jueves, febrero 2, 2023

Matías

Matías me cayó mal apenas lo conocí a finales de 1990. A pesar de que yo creía tener experiencia tras haber trabajado tres años en Televicentro de Guadalajara y dos en El Occidental, e incluso a pesar de la recomendación de Gustavo Granados Roldán para encontrarme un lugar decente en la televisora oficial, sin más ni más me mandó como asistente de camarógrafo. Esa fue la primera de sus grandes lecciones.

No había punto de comparación en la forma de hacer periodismo de Matías. A pesar de ser el canal de gobierno, no mostraba piedad alguna cuando alguien cometía un error escudado en el puesto. El que la hacía, la pagaba, incluso cuando la solicitud de no golpear a ‘los de casa’ viniera de la oficina de Miguel Ángel Barberena. No fueron pocos los incidentes en los que fue protagonista férreo de la defensa de dar a conocer los trinquetes y las fechorías de funcionarios de pacotilla. Me tocó escucharlo renunciar varias veces, justo el mismo tanto de ocasiones en las que fue persuadido por Granados de no salir, porque algo era claro: El Noticiero de Canal 6 era Matías, y sin él -y el tiempo dio la razón- la televisora nada tenía.

Innumerables aventuras vivimos Fernando Báez y yo al lado de Matías en múltiples coberturas. Por más que yo intentaba que me siguiera cayendo mal por su constante negativa a darme la posición de camarógrafo, su pasión por estar en los sucesos del momento, su rigor en la crónica de los acontecimientos, sus preguntas afiladas como cuchillos y sus dardos magistrales contra los corruptos se impusieron de forma brutal a mi terquedad. Jamás me dio la oportunidad de la posición que yo quería, así que opté por el espacio de radio en XENM (a la que cariñosamente le decíamos ‘La Voz del Establo’) para iniciar mis aventuras radiofónicas. Cuando supo que andaba yo picando piedra allí, me dijo “eso te sienta mejor. Ya lo verás”.

Tenía toda la razón.

Matías nos abría las puertas de su casa en cada oportunidad. Su esposa Lula nos prodigaba una atención que siempre creí inmerecida, pero que era invariablemente bienvenida. Y fue precisamente en su casa que lo vi, por primera vez, humano y frágil, cuando nos platicó que su primogénito se casaba. No comprendí en ese momento cómo un hombre tan recio podía mostrar una veta de vulnerabilidad. El tiempo se encargó de hacerme entender en carne propia lo quebradizo del alma en esas circunstancias.

Llegó Otto Granados Roldán al gobierno y nosotros, incrédulos, vimos marcharse a Matías. Me tocó ver el descalabro en el que se convirtió El Noticiero, y el desastre que provocó la nueva administración del canal. Gracias a un afortunado incidente precisamente con el fatuo e incompetente director salí a los pocos meses para ver de lejos la fractura de la vocación informativa que alguna vez tuvo la televisora oficial. Y andando por aquí y por allá volví a encontrarme muchas veces con Matías en este camino de reporteros.

El vicio del café fue justo el que nos reencontró más veces de las debidas. Las coincidencias eran cada vez más constantes y los planes eran cada vez más elaborados. Apenas empezó a verse en el horizonte el mundo digital, Matías comenzó a hacerme preguntas sobre cómo abordar ese orbe binario que entonces parecía prometedor. Creo que nunca me perdonó que lanzara con otro periodista que no fuera él la primer página web noticiosa de Aguascalientes en internet, justo en enero del 2000, pero la verdad es que él estaba demasiado ocupado, y yo estaba demasiado ansioso.

