Aguascalientes, México, Martes 21 de Mayo de 2013
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La rebelión de las tostadoras

11/07/2012 |
Desde que el ruso Asimov inventara la palabra robot, a los humanos nos tiene en un hilo la preocupación de ser esclavizados por los ídem.
Será la recanija lucha con los elementos naturales o el atávico recuerdo de los tiempos bárbaros en que, dicen los anales, siempre había un pueblo más salvaje que llegaba de repente a saquear, destruir e imponer vasallaje, pero de vez en vez, cuando no tenemos otra cosa mejor de que preocuparnos, nos dejamos llevar por ese miedo irracional a ser dominados, sometidos a la esclavitud más abyecta o, en casos extremos, borrados del mapa galáctico.
Ya se sabe que cuando nos agarra ese temor nos ponemos de lo más histéricos. Hay que recordar el famoso episodio de la transmisión de un fragmento de La Guerra de los Mundos de H.G. Wells, que en voz de Orson Wells causó la locura colectiva allá por 1938.
Basta con que de alguna manera uno se ponga a gritar que ya viene el lobo y la gente comienza a mostrar su faceta más irracional. Esta norma del terror extremo a lo desconocido o a inteligencias superiores sirve lo mismo para fantasear morbosamente con la rebelión de los simios, con la llegada de Godzila, las ya mentadas rebeliones de tropas de robots malvados, las invasiones marcianas y hasta con la llegada de un meteorito que amenaza con destruir las obras de la Línea 2 del Metro, la Estela del Bicentenario, el Estadio Victoria, la Línea Verde, el Puerto de Guaymas y el planeta entero.
Si no estuviera hasta el copete con los nuevos oficiantes de la Inquisición mexicana, diría que los del movimiento ditirámbico de López Obrador, actúan por contagio histérico cuando uno, por pura conveniencia, se puso a gritar aquello de "¡al ladrón!" y el resto ya ven como se puso: como si Peña Nieto fuera la versión vernácula de algún malvado emperador cósmico que viene a subyugarnos. Basta con que alguno haya pegado de gritos asegurando que vio un fraude, para que miles de personas ahora digan que si están hablando del dichoso timo electoral es por que este se perpetró en la cochera de su casa y frente a sus ojos.
Pero como estoy hasta la coronilla del asunto, ni siquiera voy a reparar en mientes, que se dice, sobre las presuntas, siempre presuntas, alucinaciones etílicas de algún presunto prócer que ya se unió, otra vez presumiblemente, al coro acusador y no se entera que, en su calidad de lo que sea, él es el supuesto encargado de perseguir y castigar el presumido fraude que ahora anda pregonando. Tampoco voy a hablar de Ricardo Monreal: nuestro Terminator zacatecano y gente muy de fiar.
El asunto que a mi lo que me ocupa ahora no es el asunto electoral, sino el más grave tema de la posibilidad de que formas de inteligencia superior nos impongan su ley, nos sometan hasta la calidad de esclavos y nos obliguen a ver Pequeños Gigantes semana con semana o nos manden de virrey a López Campa.
El temor, dicho sea de paso, de que los simios se rebelen o que una banda de robots democristianos decidan imponer su ley, ha servido muy bien para los novelistas de ciencia ficción y para hacer películas harto emocionantes (mi preferida es Mars Attack), que exploran ese miedo primitivo a los peligros que llegan de fuera y se basa en la presunción de que nuestra inteligencia no es tampoco la gran cosa: los hechos lo demuestran.
El asunto se complicó cuando dejamos de temerle a los calamares gigantes, a los dragones y a los meteoritos, o en casos ya recientes a los venustianos -que son los malos de entre los venusinos-, para comenzar a temerle a un invento que salió de nuestra cabecita frenética: los robots.
Ya se sabe qué pasa cuando nos ponemos soberbios: o nos expulsan del Edén, por andar discerniendo del bien y del mal, o se nos cae la Torre de Babel y acabamos todos hablando en euskera o en pachuquense. Nos dio por explorar la inteligencia artificial (que es como robarle el fuego a los dioses) y ahí tienen que cuando no estamos histéricos porque el malvado conquistador galáctico Enriquexis Peñanietus nos quiere carrancear, estamos temerosos de que un día los robots se vuelvan diputados y nos impongan sus leyes maléficas.
Pero aquí es donde hay que admitir que, recordando los temores ochenteros a los terminators, los robots que se han conseguido fabricar dejan mucho que desear y como conquistadores de la humanidad no da uno dos cacahuates por ellos. O sirven para hacer coches japoneses, o para hacer gracias, como el famoso Asimo: el robot que la Honda fabricó y bautizó justamente así en honor del ya mencionado erudito Asimov.
La verdad a mi no me da mucho miedo que un robot de la Nissan venga a mi casa y me quiera cobrar la renta o el impuesto a la Coca Cola light, ni tampoco creo que Asimo se convierta en líder de Nueva Alianza y nos haga la vida de cuadritos. La verdad a mí me dan más miedo los que andan pegando de gritos en la calle, diciendo que su palabra es la ley y asegurando que de ellos corre la cuenta de que el mal no llegue a Los Pinos; y eso que no estamos hablando ni de potencias naturales, ni de invasores de la estratósfera, ni mucho menos de inteligencias superiores.
Pero no se crean que no tengo mis terrores a que, fruto de nuestra soberbia humana, acabemos sometidos bajo el cruel dominio de inteligencias asaz crueles y superlativas.
Y es que veo ahora que hay zapatos con suelas inteligentes (esos que sirven para que las gordas adelgacen), televisiones que dejan a un Einstein en calidad del tonto del barrio, hornos de microondas que son más listos que el hambre y, lo último, aceites automotrices formados, según escucho en los anuncios, por "partículas inteligentes". Un día de estos estas mentes que nos superan en capacidad -cosa que tampoco es muy difícil-, nos van a causar un disgusto.
Por lo pronto en casa ya no se compra el aceite ese de las partículas que son la mar de listas: a mí me basta y sobra con que los de mi prole me corrijan la plana cada vez que hago una tontería. También acabo de tirar a la basura una pantalla de esas planas que me miraba con ojos burlones cada vez que me ponía a hacer cuentas para llegar a fin de mes. El último riesgo es una tostadora que según eso también es una lumbrera y me parece que está ya confabulándose con la batidora para causarme perjuicio. Sospecho, por cierto, que además de listas son poco de fiar y se están tomando el Bacachá de Mame.