Estaba el otro día arreglándole los frenos a un camión urbano cuando, entre los periódicos en que estaba echadote, me encontré con una nota que llamó mucho mi atención. ¿Otra matanza de narcos? ¡Qué va! Lo que me atrajo fue la noticia sobre una encuesta de una señora muy famosa realizó y en donde los consultados -que representan a este orgulloso pueblo mexicano para fines estadísticos- aseguran que la mentada reforma políticao, que tanto entretiene a los amos de este país, les importa un rábano.
¡Ah jijo! Exclamé. No sé si porque la noticia me impactó harto o porque en ese momento me di un martillazo en el dedo gordo. Como sea el asunto es para preocuparnos: la encuesta dice que a nueve de cada diez mexicanos el asunto de la reforma política les tiene sin cuidado.
En mi caso el asunto es preocupante porque yo tenía varias semanas encerrándome en el baño de las visitas para elaborar, a escondidas, mi proyecto de reforma política, pues parece que como cada cabeza es un mundo aquí cada cual tiene su opinión sobre este asunto que, oh paradoja bicentenaria, a los ciudadanos les importa menos que las barrabasadas del árbitro que pitó el encuentro (el asalto, mejor dicho) entre los Américas y los Estudiantes.
Por cierto, ¿qué es lo que estudian esos estudiantes? Seguro leperadas con el Piojo Herrera, que es como el director de ese colegio.
Pero volviendo a la reforma política y al desinterés ciudadano, parece ser que los mexicanos somos, además de ingratos, muy escépticos. No entiendo el por qué. ¿Qué no ven que si hay reelección de diputados vamos a terminar por conocer a los de nuestro distrito? Por lo demás está claro: si los diputados aprueban la mentada reforma se van a acabar la crisis económica, las matanzas, la corrupción de la clase política, las inundaciones en el Valle de Chalco y todas las calamidades que azotan a este país. En una de esas hasta se acaban las mentiras -que no lo son-, de César Nava.
Sea sincero: a poco a usted no le gustaría que su diputado, sí, ese señor que vive como marajá gracias a que se mata por representar sus intereses, sea premiado con otros tres años de vivir a sus costillas. ¿Que no? Acuérdese del dicho: más vale pillo conocido que ratero venido Dios sabe de dónde.
Reflexione. ¿A poco no le gustaría que exista la segunda vuelta presidencial?. En lo que a mí respecta se me haría maravilloso. Imagínese nadamás: los candidatos a una elección están casi empatados y ¡hop! sucede el milagro de la segunda vuelta: otro mes de campaña, de postes llenos de señores sonrientes que nos prometen que nos van a sacar de brujas, de hermosos debates de altura y luego otro maravilloso día de votaciones. ¿Que eso sale muy caro? Pues, ¿qué se creía?, ¿que la democracia es una baratija que sale en las cajas de Maizoro?
Piénselo bien y cuando alguien le pregunte, responda: Yo oigo Radio Querubines, la voz del cielo en el cuadrante. No, esto es broma; si alguien le pregunta usted diga: México, creo en ti y en la reforma política.
Para que se lo vaya meditando aquí le van unos puntos de mi propuesta personal.
Primero el asunto de las elecciones presidenciales. Si un candidato no le saca veinte por ciento de ventaja a otro, hay que repetir las elecciones cuantas veces sea necesario (de algo tienen que vivir los pobres consejeros electorales). Si a la quinta elección no hay un ganador claro, la cosa se tiene que dirimir en un cuadrilátero en un encuentro pugilístico (amables amigos de la República Mexicana, que diría el doctor Alfonso Morales). Si de plano no hay un vencedor en esta lid, los dos contendientes tienen que echarse tres rounds con el Canelo Alvarez: el que le dure más al muchacho -que pega como patada de mula- queda no de presidente, sino de emperador, que es lo que necesita este país para salir verdaderamente de sus problemas.
Respecto al resto de los cargos electos podemos limitar la cosa a dos elecciones y una carrera de veinte kilómetros (el riesgo aquí es que Madrazo gane todas las elecciones y sea gobernador de los 32 estados, diputado federal en todas las legislaturas y hasta flor más bella del ejido de Xochimalcuapan: ya ven que es re bueno para correr marathones). Lo de las mociones de censura yo lo cambiaría por una pamba china, para los cargos que no den el ancho, y una semana de vacaciones en Ciudad Juárez para los que de plano no cumplan con su sagrada obligación.
Si uno se llama Augusto, dice mi proyecto de reforma, puede uno ser diputado federal hasta catorce veces y senador nadamás seis. Si uno es de esos que cambian de casaca cada quince minutos, sólo se vale ser legislador federal dos veces por cada partido en que se milite.
Aclaro que las anteriores propuestas son sólo apuntes de una reforma integral, que incluye castigos para los legisladores zánganos (una semana sin masajes ni sauna), destitución de gobernadores abusivos (en caso de que las eficientes contralorías estatales comprueben, con pelos y señales, algún hipotético negocio sucio) y clases de karate para los representantes populares, en caso que alguna diputada oaxaqueña quiera lavar el nombre de Ulises Ruiz a cachetadas.
Creo que en unos seis años la voy a tener completa. Tengo la seguridad de que para entonces no habrá reforma aprobada (una vez que los líderes de las bancadas del PRI, PAN y PRD, ya dijeron que la aprueban este mismo año), y que en tanto los mexicanos, que no tenemos problemas en que pensar, vamos a interesarnos de una buena vez en arreglar los asuntos de nuestro gobierno.