Cu4tro.com hizo ruido. Mucho ruido. Y si lo hizo fue porque Matías me ayudó a mejorar las historias que allí publicamos. Él fue quien me facilitó la información de que unos zapateros estaban destruyendo el interior de la Escuela de Cristo, y la información publicada detonó la expropiación del lugar; él fue quien me corroboró la desaparición del acta de fundación de la ciudad de Aguascalientes y que se publicó para vergüenza nacional; él fue quien me facilitó los datos de los restos del fortín que se encuentra aún dentro del Hotel Imperial; él fue quien me ayudó a compilar la información del primer listado de concesiones de taxi que se publicó jamás en los medios de comunicación y que tanto me recriminó el entonces gobernador Felipe González. Siempre que nos reuníamos lo primero era “déjame ver tus apuntes”, para luego pasar a una retahíla de correcciones poco diplomáticas pero muy sustanciosas y efectivas.

El tiempo volvió a darle la razón a Matías. La aventura de Cu4tro.com reventó en una burbuja de vanidades, y fue cuando intentó, esta vez con éxito, convencerme que había que hacer algo. Él también venía de un fracaso a pesar de la altísima calidad de su periódico Reporte Político Policiaco (cuyos primeros ejemplares me tocó diseñar). Así fue que fuimos confeccionando CortandoPorLozano.com, que casi en automático se convirtió en el coco de la administración de Luis Armando Reynoso. Éramos reporteros, y en consecuencia lo único que podíamos intercambiar eran favores, ayudas y colaboraciones, y fue precisamente él quien me acompañó durante un tiempo en la aventura radiofónica en el 1050 de AM, entonces de Grupo ACIR. El programa se llamaba Ya No Hay Respeto, y vaya que no lo había. A la administración de Reynoso no le agradó nada lo que allí dijimos y revelamos, y tras pocos meses al aire tocó a Carolina Rincón Silva amenazar a la estación: si no se eliminaba ese programa entonces que se despidieran del financiamiento gubernamental.

“Te lo dije”, fue la sentencia de Matías. Pero eso sí, ni un solo gramo de arrepentimiento pasó por nuestra cabeza (creo).

Pero ya estaba digerida la jalea… Matías volvió a acompañarme en la continuación de Ya No Hay Respeto en formato de podcast, que por fortuna aún sigue disponible en internet, y juntos exploramos múltiples formatos digitales -yo poniendo los fierros y los cables, y él poniendo sus investigaciones y expertise-, buscándole siempre la forma de saltar el cerco que aún creíamos se imponía desde el poder.

En esas estábamos cuando llegó la invitación para pasarme al ‘lado oscuro’. Mucho antes de que fueran las elecciones Matías sabía que no había forma de que la tendencia a favor de Carlos Lozano se revirtiera, y me advirtió varias veces que debía estar listo para “dejar de ser borracho mala-copa y soportar la humillación de ser cantinero”. Una vez más, la razón le asistió de manera puntual. Nada me había preparado para soportar lo insoportables que somos los que trabajamos en los medios. Una y otra vez me quejé amargamente de cómo parecía que la petulancia, el engreimiento, la presunción, la insolencia, la pedantería y la jactancia parecían rubricar a cada uno de los “colegas”, que entre más mediocres y menos trascendentes peores eran sus taras, y también una y otra vez Matías me aplicó la terapia que me ayudó a sacar la chamba: “sabías a lo que ibas, y tú eras peor que ellos”.

Fue una lección de docilidad y paciencia que duró seis años. Y sólo dos personas supieron lo mucho que la padecí. Una de ellas era Matías.

Terminó la administración y por primera vez coincidimos en algo: Aguascalientes ya no era lugar para continuar la aventura. En cuanto recibí la invitación para la subdirección de El Sol de León, Matías me dijo sin dudar que era una oportunidad que no se iba a dar otra vez. Me lancé al vacío y prácticamente corté contacto con todos, incluyéndolo.

Matías me hizo falta en León. Me hubiera encantado invitarlo a ver el enorme avance que impulsamos en una redacción envejecida, arcaica y secuestrada por tribus locales. Hubiera sido fascinante presentarle el repaso y la mejora de lo digital a un nivel que incluso la OEM reconoció ante todas las editoras. Nada me hubiera costado decirle que mucho de lo que apliqué, armé, impulsé y hasta impuse fue producto de lo que aprendí con él.

