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Sábado, 11 de Julio de 2020

¿Por la mañana o por la tarde?

25 de junio; un día como hoy: y ya estamos otra vez con la tontería: los días nunca son iguales, así que dejémoslo en la efeméride: un 25 de junio de 1903 nació, en la remota India, un señor que llamose en vida Eric Arthur Blair y que conocemos -¿kemosabe?- como George Orwell, cuyas novelas fueron proféticas: La rebelión, 1984, y cuyos ensayos deberían leerse hoy en… ¿Pero quién diablos lee en estos días?

Un tipo interesante, por lo demás, este George Orwell: vagabundo y muerto de hambre, vivió como indigente en París; hombre de izquierdas, pero temprano descubridor de la farsa de la URSS y el Estalinismo, combatió en la Guerra Civil, en el Frente de Aragón, con las milicias de los anarquistas del POUM, de aquel Andres Nin, asesinado por órdenes de Moscú en el Castillo de Montjuic; fue editor y comentarista en el ‘Tribune’ de Londres, un diario identificado con el ala más izquierdista del laborismo inglés; como ensayista es espectacular.

Ahora mismo, sin reparar en la efeméride, tomé la edición de sus Ensayos en Debolsillo y no hace mucho me di a la siempre deliciosa tarea de entretenerme con la edición mastodóntica de Debate; por el gusto de citarle y para que se sepa, un delicioso trozo de su ensayo sobre el sicalíptico Henri Miller y su inmoral Trópico de Cáncer, donde habla del París de los malos tiempos, donde ya no están más Gertrude Stein, Shakespeare y Company, Picasso, Hemingway, e incluso Fitzgerald, en cuyo lugar están solamente, como un poso de heces ‘los verdaderos artistas” y ‘los verdaderos canallas” y entre los primeros mis pretéritos hermanos: ‘los paranoicos que siempre están ‘a punto’ de escribir la novela que mandará a Proust al basurero’.

En dos frases el señor acaba de reescribir y mejorar el París era una fiesta y por lo menos una parte de A la sombra de las muchachas en flor.

Pero Orwell tenía un rasgo que suele resultar molesto; decía que ‘ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante’, lo que quiere decir, o debería, que hay que estar atentos a la realidad y ya lo dijo en su día Eliot (que critico La rebelión y acuso a su autor de trotskista), que la humanidad soporta muy poca realidad, algo que podemos corroborar ahora mismo en este país, donde las masas (y aquí nadie se ofenda, remito a Ortega), cantan al unísono aquel bolero rascuache que dice: ‘miénteme más, que me hace tu maldad feliz’.

Pero ya ando otra vez por la Hibueras, y vuelvo a Orwell y lo que tanto molestaba de él: estaba atento, era un hombre lúcido y acabó haciéndola de Casandra príamida, aquella mujer sin vendas en los ojos que supo ver, antes que ardiera Troya, que la suerte de Héctor y la ciudad estaba echada y a nadie le viene bien la voz del doctor que nos dice que nos quedan tres semanas de vida o del FMI que nos dice que nos estamos desbarrancando: Miénteme más…

Y volviendo a mi cubil: escribo, escribo y escribo. Anteayer terminé de corregir el segundo capítulo; y como escribo mis cosas para mí y esto me gusta me siento bien con ello. Incluso tengo ya un título provisional para el título: Esta novela es un plagio y digo plagio para no usar términos escatológicos. Leo el capítulo de un tirón y llevo mi puño al mentón, no para autoinflingirme un ko, sino con la levedad de una caricia para decirme: vas bien chaval, sigue así.

Que nadie se equivoque: como nadie había escrito esa historia, ni creado ese personaje decidí hacerlo, con un placer un tanto onanista (perdón), pues no tengo la mínima intención de que vea la prensa; me gusta, pero no quiero cartas amables de editoriales que la rechazan, y mucho menos tener que, como mi nuevo amigo Witold, ‘luchar con la mezquinad de los lectores’. Algunos trozos los dejo ver, pero quien se interese del resto, pues que se imagine lo que quiera y todos amigos: un buen consejo de Valery.

Más que nadie se entere de esa historia, que ya transcurrió entre una docena de ciudades, entre ellas Chicago, Santander, Barcelona, Londres y una serie de poblaciones imaginarias, pero nada fantásticas –a menos que algún depravado crea que una novela seria puede transcurrir en esta ciudad o en León-, me preocupan los meteoritos: no porque vayan a impactar la tierra, sino justo por lo contrario.

Hace doscientos años un loco iluminado –para que vean que los de la especie del señor que nos gobierna no son novedad-, que se llamaba William Miller, dijo haber dado con la fecha exacta de la consumación de los tiempos; haciendo unas cuentas más alegres que las de Gatell, aseguró que la segunda venida del Mesías sería el 22 de octubre de 1844; como no le salieron las cuentas, dijo que había hecho una suma de más o una multiplicación de menos, corrigió las fechas varias veces… ¿A quién les recuerda? ¿Al señor que había dicho que antier se acababa la pandemia?

Pero pandemias aparte y mejor hablando del fin del mundo, que es más emocionante, no fue el señor Miller original en sus cálculos, pues de hecho los cristianos de tiempos de Saulo, ya pensaban en la inminencia de la segunda llegada, de ahí la histeria apocalíptica o ese dejarse arrastrar al circo a ser destrozados por los leones; o sea que nada hay más riesgoso, desde los tiempos inmemoriales, que andar jugándole al adivino.

Y es que, se informaba hace días, que como los idiotas que se creyeron lo del fin del mundo del calendario maya, habían usado mal una derivada, el pasado sábado tocaba ya el Juicio Final, para el que yo estaba más que preparado con una botella de mezcal; pues nada, que nos volvieron a quedar mal y el domingo tuve que venir a trabajar con la boca reseca.

Por favor, para próximos vaticinios del fin del mundo, aclárenme si este se producirá por la mañana o por la tarde, por si acaso.

Ahora nos dicen que ahí vienen 5 meteoritos que pueden… ¡Ser serios señores! Ya están como el Pedro del cuento, que de tanto andar pegando gritos de que ahí venía al lobo, acabó con menos credibilidad que el vocero de…

Shalom!

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