Y ya pensando en qué hacer cuando esto pase, quizá rentarme de cocinero para gente de gustos aventurados y estómago de acero, termino estas meditaciones gastronómicas aclarando de una buena vez lo de ‘Kentupi’, y realizando una aproximación a una cocina que, si habláramos en términos de historia de la cultura, estaría a medio pelo entre Dadá y el Expresionismo abstracto; de hecho, se me acaba de ocurrir un guiso de rábanos, guindas rojas, pimientos verdes y algún insecto comestible: ¿un escorpión negro?, para hacer una sopa que bien podría llamarse ‘Autumn Rhythm (Number 30)’, a lo Pollock. Pero vayamos a los antecedentes de esta afición pictórico-culinaria: primero lo primero y después lo de después. Por eso decía, que primero Leonardo… Robert Delaunay andaba cualquier día de hace mucho tiempo baboseando en París, su ciudad natal, cuando en algún aparador vio un cuadro de Chirico: ¡capúm!: decidió convertirse en pintor; fue a comprar lienzos y pinceles y, sabedor de que su vocación era tardía y que no entendía nada de pintura, se adhirió primero al cubismo y luego a esa forma de cubismo abstracto que la crítica llama orfismo y que, con el concurso de su mujer, Sonia, dieron por llamar simultaneísmo. Pero basta de ismos, que aquí lo que quiero destacar es que el pintor, maravillado con Chirico, hizo lo que Monterroso recomienda a los escritores que leen a Borges, irse por otro lado, sabiendo que la adoración de un genio o de un estilo: una receta, digamos: una chuecura del alma comodona, suelen llevar a callejones sin salida; incluso sin entrada. Algo así me pasó cuando me enamoré de la obra de Magritte y del propio Chirico, de mi top tres de pintores (donde Still es su profeta), aunque no con la obra del griego, sino de un medio compatriota suyo que también hacía lo que se dio en llamar ‘pintura metafísica’ y que en líneas generales conocemos como el estilo de ‘lo real maravilloso’, y que algunos bembos confunden con el Suprarrealismo, y que acá se llama ‘realismo mágico’; y no, no lo inventó García Márquez. Cuando vi ‘La musa metafísica’ de Carrá, en el Museo Brera de Milán, siempre pensé que ese era el cuadro que yo hubiera querido pintar, con la recanija contrariedad: yo y mis destiempos, de que cuando la vi, sería en el 88, la pinturita de marras llevaba 70 años pintada. Muchas variaciones de la mentada Musa pinté en lienzos de dos metros, con óleos de colores casi puros, para convencerme luego, que aquello era un timo, una trampa, casi un plagio y la manera más segura de, como pintor, acabar vendiendo paisajes en las glorietas; es más, fue la constatación de que yo como pintor hago muy ricas las enchiladas potosinas. Más intuitivo, lo de los sabores se me da mejor, aunque ahora no hago otra cosa que seguir pintando –ahora cosas mías-, sin que tampoco tenga ninguna esperanza de llegar a ningún lado; como sea, lo decía, aunque haya que comprometer la entraña digestiva: dejar flaco al intestino grueso y engordar al delgado, de esto de hacer de comer por lo menos no me voy a morir de hambre, y el comer lienzos u hojas de Fabriano con tinta debe ser poco nutritivo y una amargura. Me gusta, en la cocina y en la pintura, los formatos grandes, para vivir, como dijo un día Rothko, no recuerdo si a Newman Barnett o a William Seitz, vivir dentro del cuadro o dentro de los aromas del platillo, que planteado como una obra de la imaginación, una de arte: impudicia en la declaración: no es una construcción y hay que rechazar el énfasis en la destreza. Es decir: el platillo, lejos del recetario y libre en la forma, depende del énfasis en el artista que lo declara tal y en el que se lo come, que puede imaginarse lo que le venga en gana; si no se muere: y no tengo decesos en mi haber, se consuma un acto amoroso. El resto es mis meditaciones sobre el grano de mostaza, el fuego, el azafrán como fundadores de una civilización y de allí a recuperar esa emoción primitiva y cocer, y freír, y estofar, como quien pinta como Kline, o Rauschemberg, o como Léger, o como quienes ustedes quieran y gusten. Lo dijo Nietzsche: todo es Dionisios y luego Tzara: Dadá no significa nada: pero a veces, sólo a veces, sabe delicioso. El viernes ocupé largas horas en fabricar ghee, ese extracto de mantequilla al que se le quita la mantequilla y que sirve para la comida tailandesa o hindú, tras lo cual me aventuré con un arroz Basmati, con harta cúrcuma y alguna brizna de azafrán que dejé caer, cobrizo como sol del ocaso, como una llovizna de maná que el arroz recibió como una bendición. ¿Qué tal? Luego, una variación dadaísta del Tikka Masala, siguiendo las asociaciones que me dictaba mi mente febril y mi imaginación retorcida, para alcanzar, por cualquier vía, la vía gozosa del primitivo, un guisado del color ocre de las dunas de algún desierto y que, como suele pasarme, provocó lágrimas entre los que lo probaron; lágrimas que no sé bien a bien si fueron de felicidad o de enchilamiento; yo soy muy poco tolerante a que se critique mi comida: el que se sienta, se lo traga, so riesgo de un drama casi homérico. Decía que sigo pintando, ahora con una extraña pulsión que me ocupa mis madrugadas y que se me ha vuelto como una adicción, una gozosa: una mejor que cualquier otra: mata menos que fumar o que beber, pero que ya estoy un poco harto de esto de tener que cocinar dos o tres veces a la semana para mantener a la prole en un estado de mansedumbre: comida que aletarga y hasta donde entiendo sacia. Que alimente es ya mucho pedir. El zarévich, con su rostro bondadoso y estremecido de lágrimas, me dijo: que hijo tan educado me salió: que cómo se llamaba ese manjar (que de hecho llamó de otra manera: mejunje: del árabe mudéjar mamzug: del sánscrito antiquísimo: revoltijo vil; yo contesté como lo hacía a mis comensales, cuando hacía una de estas cenas Dadá (pura asociación entre las manos artesanas y una creatividad más bien degenerada y un subconsciente muy poco consciente), allá en mi piso de Barcelona. Una noche de aquellas estaba yo cenando con una novia allí en el pisito y luego de rebosar un pollo con galletas y salsa de menta, y ya no me acuerdo qué polvos más, me preguntó que cómo se llamaba ese pollo que, de cualquier manera, se estaba zampando. -Pollo Kentupi –le respondí. -¿Como el de KFC? –preguntó intrigada; eso se parecía a cualquier cosa, menos al famoso pollo mutante del coronel Sanders. -Kentupi –repetí-; que en tu pi… vida vas a volver a probar. Por cierto, con el plato en la cabeza, descubrí que la salsa de menta sirve bien de fijador de pelo.