El plan era decírselo acompañando el momento con un buen café.

Cuando acepté la invitación de José Luis Morales para integrarme a su equipo, el primero en decirme que no desperdiciara la oportunidad fue -lo habrá adivinado el lector- Matías Lozano Díaz de León. Me arrogo el derecho de creer que quizá estuvo orgulloso de mí, porque por lo menos sí le dije alguna vez que lo consideraba mi maestro. Su respuesta fue típica: “si eso me hubiera valido un plato de birria entonces habría servido de algo”.

La vida entre dos redacciones, los noticieros, la televisión y la radio es frenética, y aún así Matías me llamó a principios de septiembre de este mismo año para lanzarme un reto como los de aquellos días: “tengo una nota que no te vas a animar a publicar”… me dijo.

Lo hice no una, sino dos veces. Sus revelaciones modificaron la agenda política de forma magistral, y quedamos en reventarnos un cafecito no sólo para celebrarlo, sino para entregarle los ejemplares que marcaban su regreso a las primeras planas de Aguascalientes.

El plan era darle esos diarios con su nombre, acompañando el momento con un buen café.

Esos diarios siguen aquí, en mi oficina. Ya no hubo café. Ya no hubo charla. Ya no hubo reunión ni oportunidad de otra regañada. La muerte se encargó de reventar esos planes y dejar claro que la esclavitud que impone la redacción tiene un costo muy elevado. Otra maldita vez, la razón asistió puntualmente a Matías. Otra vez.

El vacío que provoca la orfandad viene con su ingente dosis de espanto, porque sabemos que al borde del precipicio ya sólo quedamos nosotros. No soy el único que ahora repta en el abandono, porque habemos muchos “hijos de Matías” rondando por allí y por acá, y nos toca apropiarnos de ese compromiso inextinguible que tuvo nuestro mentor no sólo para buscar la verdad, sino para explicarla con suficiencia y pericia. Él fue el mejor ejemplo de que el verdadero periodista no lo es por el lugar en el que trabaja, sino por sí mismo y con su nombre por delante, siempre y cuando nunca falte a la verdad.

Menudo desafío, señor Matías (nunca pude hablarle de tú).

Cuando alguien de semejante estatura cambia de vecindario en la forma en la que lo hizo Matías, es frecuente que se diga que no habrá nadie que ocupe su lugar, y en parte es cierto, porque Matías sólo hubo uno. Pero el primero en cuestionar semejante afirmación hubiera sido el propio Matías, a quien siempre le disgustó el mote de ‘vaca sagrada’ del periodismo local.

Y me lo dejó clarísimo durante una gira en la que el gobernador exigió que quería a los periodistas importantes en el camión, y evidentemente Matías encabezaba esa lista. No sólo se negó rotundamente, sino que exigió ir al evento con fotógrafos y camarógrafos en la humilde camioneta de siempre. Mientras íbamos raudos hacia la inauguración de la segunda planta de Nissan, y tras decirle que su decisión me había valido una regañada de antología, me dijo “pues con la pena, Toño… Te vas a tener que acostumbrar a las regañadas. Yo soy el más malo de los buenos que van con tu jefe. Dios me libre de creerme alguna vez que estar allí pueda hacer ver mejor lo que no se puede mejorar”.

Tenía toda la razón.

En este momento, con el recuerdo de su voz a todo lo que da en mi cabeza y su indiscutible impronta en mi vida profesional, otra vez mi muy querido Matías me cae mal, no sólo porque lo voy a extrañar mucho, sino porque todo el tiempo tuvo la razón. Toda la maldita razón.

Matías Lozano con mis hijas Sofía y Julieta en febrero del 2012.
Noticias Relacionadas
- Advertisment -

Más Leídas