saco de la cabeza al dichoso terco, que insiste en quedarse allí, o voy a terminar pidiendo yo mismo mi ingreso en algún maniciomio.
Aguascalientes, Ags.- Yo como escritor casi inédito tengo un defecto. De hecho tengo muchos, pero ahora quiero hablar de uno en particular: soy incapaz de escribir un libro si el anterior no ha salido del cajón. Fruto de esa tara mía tengo por allí un centenar de páginas de una novela que no puedo siquiera tocar y un montón de hojas sueltas con poemas inacabados, notas y hasta esquemas para cuando mi editor -que es un maestro de los aplazamientos- me diga que ya, finalmente, mi último libro tiene fecha para entrar a las prensas.
Como de esas mañas sólo yo tengo la culpa, no es aquí el lugar donde le de la razón a Goethe, que decía que todos los editores son hijos del diablo; tampoco pienso ir al psicoanalista a que me cure el defecto. En el fondo mi subconsciente tiene razón: no tiene caso tener allí, metidos en el cajón, media docena de libros escritos, que nadie piensa editar.
Mientras tanto, y aquí es donde entro en el tema, voy urdiendo y construyendo historias en la cabeza, no porque piense que un día voy a tener ganas y tiempo de escribirlas, sino como ejercicio mental.
Una de esas novelas que ya tengo casi acabadas en la mente, y que no pienso escribir, puede llamarse Las memorias de un terco. Evidentemente, el título lo dice, el personaje principal es un tipo de esos que no dan su brazo a torcer, ni aunque lo tenga agarrado el mismísimo Blue Demon.
Claro que sé que la tozudez es la actitud más arraigada en la humanidad, pero especialmente en los que se ha dado por llamar "la esencia del ser mexicano"; se sabe bien, por ejemplo, que en este país de analfabetos, cualquiera es capaz, por el puro gusto de tener la razón y no dar su brazo a torcer, de refutar hasta los principios de la teoría cuántica. Sobra decir que el señor no sabe ni qué es una teoría y mucho menos qué diablos es un electrón, la velocidad de la luz, etcétera.
Es por eso que mi personaje, además de terco, es un excéntrico de la necedad. Un tipo insoportable y casi orate, pero no tanto como para que se me haya ocurrido mandarlo a un sanatorio mental.
Para hacerlo a la manera de los libros de memorias vamos a comenzar esta bonita historia en la temprana infancia en que el terco, siendo apenas un pequeño casi de brazos, se negaba a tomar el biberón porque aseguraba -haciendo gestos y babeando- que la leche le sabía a jugo de naranja y, así mismo, afirmaba que el jugo de naranja le provocaba agruras; lo que era, en un principio, una gracia de un escuincle muy móndrigo, se comenzó a descomponer cuando, ya en la primaria, la maestra hizo la famosa adición de dos más dos, que desde tiempos pitagóricos resulta en cuatro, lo que le dio a nuestro terco una rabia infinita.
Pero vamos a ponerle un nombre, digamos que se llama Manuel, con perdón, para que el personaje comience a crecer y tener su vida propia.
En el desarrollo imaginario de la vida de Manuel hay momentos estelares, como cuando cometió una grave falta de disciplina en la secundaria, porque convencido que estaba que dos y dos no son cuatro, pasó las de Caín con la peliaguda ciencia algebraica, y terminó diciéndole a su profesora, una señora de buen ver, que x más i griega al cuadrado resultaba en alguna cosa de su señora madre; de la madre de la maestra, se entiende.
Uno de los capítulos más interesantes es el de cuando, dejado de la mano de Dios y sin trabajo que le durara, se afilió a una secta de adoradores de un mesías llegado de la selva: un dechado de pureza y bondad que iba a sacar a este país de las tinieblas y lo llevaría a tierra de promisión.
Claro que el tipo, como todos los de su jaez, y aquí me refiero al mesías selvático, no a Manuel, tenía sus detallitos; pecadillos de nada, que resultaron ser inventos de otra secta de malvados, que fueron los mismos que mataron a Lincoln, al Coronel Kuster, a los dos Kennedy, a Mao Zedong -que en realidad murió envenenado con panqués, siempre según nuestro terco- y eran los artífices de infamias tales como la goliza de Argentina a Perú en el mundial de balompié de 1978 y autores de los infames guiones de varias telenovelas y al menos media decena de películas de Valentín Trujillo: unos canallas, pues.
Un día nuestro terco se puso a discutir sobre el capital tema de la inmortalidad. Mientras que un alma pía le aseguraba que esta, la inmortalidad, era un hecho; nuestro personaje se empeñó tanto en negarla, que ya va para los ciento veinte años y no le ha pegado la gana morirse. Dicen que la muerte, luego de muchos intentos de llevárselo al reino del nunca jamás, se cansó de su erre con erre y decidió dejarlo para siempre en este valle de lágrimas.
Otro día lo llevaron con un filósofo: un hombre sereno. Hablaron del viejo problema de si el hombre puede ser en verdad libre. Tras tres horas de discusión, nuestro pensador terminó alquilándose a un vendedor de aguamiel en calidad de asno.
La historia tiene su dosis de intriga, de romanticismo -el terco no se casó con su novia de toda la vida, porque esta, que se llamaba Mariana, se negó a llamarse Lupita, como él le exigía- y no es pobre de sustancia: habla de la vida en general como un espacio donde todos juegan a ver quién tiene la razón (no se sabe si por el gusto de tenerla o por el de saber que el otro está equivocado); habla de cosas tan tracendentes como el más allá y la libertad humana; tiene sus episodios de política y hasta es una forma de despertar la conciencia social; es en síntesis, digamos, una alegoría de la soledad del ser humano y, de paso, una teoría sobre las causas que llevaron a su desaparición a la extinta Conasupo. Pinta para ser un best seller.
Obviando que me da mucha pereza escribirla y que a mí los tercos no me entran ni en novela -aunque sea mía-, hay, sin embargo, una razón de peso que es la que hace imposible que sea llevada al papel: no encuentro manera de ponerle final: a nuestro personaje no se le viene en gana que el relato de su vida tenga un fin, y ya amenaza con armar unas manifestaciones alegando que la muerte acaba de cometer un fraude en su contra y, lo que es peor, contra natura, que se dice.
Sobra decir que o me saco de la cabeza al dichoso terco, que insiste en quedarse allí, o voy a terminar pidiendo yo mismo mi ingreso en algún maniciomio.











