Domingo 5 de Febrero de 2012
Opinión
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Meditaciones viales II (necrofilias)

03/02/2012
Todos los gobiernos, supongo, tienen, en la cruzada sanitaria en marcha, una preocupación por la estadística. En materia de vialidad, se trata de ir bajando el índice de percances y de muertes producidas por demoniazos en carretera, apachurre de peatones y atropello de ciclistas pazguatos. Me da por figurarme, y esto es cosa mía, que por lo pronto en las ciudades el asunto pronto estará solucionado y la tasa de mortalidad llegará a cero: circulando a diez kilómetros por hora, si bien nos va, llegará a ser imposible que un auto que impacte a un caminante le cause otra cosa que no sean raspones.
Pero vayamos a las carreteras, donde año con año se producen choques frontales, volcaduras, carambolas y otros percances harto impresionantes. Los resultados: tantos muertos en el puente, otros más en las vacaciones de verano, cadáveres al por mayor en Semana Santa, etcétera. Parece que la gente tiene una pulsión insana por irse a matar, con todo y familia, en las épocas de asueto, contando también con una cuota regular de trancazos letales para el resto del año.
Como ahora los gobiernos se pusieron a hacer cuentas y caen en que atender enfermos de tabaquismo, gordos varios y lisiados de carretera les sale un dineral, se han dado a la tarea de cuidarnos como si fuéramos las niñas de sus ojos: nos prohiben fumar, nos ponen a dieta y hacen unas campañas vacacionales para, según ellos, conseguir que un día logremos la ansiada eternidad. Vamos a ver de qué diablos van a vivir los doctores cuando las autoridades sanitarias logren que no nos enfermemos de nada. Tampoco la tendrán bien los señores de la industria de las pompas fúnebres.
Recuerdo -en uno de esos momentos muertos que paso en el auto-, aquellos años en que antes de vacaciones de verano, o de la Semana Mayor, que le dicen, en las cuatro esquinas de la Plaza se colocaban unos autos hechos pedazos. Esta imagen hórrida se reproducía en las salidas de la ciudad. Se sacaban los coches más maltratados de los corralones, se colocaban en lugares visibles y se usaba pintura color sangre para impresionar a los que iban a salir de viaje por tierra. Un letrero en letras rojas alertaba de los riesgos mortales de nuestras carreteras -y eso que todavía no andaban desatados los mafiosos.
Esas campañas, hasta donde entendí siempre, nunca sirvieron para bendita la cosa. La lógica hacía suponer que el sentido común haría razonamientos del tipo: si no tengo cuidado voy a acabar como el pobre tipo que conducía ese Ford 50: hecho pinole. Nadie tomaba en cuenta que en el conductor -el cadáver en ciernes- obraban dos complejos mecanismos: la famosa negación y la soberbia. Y es que uno ve un carro equis convertido en fierros retorcidos y cree que encomendándose al Cristo del buen camino a uno nunca le van a pasar cosas tan horribles; el resto lo hace la soberbia: si ese tipo se mató es porque era bruto.
Acabo de ver un reportaje donde, con un lenguaje más refinado que el mío, se decía lo mismo: que andar enseñando accidentes apocalípticos; niños moqueando frente al cadáver despanzurrado de su padre; escenas con bomberos, ambulancias y helicópteros, no sirve para nada, salvo para que se le revuelva a uno la tripa si ve el anuncio de marras mientras está desayunando uno huevos rancheros.
Recuerdo, y aquí sigo con esas reflexiones para las que da tiempo cruzar la ciudad, que en mis tiempos de escolar, allá en los inocentes años de la molicie setentera, se organizaba un concurso -supongo que por parte de la Dirección de Tránsito- en el que los niños dibujaban escenas de tragediones viales casi homéricos, eso sí obviamos que en tiempos de la Hélade no existían los automóviles, las autopistas, los conductores suicidas, los semáforos y estas cosas tan de nuestros tiempos.
Los afortunados ganadores del concurso -¿qué se ganaban? ¿Una dotación de duvalines y paletones Constanzo? Vaya misterio-, veían que sus obras eran exhibidas, cartulinas fijadas en mamparas, en la arquería de la sede de la alcaldía. Hay que ver qué prodigio de imaginación y cuánto pintor trágico en ciernes. Que no seamos una potencia mundial en eso de tener reputados artistas famosos por sus escenas macabras, demuestra el fracaso del sistema de educación artística local.
Coches arrollados por trenes; niños embarrados en la calle, junto a bicicletas que son un amasijo de tubos; autos volcados en cunetas, de donde brotaba, cual manantial, sangre a borbotones; choques tremebundos de pipas de Pemex contra indefensos volkswagen ardiendo en llamas; comparadas con esas escenas dantescas, en todo lo que vale el apelativo, las ilustraciones de Doré a la Comedia son un juego de niños de kinder.
Recuerdo, como si fuera ayer, un dibujo que era como para exhibirse en el mejor de los museos de los horrores. Con la fuerza de un Basquiat, el ambiente siniestro de un Goya y la mente enferma de un niño necrófilo, allí tenemos un auto, una de esas máquinas inmensas de los años cincuenta, un descapotable, que se acaba de estrellar contra un trailer que trasportaba marranos a La Piedad: una explosión tremebunda, una llamarada infernal, un parabrisas que se vuelve una guillotina justiciera... Por allá la cabeza ensangrentada del infeliz que quizo adelantar a un Flecha Roja en una subida.
Todo ese amor por la muerte que dicen que tenemos, metido en una cartulina de 40 por 60.
Que esos horrores no evitaran nunca un accidente vial es otra cosa, pero de que allí quedó demostrado el espíritu de un pueblo ingenioso, es verdad del tamaño del Centro de Convenciones -por si un día lo terminan.
No recuerdo el nombre del autor de tal maravilla. Digamos que estaba firmado por Eugenito Carretillas, alumno de quinto be, de la Escuela Federal «Héroes de Cuautla». A veces pienso que el niño ese ya no llegó a viejo porque se dio un trancazo letal en la Salamanca-Celaya. Pero esos son pensamientos morbosos, muy míos y que no vienen a cuento.
El lunes, si ustedes lo permiten (y aunque no lo permitan), seguimos con estas bonitas reflexiones.